31 de mayo de 2009

28 de mayo de 2009

Incómodo

Una de las preguntas que más me han hecho desde que empecé a escribir gilipolleces en este blog es si todo esto es de verdad; si realmente pienso lo que escribo y vivo lo que cuento; si soy tan asocial, inadaptado y reaccionario como presumo o si en cambio solo soy un jeta que busca atraer lectores y con eso ligar, inflar su ego o ganar dinero.

La verdad, no les culpo. Más de una vez me he dado cuenta de lo poco creíble que es todo esto. De lo mucho que exagero y de lo poco que pienso algunas cosas antes de escribirlas. Aunque lo cierto es que tampoco se lo que espera la gente. No soy más que un mindundi cobardica que se parapeta detrás de una página web para escupir la bilis que le provoca el mundo que le rodea. No voy por la vida con la cabeza alta y aires de superioridad, sino más bien lo contrario: escondiéndome en las sombras, asustado de todo y de todos, incapaz de entender por qué la vida es como es.

Lo irónico es que, como ocurre con los perros, ha llegado un punto en que la gente me tiene más miedo a mí del que yo les tengo a ellos. Porque la sociedad en que vivimos es en realidad algo mucho más frágil de lo que creemos. Nuestra entera existencia se sustenta en un intrincado conjunto de reglas que resulta tan rígido e inamovible como fácil de derribar. Ya se sabe, todo eso del arbol y el junco. Cambiar algo, por pequeño que sea, requiere un esfuerzo titánico, hasta el punto de que cada nuevo avance puede costar años de conseguir. Sin embargo, basta con salirse un poco de las normas para que quien las sigue a rajatabla no sepa reaccionar y toda esta farsa se venga abajo como un castillo de naipes.

Mi problema, y aquí está el meollo de la cuestión, es que me la sudan las normas.

Desde hace ya varias semanas me he dado cuenta de lo poco que hace falta para poner nervioso a alguien. Sobre todo si ese alguien no te importa. Porque a diferencia de la gran mayoría de la gente que viene a trabajar a este cubo de cemento con ventanas que llaman oficina a mi no me interesa en absoluto entablar amistad con mis compañeros. ¿Para qué? Esto es trabajo. No lo estoy haciendo por placer. Me levanto todos los días con desgana para pasarme ocho horas al día delante de un ordenador y así al final de mes conseguir los poco más de 1000€ que me permitan pagar alquiler, comida, gastos, cuotas de suscripción y cómics. Mi vida, la de verdad, está fuera, en esas escasas 4 horas que me quedan cada tarde. Así que no tengo, nunca he tenido y nunca tendré intención de congeniar con el resto de almas muertas que me rodea. Y eso incluye la parada del autobús.

Desde hace ya varias semanas, decía, me he dado cuenta de que me he convertido en alguien incómodo. Cuando llego a la parada mis compañeros me evitan de forma descarada. Me ignoran. Fingen que no estoy allí. Todo porque no tengo nada que decirles. O que quiera decirles. ¿Por qué habría de iniciar una conversación banal sobre cualquier tema solo para que se sientan a gusto? ¿Acaso les he dirigido la palabra durante el resto del día? ¿Acaso he participado en las charlas absurdas de la hora de la comida? No. Me he quedado en todo momento en mi rincón trabajando, o al menos fingiéndolo, callado y sin interactuar con nadie. Y a la salida eso no va a cambiar. Sin embargo, esta sociedad aborrece el silencio. Necesitamos estar rodeados constantemente de música, de ruido, de palabras. No soportamos estar al lado de otra persona sin decirnos nada, por inane o estúpido que sea. Porque en realidad nuestras relaciones cotidianas son tremendamente frágiles, unidas por unos lazos casi inexistentes. Ya solo tenemos conocidos, contactos, seguidores, gente a la que conocemos de segunda o tercera mano. Ya no conocemos la auténtica intimidad, esa en la que no hace falta decir nada, en la que basta un gesto para comunicarse. Así que yo, que no quiero jugar con las reglas y prefiero mantener la boca cerrada, que rehuyo las amistades de baratillo y los vínculos futiles, que no me preocupa la popularidad ni la aceptación, me convierto en un incordio, en un grano en el culo, en un asocial.

Básicamente, lo que viene a ser un inadaptado.

25 de mayo de 2009

Día del orgullo friki 2009

Partamos del hecho de que la gran mayoría de mis compañeros de trabajo rondan la treintena y que, al estar en uno de los departamentos más elitistas de la compañía (especialmente por la alegría con la que se despide a los que consideran no aptos), a todos se nos presupone madurez, experiencia y sentido común.

Resulta que:

  • Varios de ellos han inventado un juego por el que deberán pagar una multa si no dicen una palabra clave a tiempo.
  • Un pasillo entero se haya aterrorizado ante la presencia intermitente de unas feroces y peligrosísimas polillas blancas no más grandes que una goma de borrar.
  • Buena parte de las féminas se intercambia fotos de tios buenos intentando que no les vea el jefe pero luego comentándolos a voz en grito.
  • Cada vez que alguien llega un poco más moreno del fin de semana es rodeado por una turba que se dedica a alabar y envidiar sus esfuerzos por conseguir un melanoma.
  • La hora de la comida es un flujo constante de chismorreos del personal, noticias de la prensa rosa e intercambio de reseñas etílicas sobre garitos de moda.
  • Cualquier comentario de índole más o menos sexual es inmediatamente sofocado por las contraréplicas pudorosas y pacatas de quienquiera tenga en derredor.
  • No solo presumen todos de haber leído "El código Da Vinci", "Los pilares de la tierra" y "El niño con el pijama a rayas", sino que los consideran grandes obras de la literatura y no admiten ninguna crítica a los mismos.

Y, sin embargo, soy yo el que necesita la excusa de un día dedicado al tema para poder lucir una camiseta de Darth Vader sin que me llamen raro.


Esta en particular se vende aquí


Es que manda cojones, oiga...

21 de mayo de 2009

If you work for a living, why do you kill yourself working?

Básicamente, soy un autómata.

Me levanto no demasiado temprano, a las 8. Me desperezo, desayuno lo más copiosamente que puedo, me visto y salgo hacia el trabajo. El camino me lleva aproximadamente una hora; para eso tengo que coger un metro, un autobús y caminar un rato hasta que llego a mi oficina, situada a doscientos metros más o menos del culo del mundo. Ficho, me siento y me pongo a teclear sin parar durante cuatro horas (tengo derecho a un descanso de diez minutos gracias al convenio alcanzado por el sindicato -al que le importa más que podamos fumar que tener un horario decente-, pero rara es la mañana en que me lo puedo tomar). 

A las 2 y 1 minuto, como un reloj, me bajo a la habitación-con-mesas-para-todo del edificio, ficho, caliento el tupper en el microondas y almuerzo, intentando convencerme a mi mismo de que el hecho de que no pueda salir del recinto (ya que en el culo del mundo no hay restaurantes) no es un signo de esclavitud encubierta. A las 2 y 20 ya he terminado, así que abro el cómic o libro que me haya dejado a medias en el autobús y me dedico durante los cuarenta minutos siguientes a ignorar descaradamente al resto de mis compañeros, que acaban de bajar a comer.

Un poco antes de las 3 subo de nuevo, ficho, me preparo un té y me dedico durante media hora a leer feeds hasta que los clientes, que sí tienen buenos horarios, regresan y empiezan a incordiarme otra vez. Trabajo durante el resto de la tarde casi sin parar (salvo una parada para lavarse los dientes) y a las 7 y 1 minuto, también como un reloj, bajo y ficho la salida. De nuevo la caminata, de nuevo el autobús, de nuevo el metro. Son casi las ocho cuando llego a casa. Descanso un poco, friego los platos, hago carantoñas a la parienta y es entonces, solo entonces, cuando puedo disponer de tiempo para mí. Una hora, hora y media con mucha suerte. Ese es todo el tiempo que tengo cada día para revisar el correo, leer las noticias, echar una partida, relajarme y escribir, si es que puedo (y a la vista está que no), antes de que llegue la hora de la cena, ver la tele con mi señora e irse a dormir.

Esto, sinceramente, no es vida. No soy una persona. Soy una máquina, un engranaje. Soy un autómata que solo vive para trabajar y consumir. He llegado a sufrir ataques de pánico cuando he sido consciente de hasta que punto he conseguido alienarme. Yo ya no soy yo, sino lo que sirvo para otros. Pero, al menos, este es el camino que he escogido. Por ella. Porque esas son mis circunstancias. Porque lo he creído necesario por el momento, hasta que las cosas cambien, hagamos nuevos planes y, quizás, pueda volver a tener algo parecido a una vida. También, para que negarlo, por cobardía. Porque los mensajes de pánico han conseguido calarme y me asusta alejarme de la seguridad de la nómina mensual y de lo malo conocido. E incluso porque, aunque me atreviera a mandar a todos a la mierda, en estos momentos (y van ya 30 años) sigo sin tener muy claro  qué coño hacer con mi vida.

Sí, soy un autómata, pero eso es lo que he elegido. Sin embargo, esto sí que no tiene nombre:

Foto extraída de esta noticia de La voz de Galicia

¿Cómo es posible que un grupo de adultos en pleno uso de sus facultades mentales vitoree a un político cuya reputación es cuanto menos dudosa y al que está claro que todo le importa una mierda? ¿Cómo se puede seguir tan ciegamente a un líder que, como todos, solo se mira a su propio ombligo y solo se preocupa de sus propios intereses? ¿Cuán ciego hay que ser, para no ver que solo somos ganado para ellos? ¿Cuán vacío y carente de personalidad?

Ese es un misterio que jamás entenderé. Que para definirse a uno mismo haya que elegir a una persona, alzarla sobre nuestras cabezas, darle más privilegios que a nadie, ofrecerle unos lujos que jamás disfrutaremos y esperar a que nos de ordenes. Todo para no pensar. Para no ser. Solo someterse a un poder superior que nos diga lo que hay que hacer y creer en todo momento. O, peor aún, elegir bando en una guerra que solo está en nuestras cabezas y defender a muerte unas ideas que no son propias y en las que posiblemente ni siquiera se crean del todo. Llámese religión, política o deporte, jamás entenderé como puede una persona convertirse en una marioneta de otra bajo la promesa de vaya usted a saber qué fortuna, gloria o inmortalidad que en realidad nunca llegarán a alcanzar. Porque a menos que seas amante, pariente, amigo o compinche de cualquiera de ellos debes tenerlo claro: vas a salir perdiendo.

Sí, soy un autómata, con una vida preprogramada, pero al menos se que, a pesar de la rutina, el hastío y la esclavitud, allí al fondo, en alguna parte de mi cabeza, está preparando la siguiente entrada del blog ese pequeño hijoputa inadaptado al que llamo yo mismo.

13 de mayo de 2009

Madrid, Madrid

(Foto saqueada sin escrúpulos de aquí)


Siempre he pensado que Madrid no se respetaba a si misma.

En todos los años que he vivido aquí, siempre he albergado la esperanza de que alguien agitara una varita y convirtiera a la capital en esa utopía que tengo en mi cabeza. Quería ver un Madrid impecable, erudito, grandilocuente, vanguardista, sosegado, ejemplarizante; un faro de civilización justo en medio de un país que no se acaba de creer del todo que vive en el primer mundo.

Y me torturaba verla así. Me martirizaban las pintadas de las paredes, el caos circulatorio, el pillaje inmobiliario, las hipocresías políticas, la manipulación institucional. Me horrorrizaba vivir en una constante batalla contra la degradación urbana, en la que los habitantes son a la vez verdugos y víctimás, mero reflejo del desencanto y la indiferencia de un pueblo que no termina de aceptar su condición.

¡Cuán grande podría ser!, pensaba. ¡Cuán perfecta!, me dictaba la imaginación. Veía calles pulcras, edificios solemnes, aire limpio y más zonas verdes. Soñaba con carriles bici, avenidas peatonales y fachadas inmaculadas. Fantaseaba con que el resto de metropolis envidiaran la nuestra, con que vivir aquí fuera un lujo y un privilegio, por cuanto el mero hecho de residir entre sus edificios te elevera intelectual, social, moral e incluso espiritualmente.

Hasta que, de repente, he comprendido.

Durante todo este tiempo he mirado a esta ciudad, pero no la he visto. Porque aquello que yo consideraba defectos, son en realidad sus atributos; porque lo que yo achacaba al inmovilismo, se trata en realidad de su carácter; porque lo que pensaba se escondía bajo la superficie tratando de aflorar nunca ha estado allí.

Madrid es Madrid. Y siempre será Madrid, por los siglos que han de venir. Eso es lo que no entendía. Que nunca desaparecerán los callejones malolientes, las putas de las esquinas ni las tabernas ruidosas. Que su gente siempre dará la espalda a sus vecinos y la mano a los que lleguen de fuera. Que en sus aceras siempre habrá prisas y en su asfalto malos modos. Que sus gobernantes la tratarán como un trofeo mientras barren la mugre debajo de la alfombra. Que siempre habrá barrios ricos y barrios pobres, calles estrechas y grandes avenidas, palacios exhuberantes y buhardillas angostas. Que siempre será reaccionaria, conservadora, chulesca y un poco paleta. Que siempre será sinónimo de anarquía, oportunidades, lujo, miseria, alegrías y tristezas, destellos de modernidad y oleadas de tradición. Que todo aquel que busque algo lo encontrará aquí, bueno o malo, por muy raro o difícil que sea. Que es una ciudad que duerme poco y mal, y en la que es inevitable acabar un poco loco.

En definitiva, una ciudad en la que solo sobra una cosa.

Y esa, me temo, soy yo.

9 de mayo de 2009

Día de las Rubias Con Las Tetas Gordas

Va por El Tete y por las RCLTG del mundo. Sobre todo las de antes. Porque, seamos sinceros, desde que se inventaron los implantes las cosas ya no son iguales. Que sí, que han democratizado la talla 120 y ahora puedes darle un corte de mangas a la madre naturaleza por haberte hecho plana como una tabla de planchar, pero de un tiempo a esta parte quitar un sujetador es como abrir un huevo Kinder: no sabes con qué sorpresa te vas a encontrar dentro. Y, digan lo que digan, no es lo mismo. Ni siquiera los desvaríos mamarios de las jovencitas de ahora, que estoy convencido se debe a toda la mierda química que echan en todo.

No, antes una RCLTG era una RCLTG...































... aunque tuviera un peinado espantoso.

7 de mayo de 2009

Pasta

"Euromillones: hazte rico y fóllate a jovencitas"



Cada vez que se hace una lista con las drogas más adictivas siempre se dejan unas cuantas sin poner, obsesionados como estamos por las puramente químicas. No se menciona al sexo, que lo es, digan lo que digan. Ni al World of Warcraft, que ya ha conseguido matar a alguno. Tampoco a los juegos de azar. Ni siquiera a las pipas. Pero, sobre todo, nunca se habla de la más dura de todas: el dinero.

Ya sea para ganarlo o para gastarlo, que aquí cada uno se lo chuta como quiere, no hay nada en este planeta que produzca más adicción que el dinero. El parné. La tela. La pasta. Ese invento que, igual que la heroína, parecía muy práctico al principio y ahora la gente mata o se mata por conseguir. Muchas veces literalmente. Porque qué más da a cuántos nos llevemos por delante mientras podamos aumentar la cantidad de ceros en nuestra cuenta corriente. A fin de cuentas hemos llegado a un punto en el que para muchos es su único objetivo en la vida, su única razón de ser. El dinero nos domina a todos. Bueno, a unos más que a otros, pero, a los que nos tiene, nos tiene bien cogidos de las pelotas. Sin posibilidad de escape. Y así nos va.

Si ahora estamos como estamos, es decir bien jodidos, ha sido por pura avaricia. Ni más ni menos. Que aquí no se libra nadie. Y yo me incluyo, porque aunque no haya colaborado no estoy menos enganchado que el resto. A ver cómo iba a tener más de 2000 cómics ahora, si no es amasando dinero. Aunque al menos me esté conformando con eso. Pero otros no. Demasiados. Un país entero empezó a adorar al ladrillo y nuestra economía se convirtió en un gigantesco timo piramidal, con los bancos brillando en la cúspide, de una avaricia tan cegadora que no podíamos mirar sus cuentas de resultados sin entornar la mirada. Putos cabrones sin corazón.

Sin embargo no fueron los únicos, ni de largo. Alguien tenía que estar abajo para poner en marcha la estafa. Ahí entramos nosotros. Empeñándonos hasta la jubilación para comprar cuatro paredes a precio de caviar iraní servido por putas de lujo en un yate en las Bahamas. Todo con la esperanza de venderlo más tarde y sacar pasta, y comprar un sitio más grande o dejárselo a nuestros hijos para que pudieran venderlo más tarde y sacar pasta y comprar un sitio más grande. Y como no había sitio donde construir se empezó a untar a los ayuntamientos, que se dejaron llevar por la lluvia de dinero y dieron carta blanca a las constructuras. Y se construyó más y más, hasta donde no se podía, para colmar nuestros sueños de un futuro en un loft de lujo o una urbanización vallada; y los constructores, y los obreros y hasta el chico que traía los cafés y se dejaba sobar por el jefe de obra sacaron tal tajada que decidieron vivir a lo grande, así que las fábricas de coches metiron el turbo para cubrir la demanda, los televisores de plasma llegaron en contenedores, las tiendas de marca germinaron como setas y de repente medio país vivía como si todo fuéramos de la Jet.

Hasta que llegó el gran hostión. Qué bien merecido, oiga.

Esto nos pasa por pardillos. Por novatos. Por creer que podíamos jugar como los grandes. Pero no, solo somos unos mindundis que están destinados a mantener a las élites de verdad o a ser los peones de los que realmente manejan el cotarro. Los de siempre, como los bancos y las aseguradoras, que son a fin de cuentas los que nos han metido en esto pero que incluso ahora consiguen sacar partido; como las farmaceuticas, que estoy convencido de que podrían conseguir que nunca estuviéramos enfermos si no dependiera su negocio de ello; o como Monsanto, que será capaz de matarnos de hambre si con eso aumentan los beneficios.

Eso sí, no puedo negar que los hay que no se rinden y perseveran para subir de liga aunque tengan que vender parte de su alma por el camino. La SGAE, sin ir má lejos. Esa pandilla de matones de barrio que va de negocio en negocio amenazando con azuzar a sus abogados a quien no siga sus reglas. "Dar protección", creo que lo llamaban los que inventaron el juego. Porque a estas alturas ni ellos mismos se creen ya que lo están haciendo en beneficio de los autores. Es cuestión de números. De dar con la cifra apropiada. Todos tenemos un precio. Llegará por fin el día (si no nos hartan y los quemamos antes, claro) en que el gobierno, las operadoras o tras quién vayan esta vez les pase un papelito doblado con una cantidad de ceros lo suficientemente alta y entonces nos dejarán en paz. Recordarán que las descargas son legales. Los manteros dejarán de mirar nerviosos las esquinas. Los internautas podremos navegar tranquilos. Todo cuando consigamos colmar su avaricia.

Aunque eso va a ser difícil. Al menos en este país, en este hemisferio, en este mundo en general. Porque, igual que hay ciudadanos de primera y de segunda (y de tercera y de cuarta), también hay profesionales de primera y de segunda. Y mientras algunos tenemos que madrugar todas las mañanas para poder fichar a tiempo en nuestro trabajo, con el que poder cobrar a final de mes y tener un rato por las tardes para escribir pajas mentales como esta solo por el puro placer de hacerlo, los hay que han sido tocados de algo indefinible llamado "talento", y algo un poco más tangible llamado "editorial" o "sello", en virtud de los cuales tienen derecho no solo a cobrar incluso cuando no trabajan, sino que además les paguemos los vicios a su descendencia. Porque sí. Porque ellos valen más que nosotros. Y porque la avaricia de los editores de contenidos es tal que no dudarán en inculcarnos a todos la promesa de la fama, el dinero fácil y las groupies haciendo cola en la puerta del camerino para chupártela, de forma que puedan fabricar a sus propias criaturas avariciosas con las que alimentar sus cuentas hasta que no les sirvan y tengan que buscarse otras nuevas de entre los cientos y miles que están dispuestos a dejarse manipular con tal de conseguir su droga. Con tal de conseguir más y más dinero.

Y así las cosas, con medio planeta muriéndose de hambre y el otro matándose para conseguir pasta, uno puede menos que preguntarse: ¿no será que lo estamos haciendo todo jodidamente mal?

5 de mayo de 2009

La jungla de papel (IV)

(Imagen de Feuillu)

Es por la crisis, nos dice. Cómo no, ya tocaba que nos apuntáramos a la gran excusa del siglo. Cuando todo esto pase y podamos echar la vista atrás, será cuando nos demos cuenta de cómo nos la han metido doblada por su culpa. Los cambios en la legislación laboral, el saneamiento de los bancos, la reestructuración de negocios caducos... Que sí, que los obreros las vamos a pasar putas, pero qué bien ha venido todo esto a algunos.

La crisis, habíamos dicho. Que la cosa está jodida, explica el jefe en la reunión de esta mañana. Entran pocos tráficos nuevos y demasiado pequeños, se nos ha largado alguno de los grandes y los jefazos empiezan a preguntarse si realmente necesitan un departamento dedicado solamente a lamer el culo a los clientes importantes. Como si no tuviéramos ya una cohorte de comerciales y ejecutivos, a cada cual más reluciente con sus trajes y sus coches de empresa. Y, mira tu que cosas, estos nunca sobran. Así que tenemos que evitar que se fijen en nosotros, de la única manera que sabemos hacer en este país: pringando. Se acabó el privilegio de tener a gente que nos sustituya en las vacaciones o los permisos. Se acabó poder enseñar a alguien cómo hacer la pelota correctamente para no echar a perder el negocio. Se acabó tener pululando por el departamento a carne fresca a la que poder amaestrar y echar a patadas a los 3 meses, como antaño.

A partir de ahora, si alguien no está que se joda el resto. Que quien puede manejar 10 clientes a la vez bien puede manejar 20. Aunque no tengas tiempo para más. Aunque nadie te haya explicado cómo hacerlo. Aunque no tengamos un sistema unificado que permita hacer un seguimiento sencillo y rápido de todo lo relacionado con la cuenta. No, eso sería mucho pedir. Aquí se hace a la española, improvisando, mal y tarde. Turnándonos diez personas para mirar el mismo ordenador (¿Red local? ¿Qué es eso?) y dando largas cuando nos hacen una consulta porque no tenemos ni puta idea del asunto. Aunque, eso sí, todo tiene que estar perfecto. Los informes hechos, los problemas resueltos y los clientes contentos. Que la dirección nos está mirando, ¿eh? Hay que trabajar el doble en las mismas horas y dejarse la piel por el mismo sueldo para mantener esto a flote. Y sin rechistar. Porque aquí nadie es imprescindible, la cosa está muy malita y con todo el paro que hay ya podemos darnos con un canto en los dientes por cobrar todos los meses. Y si no, ya sabes donde está la puerta.

Bueno, lo cierto es que esto último no lo dijo. Ni falta que hacía. Se veía en los ojos y en la sonrisa mal reprimida del muy cabrón mientras nos contaba cómo nos iban a dar por culo durante los próximos meses...

2 de mayo de 2009

Heredaremos el mundo

Han sido muchos años de aguantar las miradas indulgentes y los aires de superioridad de aquellos para los que pasar más de cinco minutos en sus casas les producía urticaria; muchas comidas en la empresa escuchando a nuestros compañeros recitar como papagayos la lista de destinos turísticos que ya han visitado y los que les queda por visitar; muchas horas de conversaciones telefónicas con nuestros padres intentando convencernos de que vayamos al teatro, visitemos una exposición, nos vayamos de vacaciones a un país centroeuropeo o cualquiera de las actividades que en realidad le gustaría hacer a ellos pero ni se atreven a plantearse; muchos momentos de duda y arrepentimiento cuando nos quedabamos enganchados durante horas a un mismo videojuego. Pero parece que, por fin, ha llegado nuestra hora.

(Imagen original robada vilmente de aquí)


Nosotros, los asociales, los marginados, los misántropos; nosotros, los que no salimos de casa ni aunque se incendie y no nos separamos del ordenador ni aunque deje de funcionar; nosotros, los que siempre hemos evitado el contacto personal como si la gente quemara seremos quienes hereden el mundo. Porque teníamos raźon. Y cuando la humanidad haya desaparecido debido a esta nueva plaga bíblica, tomaremos las riendas y crearemos una sociedad más justa, sin canon en los discos ni cuota mensual en el WoW, con anchos de banda simétricos, votación de nuestros representantes por karma, reparto a domicilio de absolutamente cualquier cosa y dos docenas de canales de televisión en abierto donde se emitan series en VOSE.

Sí, bueno, lo de la reproducción lo vamos a tener jodido, pero ya se nos ocurrirá algo...

1 de mayo de 2009

139

Me he dado cuenta de que es ahora, a mis 30 años, cuando he alcanzado el grado de rebeldía y pasotismo que debí tener a los 16.

Quién sabe, a lo mejor cuando tenga 50 empiezo a madurar de verdad...