Una de las preguntas que más me han hecho desde que empecé a escribir gilipolleces en este blog es si todo esto es de verdad; si realmente pienso lo que escribo y vivo lo que cuento; si soy tan asocial, inadaptado y reaccionario como presumo o si en cambio solo soy un jeta que busca atraer lectores y con eso ligar, inflar su ego o ganar dinero.
La verdad, no les culpo. Más de una vez me he dado cuenta de lo poco creíble que es todo esto. De lo mucho que exagero y de lo poco que pienso algunas cosas antes de escribirlas. Aunque lo cierto es que tampoco se lo que espera la gente. No soy más que un mindundi cobardica que se parapeta detrás de una página web para escupir la bilis que le provoca el mundo que le rodea. No voy por la vida con la cabeza alta y aires de superioridad, sino más bien lo contrario: escondiéndome en las sombras, asustado de todo y de todos, incapaz de entender por qué la vida es como es.
Lo irónico es que, como ocurre con los perros, ha llegado un punto en que la gente me tiene más miedo a mí del que yo les tengo a ellos. Porque la sociedad en que vivimos es en realidad algo mucho más frágil de lo que creemos. Nuestra entera existencia se sustenta en un intrincado conjunto de reglas que resulta tan rígido e inamovible como fácil de derribar. Ya se sabe, todo eso del arbol y el junco. Cambiar algo, por pequeño que sea, requiere un esfuerzo titánico, hasta el punto de que cada nuevo avance puede costar años de conseguir. Sin embargo, basta con salirse un poco de las normas para que quien las sigue a rajatabla no sepa reaccionar y toda esta farsa se venga abajo como un castillo de naipes.
Mi problema, y aquí está el meollo de la cuestión, es que me la sudan las normas.
Desde hace ya varias semanas me he dado cuenta de lo poco que hace falta para poner nervioso a alguien. Sobre todo si ese alguien no te importa. Porque a diferencia de la gran mayoría de la gente que viene a trabajar a este cubo de cemento con ventanas que llaman oficina a mi no me interesa en absoluto entablar amistad con mis compañeros. ¿Para qué? Esto es trabajo. No lo estoy haciendo por placer. Me levanto todos los días con desgana para pasarme ocho horas al día delante de un ordenador y así al final de mes conseguir los poco más de 1000€ que me permitan pagar alquiler, comida, gastos, cuotas de suscripción y cómics. Mi vida, la de verdad, está fuera, en esas escasas 4 horas que me quedan cada tarde. Así que no tengo, nunca he tenido y nunca tendré intención de congeniar con el resto de almas muertas que me rodea. Y eso incluye la parada del autobús.
Desde hace ya varias semanas, decía, me he dado cuenta de que me he convertido en alguien incómodo. Cuando llego a la parada mis compañeros me evitan de forma descarada. Me ignoran. Fingen que no estoy allí. Todo porque no tengo nada que decirles. O que quiera decirles. ¿Por qué habría de iniciar una conversación banal sobre cualquier tema solo para que se sientan a gusto? ¿Acaso les he dirigido la palabra durante el resto del día? ¿Acaso he participado en las charlas absurdas de la hora de la comida? No. Me he quedado en todo momento en mi rincón trabajando, o al menos fingiéndolo, callado y sin interactuar con nadie. Y a la salida eso no va a cambiar. Sin embargo, esta sociedad aborrece el silencio. Necesitamos estar rodeados constantemente de música, de ruido, de palabras. No soportamos estar al lado de otra persona sin decirnos nada, por inane o estúpido que sea. Porque en realidad nuestras relaciones cotidianas son tremendamente frágiles, unidas por unos lazos casi inexistentes. Ya solo tenemos conocidos, contactos, seguidores, gente a la que conocemos de segunda o tercera mano. Ya no conocemos la auténtica intimidad, esa en la que no hace falta decir nada, en la que basta un gesto para comunicarse. Así que yo, que no quiero jugar con las reglas y prefiero mantener la boca cerrada, que rehuyo las amistades de baratillo y los vínculos futiles, que no me preocupa la popularidad ni la aceptación, me convierto en un incordio, en un grano en el culo, en un asocial.
Básicamente, lo que viene a ser un inadaptado.