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22 de mayo de 2007

Señor candidato...




Verá usted, se que probablemente tiene a una legión de asesores a sus espaldas (sobre todo si pertenece a alguno de los partidos políticos importantes, usease, con más pasta) que le estarán comiendo la cabeza noche y día acerca de cómo comportarse en público, qué decir, a quién criticar, qué sobornos aceptar, a qué niños besar, etcétera (marketing, ya se sabe, que ahora todo se compra y todo se vende, incluidos la imagen, los votos y hasta el alma si nos hacen una buena oferta (y si no, siempre podremos colocarla en eBay)). Lo que sea con tal de impresionar al populacho y que en vez de votar al cenutrio del partido de la competencia voten al suyo. Que para eso les pagan. Democracia, creo que lo llaman. En fin.

El caso es que yo tengo un problema. Llámeme raro si quiere, pero lo cierto es que no me gusta que me tomen por gilipollas. Sí, ya se que no soy precisamente un dechado de inteligencia, madurez y responsabilidad; si lo fuera probablemente estaría haciendo cosas más útiles que escribir esta parida semanal. Sin embargo, fíjese usted, incluso los lerdos como yo tenemos nuestro pequeño orgullo. Porque resulta que, pese a lo que digan sus muy bien pagados asesores y el resto de lameculos que tiene alrededor, estamos más que hartos de que nos bombardeen con discursos, consignas y eslóganes publicitarios acerca de ETA, los nacionalismos, el 11-M, la guerra de Irak y de Afganistán, la ley de igualdad, los escándalos ajenos (¿alguien gritó "viga"?), las decisiones de los jueces, la Pantoja, De Juana, los inmigrantes...

Hartos. Más que hartos. Hartísimos. Hasta los cojones, vaya.

Que yo no quiero quitarle la importancia a esos temas. Dios me libre. No me cabe la menor duda de que todos viviríamos, dormiríamos y hasta follaríamos mejor si se solucionaran. Pero lo cierto es que no se han solucionado. Vamos, visto el rédito electoral que le sacan, posiblemente no se solucionen nunca. Y resulta que a nosotros, los votantes, el populacho, los que le apean a la poltrona, hay otras cosas que nos preocupan mucho más. Cuestiones del día a día y a pie de calle para los que no tenemos sueldo de constructor, chófer particular y negra que nos la chupe. Esos problemillas cotidianos que nos gustaría ver resueltos antes de irnos al otro barrio, si no es mucha molestia. Que si lo hiciese incluso le volvíamos a votar y todo. Fíjese usted que cosas.

Así que, con su permiso, me voy a permitir el lujo de ofrecerle una pequeña lista de las cosas que, por lo menos a mí, me gustaría que cambiaran con la mayor brevedad posible. Cosas que posiblemente le parecerán completamente irrelevantes o que escapan el ámbito de la alcaldía o la presidencia regional a la que optan, pero, eh, no somos nosotros los que se han empeñado en convertir estas elecciones en un adelanto de las generales prometiendo absolutamente de todo...

  • Sobre ropa:

    • Tallaje unificado y estándar en ropa para hombres, especialmente en cuanto a pantalones se refiere, que uno empieza a estar harto de probarse 5 pares cada vez que quiere comprarse algo.

    • Obligatoriedad de que todas las tiendas de ropa vaquera tengan en stock pantalones rectos, sin desteñidos, ni agujeros, ni bolsillos, ni bordados, ni tiras sueltas ni todas esas mamonadas que llevan ultimamente.

    • Prohibición ipso facto de las camisetas polo, las mallas para hombres, las camisas con hombreras y que las mujeres de más de 19 años puedan llevar tanga.

  • Sobre música:

    • Limitación por ley de la cantidad de solistas españoles que puede haber en el mercado músical al mismo tiempo para evitar la contaminación acústica.

    • Subvenciones para la creación y promoción de grupos rock (en todas sus variantes), música electrónica de calidad (nada de chunda-chunda) y demás géneros olvidados y puteados por las emisoras.

    • Destierro para siempre de la etiqueta "fusión".

    • Exámenes para la obtención del carnet de cantante, ante tribunal de conservatorio y establecimiento de una edad de jubilación, especialmente para los que se dedican al género pop.

    • Por cierto, el canon sobre los CD, DVD, reproductores de MP3 y resto de soportes musicales de cualquier tipo que se lo meta la SGAE por dónde usted ya sabe. Exactamente.

  • Sobre sexo:

    • Con el objetivo de evitar gastos innecesarios a la salud pública, acabar con los eternos y estúpidos debates sobre el aborto y promover esa revolución sexual que, como muy bien señaló el Impresentable, nos va haciendo falta, introducción en el sistema de agua (y por si acaso también de la cerveza, que algunos hasta se duchan con ella) de un anticonceptivo masculino.

    • Concesión de días de vacaciones (remunerados, faltaría más) por noche de bodas, aniversario de primera cita, San Valentín y finales de la Champions. Y los domingos nadie trabajará, bajo ningún concepto, así se venga el mundo abajo.

    • Imposición de un examen psicológico completo y un test de aptitud antes de dar el antídoto del anticonceptivo a aquellas parejas que quieran tener hjios.

  • Sobre telefonía móvil:

    • Unificación del formato de cargador de baterías para todas las marcas, que la broma ya ha durado bastante.

    • Prohibición con pena de multa e incluso cárcel por el uso de tonos de himnos de fútbol, el último éxito de los 40 principales o algún animal (humano o no) berreando para que el dueño coja el teléfono.

  • Sobre internet:

    • Inversión pública (ya que las empresas privadas no se apean del burro) para la adecuación y mejora de las redes de telefonía, de forma que tengamos una conexión a Internet de calidad y a un precio razonable. Porque por mucho que digan, 1 mb a 45 leuros NO es razonable.

    • Inclusión en los contratos de los directivos de las proveedoras de internet una clausula por la cual tengan que atender el servicio de reclamaciones durante al menos una jornada laboral completa cada semana. Para que sepan con quién se la están jugando.

  • Sobre televisión:

    • Venta de todos los programas y recursos de la Primera al mejor postor (si es que alguien lo quiere), a ver si así podemos reducir la deuda pública.

    • Inversión del presupuesto restante de RTVE en La2. Y que Milá vuelva al noticiario de la noche.

    • Retirada inmediata de la parrilla televisiva de todo lo relacionado con el corazón y creación de un programa de rehabilitación y reinserción social para los cientos de tertulianos y famosos de medio pelo que se quedarán en la calle.

    • La vuelta del porno a la programación de madrugada.

  • Sobre tráfico:

    • Reducción de los límites de velocidad a 100 km/h en carretera como máximo e instalación de limitadores de velocidad en todos los vehículos. Quien tenga prisa, que vaya en tren. Y quien quiera correr que juegue al RunOut y no arriesgue la vida de los demás, cojones.

    • Hablando de trenes, inversión en el desarrollo de redes asequibles y fiables de cercanías en todas las comunidades que carezcan de ellas. A ver si se enteran de una vez que no queremos AVE, coño, que es muy caro y sólo para en las capitales.

    • Conversión de la mitad del espacio dedicado al tránsito de vehículos motorizados en carriles bici. Y autorización a los ciclistas a pinchar las ruedas de quien aparque en medio sin permiso.

  • Sobre deportes y otros espectáculos al uso:

    • Reducción de la Primera División de fútbol a los siguientes equipos: Real Madrid, Barça, Atlético de Madrid,  Athlético de Bilbao, Valencia y uno más elegido por sorteo. Ya que de todas formas ganará alguno de estos cinco y son los únicos que realmente interesan, así se evitan partidos innecesarios que ocupen tiempo de televisión que se puede dedicar a otras cosas.

    • Prohibición de las corridas de toros. Pero ya.

    • Promoción de deportes para descargar testosterona en el campo y no fuera de él, como el rugby o el fútbol australiano.

    • Reconocimiento y federación como deporte de la Wii.

    • Más torneos de voley-playa femenino.

  • Y, para finalizar, que las máquinas recreativas vuelvan a funcionar con cinco duros. Como debe de ser.


7 de mayo de 2007

Crisis

- Hola, doctor.

- Hola, túmbese en el diván y dígame, ¿que es lo que le ocurre?

- Pues verá, últimamente no puedo dejar de cuestionarme todo lo que hago. Analizo cada uno de mis actos y me obsesiono con mis despistes, mi mala memoria, mis errores en el trabajo, mi despreocupación con la dieta, mi pereza al seguir los tratamientos médicos, mi falta de disciplina en los horarios... Cada vez que hago algo mal suelo culparme duramente por ello. Y lo peor es que algunas de esas cosas no consigo evitarlas.

- ¿Desde cuándo le ocurre eso?

- Más o menos desde que me recuperé de la operación que tuve hace algunos meses.

- ¿Fue agresiva? ¿Supuso un riesgo para usted?

- Sí. No muy grande, pero sí.

- Bien, cuénteme algo más.

- También he empezado a sentir fuertes remordimientos por todo lo que considero que he hecho mal en el pasado, especialmente esos largos periodos de paro de los últimos años en los que estuve perdiendo mi tiempo y mi dinero, e incluso el dinero de mis padres, todo por no buscar algún trabajo aunque estuviera mal pagado mientras llegaba otro mejor.

- ¿Esos remordimientos han venido acompañados de cambios repentinos en sus gustos?

- Pues sí. Fíjese que he estado casi un mes dibujando unas tiras cómicas para mi blog y una noche decidí que eran una estupidez y las borré sin tan siquiera completar la historia.

- Ah, tiene un blog, interesante... ¿y qué escribe en él?

- Pues lo cierto es que ya casi no escribo nada. No se, es como si no se me ocurriera qué decir o me diera miedo escribir algo inapropiado. De hecho miro lo que he hecho hasta ahora y muchos de esos textos me parecen una pataleta infantil. Si cuando lo dijo Hijo Tonto fue por algo...

- ¿El hijo de quién?

- No, nada, olvídelo...

- ¿Alguna otra cosa que deba saber?

- Pues aunque lo cierto es que no es algo nuevo, últimamente estoy más obsesionado que de costumbre por el futuro, comparando lo que he hecho hasta ahora, lo que no hice y lo que me gustaría o debería hacer.

- Me lo imaginaba. En fin, su caso está muy claro.

- ¿Qué me ocurre?

- Verá, usted tiene los primeros síntomas de un trastorno bastante común pero crónico, irreversible y sin tratamiento.

- ¡Por dios, no me diga eso! ¿Y qué es?

- Se llama madurez...

7 de diciembre de 2006

El síndrome del folio

Cuando era un crío me fascinaba el concepto de "profesionalidad" (no me extraña que me llamaran "raro"). Siempre admiré y envidié a aquellas personas que capaces de realizar tareas realmente complejas y que no están al alcance de todos. Ya sea crear aparatos electrónicos, dirigir una multinacional, mediar en asuntos diplomáticos internacionales, diseñar marcas o crear grandes obras de arte, todas esas cosas formaban parte del imaginario de un mundo adulto que se suponía sabía mucho mejor cómo funcionaba todo. Y ahora que he crecido, que mi escasa formación y periplo vital me han concedido una visión un poquito más aguda del mundo que me rodea, no puedo menos que preguntarme:

¿Dónde coño se ha metido toda esa gente?

Es poco menos que irónico que en un mundo tan supuestamente preocupado por la imagen haya tantas empresas, instituciones y personas que sigan dando una ídem tan lamentable. Especialmente aquellas que deberían hacer ostentación de esa profesionalidad para no perder clientes, votantes, lectores o simpatizantes. Sin embargo en este país (me temo que solo puedo hablar de lo que conozco) la improvisación y la chapuza suelen sustituir demasiado a menudo a la previsión y la profesionalidad. Es lo que yo llamo (con todo el morro, porque me lo acabo de inventar) el "síndrome del folio".

La aerolíneas son un buen ejemplo. Muchas de ellas grandes empresas con flotas de carísimos y sofisticados ingenios voladores que pueden transportar a la gente de un lado a otro del globo. Y sin embargo, si tienes la mala suerte de que tu vuelo se retrase más de lo humanamente aceptable (cosa que pasa demasiado a menudo) lo más probable es que no encuentres a nadie que te pueda dar una explicación racional y tengas que conformarte con una mala disculpa garabateada en un folio y pegada a la ventanilla. Porque lo más probable es que ni siquiera los empleados sepan qué hacer, abandonados a su suerte por unos directivos que están demasiado ocupados jugando al golf, y por no tener ni siquiera tengan un cartel decente con el que contener a las masas furiosas al otro lado del cristal.

El síndrome del folio afecta a muchas otras empresas e instituciones (incluso personas) que por culpa de la incompetencia, la dejadez, el pasotismo, y la falta de previsión y de medios acaban recurriendo a la más chapucera improvisación para seguir adelante. Hay folios en las enormes colas de inmigrantes (por poner un ejemplo frecuente) ante las desbordadas ventanillas de administración para decir que no se puede atender a todos. Hay folios en la puerta de los bancos cuando han perdido la conexión de la red y son incapaces de manejar las cuentas a la antigua usanza. Hay folios en las máquinas (de café, expendedores, cajeros, cabinas de teléfono, etc.) que llevan semanas estropeadas sin que nadie se preocupe por ellas. Hay folios en los hospitales cuando los enfermeros o los médicos deciden hacer huelga porque no pueden atender a la gente en las condiciones actuales.

Pero no todos los folios son literalmente hojas de papel. También son folios los insultos que se dirigen entre sí los políticos cuando se les han acabado los argumentos, o los acuerdos a los que llegan en las cumbres internacionales y que luego nadie cumple. Son folios las notas de advertencia de Microsoft cada vez que encuentran un fallo grave en sus programas. Son folios las confusas alertas de salud a la población acerca de epidemias aún lejanas. Son folios los argumentos que da el seleccionador nacional cada vez que nos eliminan de un mundial de fútbol. Son folios las ayudas que se otorgan a los que han perdido sus casas por una inundación que se podría haber evitado de haber construido de forma racional. Son folios, en fin, cualquier excusa que utilicemos para no eludir nuestra propia responsabilidad ante una situación que deberíamos haber previsto con anterioridad y que demuestra que no estamos preparados para afrontar los problemas. Cosa que, al menos en España, ocurre con pasmosa frecuencia.

Pero, claro, todas estas cosas no te las cuentan de crío. ¿O que hubiera pensado si me hubieran dicho en ese momento que en demasiadas ocasiones los adultos no tienen ni puta idea de lo que están haciendo?

28 de noviembre de 2006

¿Y qué pasa con los albañiles muertos, joder?

Esa es la pregunta que lleva varios días haciendo mi padre a la hora de comer, cuando nos sentamos frente al televisor para ver las noticias de mediodía. Nunca le respondo, porque ambos sabemos la respuesta: no salen en televisión porque no interesan.

Según afirma el Ministerio de Trabajo en su ridícula campaña contra la siniestralidad laboral, cada día mueren tres personas en accidentes de trabajo. Unas trescientas en lo que va de año, si nos fiamos de ese dato. Ese es el número total de muertos civiles de E.T.A. hasta la fecha. Y cinco veces más que las mujeres asesinadas por sus parejas en el mismo periodo. Sin embargo ni ellos ni sus familias tienen la misma repercusión mediática, el mismo apoyo popular, el mismo protagonismo en la vida política ni la misma inversión para que sea erradicado por completo. En este país sigue habiendo muertos de primera y de segunda.

Bueno, dirán algunos, muchos de esos accidentes son por la culpa del trabajador. Cierto, no lo puedo negar, como tampoco podemos negar que son mucho más numerosos los que ocurren por culpa de la sobreexplotación consentida de unas personas que han tenido la buena o mala fortuna de aceptar unos empleos que los españoles viejos ya no quieren, todo para que la economía de este país siga creciendo de forma grotesca aún a costa de llevarnos por delante cuanto terreno urbanizable haya (e incluso el que no lo es) para construir pisos. O chalets. O campos de golf. O la M30, que también se está cobrando la factura con sangre.

Se dice que cada país tiene los políticos que se merece. Ciertamente nosotros nos merecemos a esa grupito de niños bien obsesionados con el poder que manejan nuestros destinos. Porque a pesar de que nos creamos más modernos, más civilizados, más maduros y más resabiados que antes, nos la siguen metiendo doblada a diario. O quizás es lo que queremos, más preocupados como estamos por pagar la hipoteca y los plazos del coche que en resolver asuntos que no comprendemos y no hacemos esfuerzo por comprender. Así que dejamos que ellos decidan por nosotros, aun siendo conscientes de que lo único que le interesa es el título, las influencias y el sueldo. Para luego, eso sí, llevarnos las manos a la cabeza escandalizados por la cantidad de chanchullos y desfalcos que los miembros menos discretos de cada partido están llevando a cabo en pueblos más o menos pequeños en los que creían que sus corruptelas no llamarían la atención. Como si no supiéramos todos lo que pasa allí. Y en los sitios más grandes, aunque sus gobernantes hayan sido lo suficientemente listos para no dejarse pillar.

Sinceramente, me alegro de que lo próximo que vaya a parir la coneja real sea una niña. A ver si entre la sucesión, los estatutos, el proceso de paz y los vídeos que se están lanzando unos a otros a la cara, los dos partidos principales llegaran a las manos y se pusiera en evidencia que ninguno de ellos se merece dirigir este país. Pero todos sabemos que no caerá esa breva, al menos con esos temas que no dejan de ser cortinas de humo para los principales problemas que nos afectan. Así que tendremos que seguir aguantando a un gobierno incompetente que trate de callarnos la boca con leyes populistas y grandilocuentes gestos banales, y una oposición enrrabietada y barriobajera obsesionada con volver a la poltrona. Que, en realidad, es lo único que les importa a ambos.

Y mientras tanto seguirán muriendo de forma anónima aquellos mismos que les votaron creyendo que estaban apoyando una forma de entender el mundo en vez de a un club de privilegiados que posiblemente no han tenido que coger una pala y doblar el lomo en su vida. Salvo para salir en la foto de inaguración de las obras, eso sí...

13 de noviembre de 2006

Ínfulas

En el primer episodio de la serie Un Paso Adelante (que me tragué casi entera tan sólo por lo burro que me ponían las profesoras; bueno, y alguna de las alumnas), la directora del centro daba a los nuevos admitidos un discurso que bien podrían hacer obligatorio en todas las universidades: "De todos vosotros, tan solo uno o dos tendrá la oportunidad de demostrar su talento. Ojo, no he dicho que vaya a triunfar. No, simplemente tendrá una oportunidad de intentarlo". Una escena que, por cierto, es calcadita a una viñeta del Art School Confidential de Daniel Clowes. Y, como en el cómic, estoy convencido de que todos los personajes pensarían: "Seguro que seré yo".

Alguien debería hacer lo mismo en la blogosfera.

Admitámoslo. Si no pensáramos que nos van a leer nadie se metería en esto. A partir de ahí los blogueros se dividen en los que en realidad no les importa demasiado el número de visitas (que son los que menos) y los que miran a diario el contador y los comentarios para saber si lo que dicen le importa a alguien o están gritando al aire. O escribiendo, como sea. Porque el éxito ajeno nos da envidia, qué coño. Ya te hayas metido en esto porque te aburres, para follar más (los hay que lo consiguen), para intentar vivir del cuento, o simplemente para demostrar tu talento (si es que lo tienes), al que más y el que menos nos gusta que nos alaben, que nos digan lo bien que escribimos, lo graciosos que son nuestros montajes o lo mucho que sabemos sobre algo. Y de esto no me libro. Desgraciadamente, al igual que los de UPA (profético, por cierto, que los actores no se están comiendo un rosco...), de entre los millones de blogs que hay por la red son muy pocos los que conseguirán la auténtica fama. O llegar al top 100 de Bitacoras.com, que cada uno se conforma con lo que quiere...

Pero ese no es el auténtico problema. El problema es que siempre hay a quien le gustaría más. Entre ellos yo, que de eso se trata todo esto rollo. A pesar de que, irónicamente, siempre me he decantado por las ciencias, desde que era un crío no ha faltado quien alabara mi forma de escribir. No es que sus opiniones fueran muy objetivas, pero tampoco me codeo con académicos de la lengua. Las cosas como son. El caso es que al final, tal es la naturaleza humana, te lo acabas creyendo. Por eso es casi inevitable que te plantees hacerte profesional, escribir un libro, convertirte en columnista o cualquier otra cosa que te permita vivir de juntar palabras con mayor o menor destreza. Sin embargo si hay algo que sobra en este país son presuntos escritores sin talento como yo. O libros de buenos escritores que no se venden ni regalados. Que no quiere decir que no pueda conseguir que me publiquen algo, aunque de ahí a que me lo compren media un abismo. Así es como uno, a falta de pan, acaba volcando sus ínfulas en el blog.

Ya lo ha dicho psycobite, del que seguro me van a acusar de plagio aunque no sea cierto (y que diga que hace un par de semanas que empecé a escribir el borrador no se lo va a creer nadie). No obstante no es ninguna coincidencia que tenga la misma idea en la cabeza. A pesar de que apenas hace año y medio que pululo por aquí, he visto lo suficiente como para darme cuenta también de que esta burbuja tiene que desinflarse tarde o temprano. Como la de la vivienda, con un poco de suerte. Que somos muchos y todavía han de llegar más, al menos mientras dure esta moda y se hable de los blogs por la tele o los blogueros pasen a escribir columnas en revistas. Y si todo el mundo tiene intención de hacerse profesional (o algo parecido) llegará un momento en que esto será una competición más que un hobby. Si no lo es ya. Por eso va siendo hora de dejar de hablar de buenos y malos blogs, de comparar estadísticas, de intentar crear la plantilla más vistosa o de (¿Por qué no?) dar premios a los mejores. Que siempre son los mismos.

En resumen, que vamos a escribir lo que nos salga de las partes pudendas (usease, la polla o el coño, según cada cual), cuando nos de la gana y con el blog que queramos. Si a los demás no les gusta, que se jodan. Y si además nos desprecian... bueno, que parezca un accidente...

8 de noviembre de 2006

Viva la paranoia

En mi pueblo hay una estación de autobuses grotescamente grande. Proporcionalmente hablando, es posible que sea mayor que la estación Sur de Madrid. Y no le falta de nada: tiene casi una docena de taquillas, varios mostradores, un local comercial y un panel de información enorme. Pero, por supuesto, no usamos nada de eso. Desconozco en qué coño estaba pensando el alcalde de turno cuando decidieron construirla, pero lo cierto es que con los años no sólo no se ha ampliado su uso sino que en estos momentos es sólo una gigantesca sala de espera. Con un bar, eso sí.

El caso es que, con todo, tenemos mucha suerte. En otros pueblos los pasajeros tienen que conformarse con esperar en una minúscula caseta o directamente en una esquina en la calle, y comprarle el billete al conductor sobre la marcha. A veces literalmente. Por lo cual no puedo menos que tomarme a bufa el asunto de las nuevas medidas de seguridad en los aeropuertos. Todo el rollo de los 100 mm. de líquidos, las bolsitas transparentes y todas esas excusas para hurgar en nuestras maletas. Que sí, que me parece cojonudo que quieran proteger los aviones, pero, ¿y el resto?

Pienso que si a estas alturas de la película los terroristas siguen empeñados en volar aviones por los aires (valga la irónica redundancia), además de fanáticos son bastante gilipollas. Puedo entender que después del 11-S resulte muy propagandístico y tal, pero con todas las medidas de seguridad que hay en estos momentos (y las que aún han de poner) les costaría mucho menos trabajo poner explosivos en cualquier otra cosa. De hecho ya lo hicieron el 11-M y el 7-J. Y eso que aún no han reparado en los autobuses de línea ordinarios. Si quisieran, podrían poner una bomba atómica en el maletero de uno de estos y nadie se daría cuenta hasta que fuera ya tarde (y quien dice una bomba atómica dice una tonelada de coca, un cadaver o varios miles de discos piratas). Sin embargo las autoridades siguen manteniendo la máxima alerta exclusivamente en los aeropuertos. Oh, sí, ahora también han puesto escáneres en las estaciones de tren, pero no para todos las líneas. Solo, curiosamente, para las más caras.

Si realmente estuvieramos tan en peligro como nos dicen se miraría con lupa cada uno de los medios de transporte que confluyen en las capitales más importantes, por pequeños que sean. Pero todos sabemos que no es así. Así que una de dos, o al gobierno le importa un pimiento lo que nos pase a los que no nos podemos permitir viajar en AVE o realmente la cosa no está tan mal como nos la pintan. Porque por mucho que insistan en no querer cundir la alarma entre la población, en realidad la paranoia es un arma muy conveniente para mantener entretenida a la masa. No sea que nos de por pensar en lo bajo de nuestros sueldos y lo alto de nuestras hipotecas. Y, ya de paso, se aumentan los precios de los billetes de tren (hay que amortizar las máquinas) y se incentiva el consumo y las compras dentro del recinto del aeropuerto (que esas si se pueden meter en los aviones, faltaría más) sin que nadie rechiste. Que es por nuestro bien, tontos.

Quizás es que soy un malpensado. Aunque en vista de como están las cosas (esos trapicheos inmobiliarios, esos alcaldes detenidos de dos en dos por corrupción, ese aumento de la inflación) a lo mejor resulta que el que se ha vuelto paranoico soy yo...

22 de octubre de 2006

¿Contadores? No, gracias

Porque son feos

Porque fomentan una absurda competitividad entre blogs

Porque algunos vienen con spam y popups

Porque dan la impresión de que tu único objetivo sea tener visitas

Porque les prestamos más atención que a casi cualquier otra cosa de la página

Porque muchos están trucados

Porque se te puede subir a la cabeza si la cifra sube y deprimirte si apenas se mueve

Porque las estadísticas que ofrecen siempre son relativas

Porque las comparaciones son odiosas

Y porque, resumiendo, en realidad no sirven para nada

Por estas diez razones, y alguna más que seguro se me olvida, abogo desde aquí por el fin definitivo de la estúpida moda de los contadores. Que, la verdad, esta broma ya ha durado demasiado tiempo. A fin de cuentas, ¿hasta qué punto nos afecta o debería afectarnos unas visitas de más o de menos? Podría entenderlo de una página oficial o corporativa que necesite justificar el dinero invertido en su creación y mantenimiento; o puede que un blog que gane dinero a través de la publicidad; incluso de aquellas bitácoras que aspiren a ser profesionales y quieran atraer a posibles patrocinadores. Pero ¿qué sentido tiene poner un contador en un sitio personal? Porque si lo único que nos interesa son las visitas, entonces tenemos un serio problema (y de ahí a convertirse en un gilipollas hay un paso, si lo sabré yo). Y si realmente nuestro único interés es la página, no necesitamos esclavizarnos mirando día a día unas cifras poco fiables que muchas veces poco o nada tienen que ver con lo que escribimos. Que ya se sabe lo traicionero que puede ser Google cuando buscas fotos de colegialas cachondas...

Así que no seamos como las cadenas de televisión y pasemos de la audiencia. Escribamos lo que exterioricen nuestras gónadas reproductivas (esto es, lo que nos salga de los cojones) y no malgastemos un segundo en pensar en lo que la va a gustar o no a nuestro público. Es más, que le den a nuestro público. Total, con la de millones de blogs que hay en el mundo, lo más probable es que jamás lleguemos a nada...

21 de octubre de 2006

Cachorros

Vaya por delante que, por mucho que me las de a veces de rebelde, no dejo de ser un conservador nato. Nunca he sido amante de aventuras, ni de emociones fuertes, ni de cambios radicales, ni de romper las reglas establecidas. Por si acaso. O porque sí. Siempre he preferido la seguridad de mi casa, mis rutinas, mis costumbres y mis pequeños vicios inofensivos (y algunos que no lo son tanto). No obstante, ya sea por educación, por asco o por aburrimiento (quizás un poco de las tres), siempre he tenido un cierto espíritu contestatario. O algo parecido. Que digo yo que por algo tuve (y tengo) un blog que se llama "Asco de vida". El caso es que mi conformismo siempre ha tenido ciertos límites, aunque sean puramente intelectuales. Y es por eso por lo que, en contadas ocasiones (a quien vamos a engañar a estas alturas), ha podido más la indignación que la pereza y me he lanzado a la calle a protestar o me he unido a algún grupo para intentar cambiar las cosas. Ingenuo que es uno.

A pesar de que, como digo, mi currículum activista es más bien escaso (se pueden contar con los dedos de las manos las manifestaciones a las que he acudido, no digamos en las que he intervenido activamente), basta estar un poco metidos en el ajo para darse cuenta de hasta qué punto somos habitualmente manipulados por manos invisibles (o no tanto) para actuar con fines políticos, propagandísticos o simplemente tocar las pelotas. Que según para qué, eso también cuenta. Excepto en los pequeños actos de protesta de un colectivo particular y con un objetivo concreto (que pocas veces se consigue, para qué vamos a mentir), todo lo demás suele estar dirigido con mayor o menor descaro por alguna asociación, sindicato, partido político, empresa o quien sabe si una agencia de espionaje. Cosas más raras se habrán visto. Total que, en el fondo, no dejamos de ser peones en una partida en la que no pintamos nada. O sí, recibir palos de los antidisturbios mientras los que realmente mandan lo ven en las noticias desde el salón de su pisazo en el centro. O su palacete en las afueras.

Ya, ya lo se. Que estamos en democracia y protestar es uno de nuestros derechos fundamentales. Creo. Que a veces la única forma de que nos oigan es echarse a la calle. El poder del pueblo y todo eso. Me se de memoria todas las consignas. Pero la cuestión no es que nos oigan, sino que nos hagan caso. Que eso es mucho más difícil, especialmente cuando ya saben de antemano lo que vamos a decir. Y para qué vamos a engañarnos, esto no es una república bananera con un régimen militar dictatorial en la que las libertades se consiguen a golpe de disturbios, cócteles molotov y asaltos a la sede del gobierno. Aquí, el que más y el que menos vive moderadamente bien (a menos que seas inmigrante, claro) y el acudir a una manifestación suele ser más una cuestión de ética o conciencia que de una necesidad básica. O que te aburras en casa y no tengas nada mejor que hacer, que de esos hay muchos.

Se que esto no deja de ser mi punto de vista y que, no lo olvidemos, yo soy en el fondo un conservador sin ganas de pelea (al menos la mayoría del tiempo), pero lo cierto es que no entiendo la actitud o los objetivos de los últimos actos de ¿protesta? que estoy viendo por la televisión. Esos gritos a Fraga. Ese zarandeo de líderes populares. Esa Kale Borroka. Esos abucheos al presidente. Esas pintadas, que no hay que abondonar los clásicos. Y yo me pregunto, ¿para qué? No, de verdad, en serio, ¿para qué sirve todo eso? ¿De verdad alguien es tan pardillo como para creer que va a cambiar las cosas insultando a un político o quemando un cajero automático? ¿Cual es la utilidad de destrozar mobiliario urbano, por muy feo que sea? ¿Que se consigue rompiendo los cristales del McDonalds, víctima frecuente en estos casos, además de que sus empleados pierdan un día de trabajo y sueldo? ¿Desde cuando ser un gamberro se considera reivindicativo? Oh, mira, que radical es que se acaba de cargar una farola. Digo yo, qué culpa tendrán ellas de esto...

Lo que más me asusta de todo es, como ya he dicho, que tanto estos como otros actos de ¿protesta? menos llamativos ni siquiera son algo espontáneo, sino que están dirigidos por otras personas que azuzan a sus cachorros para conseguir sus propios fines. Sean cuales sean. Y nosotros, ingenuos, pardillos y con ganas de destrozar cosas por aquello del estrés (no tener un sueldo decente es lo que tiene), les seguimos el juego creyendo que es todo cosa nuestra. O que formamos parte de algo. Que yo no digo que no haya que luchar por lo que creemos, pero primero hay que tener claro que las ideas son nuestras de verdad y no nos las están susurrando al oido. Porque, sinceramente, creo que al final hacemos el ridículo. Puede que algo peor.

Quizás en realidad todo esto no sea mas que una forma de tenernos entretenidos. Quizás. El caso es que la imagen que estamos dando es cada vez más negativa. Como si no tuvieramos las cosas difíciles de por sí. Así que, aun a riesgo de sonar demasiado carca, me gustaría decirles a todos ellos lo mismo que me dice a veces mi madre: que cuando uno no tiene nada agradable que decir, es mejor tener la boquita cerrada...

18 de octubre de 2006

Gurureando


No me gustan los zombies. Bueno, no me importa pegarles un tiro entre ceja y ceja si algún videojuego me lo permite (lo cual suele ser bastante divertido), pero hasta allí llega mi querencia por los muertos vivientes. No me gustan sus películas. No me gusta ver tripas. No me gustan sus rostros descompuestos. Ni siquiera me gustan como icono pop, camp, kitsh o como coño quieran llamarlo ahora. Y lo gracioso del tema es que, a pesar de todo, siento como si me estuviese perdiendo algo.

Desde que existe la subcultura (o, al menos, se le considera como tal) siempre ha habido gurús dispuestos a guiarnos al resto de pobres mortales por los intrincados recovecos del cine de serie B, el comix underground, la literatura maldita y cuanta expresión (¿artística?) entre dentro de los difusos márgenes del concepto. Hasta ahí todo bien. Siempre es de agradecer que alguien comparta sus conocimientos con los demás, especialmente sobre algo de lo que apenas hay (o más bien había) obras de consulta, guías u otras referencias fiables. El problema es que, como acabo de decir, no resulta fácil definir qué es y qué no es subcultural. O friki. O zetoso. O el adjetivo que cada uno prefiera, porque en el fondo es todo lo mismo. Eufemismos y tal, ya se sabe. Especialmente en estos temas, en los que es fácil encontrar quien se crea mejor que los demás y por eso trate de desmarcarse instaurando su propia etiqueta. Pero no nos adelantemos. La cuestión es que cuando no hay normas, la palabra es ley. Y la de los gurús, más aún. Así que llegamos a la paradoja de que no son los consumidores de tales o cuales géneros los que los encumbran, sino sus críticos. Los "expertos". Los que entienden (del tema, no de lo otro). O eso dicen. O, al menos, eso nos creemos. Que ya se sabe que eso de pensar por nosotros mismos nunca se nos ha dado del todo bien. De eso no me libro, yo también soy de dejarme llevar. La ignorancia es lo que tiene. Pero todo tiene su límite. Especialmente la paciencia.

Se suele decir que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Ya, que se lo digan a Bush. El caso es que yo tengo mi propia versión de esta frase: la libertad de uno acaba cuando le empiezas a tocar las pelotas a otro. Y a mi ya me empieza a molestar tanto sobeteo (metafórico, no vayamos a pensar mal). Quizás tenga culpa la operación, que por aquello de no comer nada más que purés y caldos y no tener fuerzas ni para discutir con mis padres (aunque de todas formas llevan las de ganar) me molesta casi todo, pero el caso es que ya no encuentro tan graciosos como antes a mis gurús particulares (que los tengo, como todo el que esté metido en el ajo). Es más, empiezan a parecerme ciertamente irritantes. No todos, la verdad sea dicha, pero si unos cuantos. Seguro que no soy el único. Que levante la mano del ratón quien piense que ya está bien de eso del desprecio graciosete que tanto se lleva. Sí, ya sabeis, eso de ponerse a insultar a todo el mundo como en plan irónico y de mucha risa. Tipo, si no te gusta este actor (casposo a morir) eres un garrulo. Ja ja. Míralos, como se pasan. Son la leche estos tíos. Puro underground. Etcétera. La historia de siempre, ellos mandan y nosotros obedecemos, que para eso son los que entienden (del tema, no de lo otro, aunque no es excluyente). Así que venga a repetir en los blogs como papagayos lo que han dicho, a poner los mismos tutubos y celebrar los mismos "días de" que alguien se acaba de inventar. Y ay de tí como se te ocurra levantar la voz. O tener tus propias ideas.

Habrá quien diga que cada friki es un mundo y no es necesario que te guste tal o cual cosa. Que aquí nos respetamos todos mucho y tal. Que exagero, en pocas palabras. Sí, ya, eso queda muy bonito en la teoría y para dar entrevistas en la televisión, pero la práctica es otra cosa. La realidad es que se puede ser marginado entre los marginados. Que incluso alguien a quien llaman raro en la calle te puede llamar garrulo (no a tí en particular, sino a todos en general) si confiesas que detestas las películas de zombies, o que nunca has visto una de Godzilla, o que no te vuelven loco las artes marciales, o que el cine casposo te aburre, o que la mitad de lo que se considera subcultura simplemente no te gusta en absoluto. Y ya no te digo si uno empieza a meterse con los ídolos, aunque sean de broma. Porque al menos un servidor empieza a estar bastante harto de David Hasselhoff. Porque la única canción que he oido de los Tres Tristes Ninjas me pareció una cutrez. Porque Douglas Adams no me hace gracia. Porque odiaba los videojuegos del Spectrum por ser tan difíciles. Porque, a veces, a uno le da la impresión de que los que entienden (del... ah, qué más da) tienen el gusto en el culo.

Pero ya se sabe que en los gustos, como en los culos, siempre nos huele mal el de los demás y no el nuestro propio. De ahí el baile de etiquetas de estos últimos años. Ser friki ya no esta de moda, hombrepordiosdondevaaparar. No hay más que ver la estampida que hubo el día del orgullo ídem. Ahora hay que tener una bizácora. O ser coolzetoso. O el apelativo que esté últimamente de moda (que desde que no tengo banda ancha me cuesta más ponerme al día). Tener buen gusto, en pocas palabras, siempre suyas. Pero aunque uno pase olímpicamente de sus recomendaciones, siempre te queda la duda. ¿Y si llevan razón? ¿Y si mis arcadas viendo splatter no están justificadas? ¿Y si me perdí algo entre bostezo y bostezo leyendo este libro? ¿Y si exagero al pensar de que me robaron cuando compré este disco? Duda razonable, que dirán algunos. Lavado de cerebro, digo yo. Pero hasta aquí hemos llegado.

Resumiendo: que estoy harto de insultos, aunque sean de broma; a llamar garrulo a tu padre, si no te importa. Que pienso consumir lo que me de la gana, sea aceptado o no, y aun así seguir llamándome friki. Que si tengo que decir que prefiero a Jackie Chan antes que a Jack Bauer no pienso cortarme. Y que, al contrario que en las películas del oeste, en esta blogosfera hay sitio para todo el mundo, así que no pienso hacerme a un lado para no molestar.

Por cierto, que no voy a dar nombres. Mitad por cobardía, mitad para hacer esto más interesante. Y si alguien se da por aludido, ya sabe: quien se pica...

7 de septiembre de 2006

Manhunters


En este juego tan solo hay una norma: respeta a los demás si quieres que te respeten a tí. Por lo demás, todo vale. En la universidad se pueden ver anuncios de alquiler de habitaciones en absolutamente cualquier parte, ya sean tablones, paredes, puertas, vallas, letreros de edificios, cabinas de teléfono, señales de tráfico, palmeras... Son decenas, cientos, miles los carteles casi clónicos -en formato apaisado y con los números de teléfono escritos en tiras recortadas en su base- que se apiñan en estos lugares, en la mayoría de los cuales ni siquiera está permitido colgarlos. Pero a nadie le importa. Somos cazadores de hombres. Y estamos en temporada alta.
Resulta casi irónico pensar que el objetivo último de muchos de esos pisos en venta que están inflando tan peligrosamente la burbuja inmobiliaria es, precisamente, ponerlos en alquiler. En realidad se trata de un círculo vicioso: el gobierno (todos ellos) se desentiende del tema de los alquileres, cuya desregulación crea un amplio mercado sumergido que reporta tales ingresos (además de algunos disgustos) a sus beneficiarios que potencia la compra de más pisos para este uso, cosa que impulsa al gobierno a centrar su atención en la venta de los mismos y a desentenderse de los alquileres. Así hasta el infinito (y más allá). Porque los españoles nos hemos metido en la mollera que tenemos la obligación de poseer nuestra propia casa, así nos tengamos que empeñar hasta las cejas. Y si resulta que no puedes pagarte una, te jodes. Búscate un trabajo mejor. Vende las joyas de tu abuela. Prostitúyete. Roba. Haz lo que sea, pero no alquiles. Alquilar es de perdedores.

No se puede luchar contra el ladrillo en este país, de igual manera que no se puede luchar contra el alcohol. A fin de cuentas, nosotros vivimos de forma directa o indirecta de esos sectores y nadie quiere tirar piedras contra su propio tejado (nunca mejor dicho). Y mientras no cambie esta mentalidad los jóvenes y todo aquel que no tenga suficientes recursos económicos para comprar una vivienda seguiremos siendo ciudadanos de segunda. Seguiremos apiñados con dos, tres, seis, diez personas más en el mismo piso para poder pagar el alquiler. Seguiremos poniendo anuncios hasta debajo de las piedras cada vez que nos falte un compañero y no cubramos gastos. Seguiremos viviendo con nuestros padres hasta que encontremos un trabajo que nos permita acceder a una hipoteca (si es que lo encontramos, que esa es otra). Seguiremos sin tener intimidad, ni seguridad, ni estabilidad, ni la certeza de que el mes que viene no tendremos que recoger nuestras cosas y arrastranos hacia otro agujero.

Al principio no lo entendía, pero cada vez lo veo más claro. Porque ya no lo soporto más. No soporto perder dinero todos los meses. No soporto tener que hacer cola en la puerta del baño. No soporto tener que limpiar lo que yo no he ensuciado. No soporto vivir con alguien que no me respeta. No soporto no poder cambiar nada sin permiso. No soporto tener que esperar meses a que el dueño cambie un mueble o que arregle una avería. Y si tengo que vender mi alma al diablo para poder tener un espacio propio, entonces será un trato justo.

Aunque el diablo vista traje y corbata y te robe desde una mesa de oficina...