18 de marzo de 2011

Reinicio


Que conste que yo lo intenté, ¿eh? Por una vez en mi vida, y sin que sirviera de precedente, hice las cosas como todo hombre adulto se supone que ha de hacerlas. O por lo menos como lo cuentan en el cine. Y en la televisión. Y en las novelas. Y en los periódicos. Y en las tertulias de los bares. Vamos, que no me quedaba más cojones que ponerme a ello...

Para empezar me mudé a la capital, que ya se sabe que es donde está el trabajo y, si hacemos caso a las noticias, prácticamente todo lo demás. Además allí vivía la parienta, y, bueno, después de un año viéndonos a ratos igual se hubiera tomado a mal que me hubiera buscado un piso en otra parte. Tampoco es que me importara mucho ahorrarme el trago de tener que buscar vivienda en ese pueblo de locos, para qué vamos a mentir. Que sí, oye, el alquiler no era precisamente barato considerando que el edificio estaba sin reformar y tenía más años que Fraga, pero por algo se empieza.

Lo cierto es que irse a Madrid no fue ninguna tontería porque conseguí empleo el primer día, tras la primera entrevista. No es que me extrañara, claro, porque a fin de cuentas tenía un currículo impecable con una carrera casi terminada (bueno, lo del "casi" igual se me olvidó mencionarlo...), tres diplomas del INEM (que no sirven para nada), conocimientos de cinco idiomas (de los que solo hablo bien dos) y una carrera fulgurante en hostelería (basada en hacer sandwiches, repartir pizzas, vender cigarrillos y una breve estancia de recepcionista en un hotel del que me echaron a patadas). Ah, no, espera, que al final me cogieron porque hablo inglés y se manejar un ordenador. En fin, eran los años del "ladrillazo" y a la gente se la contrataba con tal de que supiera respirar...

Finalmente me busqué un hobby. Bueno, lo cierto es que no me lo busqué, ya lo tenía, y más que un hobby era una adicción. De las peores, además. Que ya hubiera podido hacer como todo el mundo y, no se, emborracharme los fines de semana hasta perder el sentido, hacer un máster de empresariales, construir portaaviones con palillos o tunear un coche hasta el borde de lo legal y la vergüenza ajena. Pero no, tuve que aferrarme a esa adolescencia imaginaria que en realidad nunca tuve y ponerme a comprar comics. A lo grande. Porque, claro, habían sido años de bastante escasez y ahora que tenía un sueldo fijo debía ponerme al día con las colecciones, que no eran pocas. Y vaya si lo hice. Vamos, que en pocos meses me saludaban por ni nombre de pila en todas las librerías en 10 kilómetros a la redonda...

Eso sí, no todo era trabajar y leer. También tenía... eh... la Wii. E invitábamos a gente a tomar el té, que sale barato y quedas bien. Incluso salíamos. No mucho, vale, pero salíamos. Mayormente a ver películas (extranjeras y en versión original, bien sure, aunque más por que pedantería era por no poder soportar las españolas y los doblajes, a menos que Iron Man se considere cine de autor) y a probar restaurantes nuevos en el barrio. Que siempre había alguno por probar. Para comprar pisos ya no habrá dinero, pero en comer sí que no nos cortamos, oiga. Luego dirán que hay crisis. Hambre desde luego sí. Y ganas de viajar también. Entre todos los compañeros de mi oficina ya se habían dado la vuelta al mundo varias veces. Y nosotros no íbamos a ser menos. Tampoco es que fuéramos muy lejos, ni que hiciéramos muchos viajes, pero al menos nos quitamos la espinita de ir a otra ciudad para patearla hasta la extenuación y luego colgar las fotos en Facebook. Faltaría más.

Así que ahí estaba yo, con novia, piso, trabajo, sueldo, vacaciones y una pared llena hasta el techo de papel impreso con tíos en mallas dándose de hostias entre sí. El sueño capitalista. O casi. Porque ni de broma me iba yo a traer el coche en pleno centro de Madrid (léase, ni de coña iba a pagar por una plaza de garaje a seis manzanas de mi casa). Y somos alérgicos a los perros, así que tampoco podíamos calzarnos las Doc Martens y salir a pasearlo por el barrio. Lo de mudarnos a las afueras, pedir hipoteca y comprarnos un piso de obra nueva a precio inflado hecho con materiales de dudoso origen sí estuvo bastante cerca, no obstante. Por aquello de si queríamos formar una familia en el futuro y tal. Había que seguir con el tópico. Y no veáis qué brasa da la suegra con lo de tener un nieto...

Pero, fíjate tú por donde, la cosa no acababa de funcionar. Quién lo iba a pensar, ¿eh? Una vida dedicada al trabajo y al consumismo no llegaba a satisfacerme. ¡Inconcebible! Que no sería porque no le estaba echando horas a lo primero. Entre los viajes de ida y vuelta a la oficina estaba fuera de casa 11 horas, a veces más. Medio día. Ahí es nada. Vale que de trabajo real solo fueran 8 o 9 y en temporada baja me tocara mucho los huevos (bastante horas extra gratis echaba el resto del año), pero eso quería decir que al final del día entre ducharme, cenar y fregar los platos apenas me quedaban un par de horas para... bueno, para vivir y tal. Eso que hacen los humanos de vez en cuando. Es cierto que tenía los fines de semana, pero considerando que me pasaba la mayor parte del sábado como un vegetal y que el domingo lo dedicaba a limpiar y hacer todas esas cosas que había ido aplazando hasta entonces, no se puede decir que lo aprovecháramos mucho. Y, de que me daba cuenta, la semana había empezado de nuevo.

Creo que no existen palabras en castellano para describir el profundo e inmenso vacío que sentí durante esos tres años. Me podrían haberme sustituido por un robot y nadie se hubiera dado cuenta. Qué coño, me podrían haber sustituido por un maniquí y nadie se hubiera dado cuenta. Bueno, puede que mi señora hubiese notado algo, pero con lo poco que nos veíamos a lo largo del día seguro que hubiera pensado que simplemente estaba de mal humor. No la culpo. Porque solía estarlo y con frecuencia. Es lo que ocurre cuando te pasas todo el día aguantando quejas de clientes, ves a tu pareja un rato a la semana y no tienes tiempo ni para leer los cómics que estás comprando con el dinero del trabajo que te buscaste para poder comprar cómics. Que se supone debería ser el epítome de tu existencia. Autofelación cósmica y tal. O a lo mejor es que yo lo entendí mal. Si la vida era trabajar, gastar y entretenerse mientras no estás haciendo ninguna de las dos cosas, ¿cómo es que me sentía como si alguien me hubiera arrancado el alma y se estuviera cagando en ella?

Puede que el problema fuera que no gastaba lo suficiente, porque lo cierto es que al final de mes siempre ahorraba algo de dinero. Quizás los mercados se sintieron ofendidos porque no acudí a mi sucursal en cuanto me convertí en indefinido para abrir un plan de pensiones, invertir en fondos basura o contratar una hipoteca a 65 años y un día. O simplemente comprar más basura tecnológica y ropa de marca. ¿Cómo me atrevía yo, un simple mortal sin repajolera idea de economía, a no mover mi capital? ¡Blasfemo! Igual tendría que haber ido a la puerta del banco y degollar una cabra con un iPhone para apaciguarlos. Quién sabe...

El caso es que era miserable. Odiaba mi trabajo, odiaba mi ciudad, odiaba mi piso, odiaba mi vida (vale, no toda, pero sí un buen pedazo). Llegó la crisis, los trabajos desaparecieron, los pisos se hicieron más caros, las ciudades más inhabitables y yo odié el mundo un poco más todavía. Si el presente ya era gris, el futuro se presentaba más negro que el sobaco de Michael Jordan. Así que dije "basta". A tomar el pelo a vuestra puta madre. Si esto es la vida que me espera, yo me apeo. Quedaos vosotros con las jornadas de 12 horas, los atascos de hora punta, la tarjeta de la FNAC, los restaurantes de nombre irónico y recoger mierdas de perro con una bolsa a las 8 de la tarde. En cuanto la señora estuvo libre de compromisos vaciamos el piso, juntamos los ahorros y nos largamos al extranjero. Por practicar el inglés y eso, que luego es muy práctico para encontrar empleo. O al menos esa era la excusa. Cuanta más tierra y agua de por medio mejor.

Pero esa parte de la historia ya la dejamos para otro día...

3 comentarios:

Salamandra dijo...

Pues olé vuestras narices, supisteis parar a tiempo.

La mayoría de las personas pensantes (que no son todas ni por el forro) nos hacemos en algún momento esa reflexión. Porque esa vida es la de muchos de nosotros en algun momento de la vida. La sociedad en que vivimos se supone que es la del bienestar, pero eso un burdo engaño. Y hay que saber bajarse: felicidades.

Anónimo dijo...

Me alegro mucho que hayas retomado el blog. Saludos

El inadaptado dijo...

Gracias a los dos. Aunque, Salamandra, lo cierto es que esto acaba de empezar como quien dice. Ya veremos cómo acaba la cosa...