Durante estos días he estado meditando sobre mi situación actual y he llegado a dos conclusiones importantes. La primera, que ya no soporto más mi trabajo. La segunda, que no puedo dejarlo.
Es fácil decir ahora que no debería haber aceptado este empleo, pero lo cierto es que en aquel momento tenía prisas por dejar de parasitar a mis padres y acepté lo primero que me dieron. Por una mujer, abandoné a toda prisa mi pueblo y me instalé en una ciudad que detesto, en un barrio que detesto, en una casa que detesto, para que las doce horas al día que invierto en hacer algo que detesto me permitieran pasar un rato con ella. Joder, a veces mi vida parece una mala canción de Sabina.
El caso es que yo pensaba que esto iba a ser algo temporal, haciéndome partícipe de una de esas mentiras universales que nos contamos a nosotros mismos para seguir levantándonos por las mañanas (junto a "no estoy tan gordo" y "mañana dejo de fumar"). A fin de cuentas era la época de bonanza y en ese momento había opciones de sobra para elegir. Cinco entrevistas tenía pendientes cuando me reclutaron para trabajar en este agujero. Pero eso era entonces y esto es ahora. Porque la gran pregunta es, ¿quién tiene cojones para dejar un trabajo en estos momentos?
Tan solo plantearme la posibilidad hace que resuenen varias voces incómodas en mi cabeza. La de mi madre, que como toda madre quisiera verme de ministro cuanto menos, llamándome insensato por dejar de lado la seguridad económica de mi trabajo actual sin el colchón del paro, temiendo que tenga que recurrir de nuevo a ellos estando al borde de la jubilación. La de todos esos trabajadores que ahora se encuentran en la calle, sobreviviendo con lo justo, muchos de los cuales se cortarían un brazo por cobrar lo que yo ingreso al mes (aunque antes de que se pinchara la burbuja algunos de ellos ganaran el doble, todo hay que decirlo). La de mis jefes, que a fin de cuentas me dieron la oportunidad de entrar en la empresa a pesar de mi pobre currículum, y que, aunque no se puede decir que se preocupen de que esté motivado (y de hecho este verano nos han puteado a base de bien), al menos tuvieron la decencia de hacerme indefinido. La de mi señora, pidiéndome que aguante un poco más hasta que termine con lo suyo, que unos meses no son nada y después, o al menos ese es el plan, tendremos libertad para irnos a otra parte. La de mi propio sentido común, que me grita que con mis ahorros actuales apenas si podría aguantar hasta febrero, que sin tener claro qué quiero hacer con mi vida sería lo mismo que saltar sin paracaídas, y que con mi experiencia lo único que podría conseguir es un trabajo similar, en una oficina similar, en un ambiente similar y posiblemente con un sueldo peor.
Posiblemente me quejo de vicio. Trabajo bajo techo, sin tener que limpiar, sin tener que hacer esfuerzos físicos, sin tratar a la gente cara a cara y además ganando más de 1000€ al mes. Eso es mucho más de lo que había tenido hasta que llegué aquí. También puede que mis cavilaciones se deban al aburrimiento, a la rutina, a la vida de pareja ociosa, a que no tengo ninguna afición que me distraiga y llene los ratos muertos. Un urbanita treintañero más, hastiado y sin rumbo. Pero aún así, no lo soporto. No soporto las chapuzas, los clientes prepotentes y comerme uno tras otro los marrones ajenos. No soporto los días exactamente iguales, de casa al trabajo y del trabajo a casa, arañando tiempo del sueño y los viajes en metro para que no parezca que mi vida se reduzca a tres horas. No soporto la incertidumbre de quedarme atrapado en un puesto sin futuro, sin salidas, sin posibilidad de promoción, solo enviando los mismos informes y haciendo las mismas gestiones una y otra vez hasta que la empresa me prejubile o se vaya a la quiebra. No soporto las caras grises, el aire contaminado, las prisas, los empujones y la sensación de que todo está pasando en otra parte.
Pero aún así, no puedo dejarlo. Porque sería estúpido abandonar por un berrinche, sin ningún plan ni objetivo; porque no se qué hacer con mi vida y a estas alturas no se si lo sabré nunca; porque me aterra la idea de volver a no tener dinero después de haber conseguido salir adelante por mí mismo; porque sería injusto para los que no tienen trabajo y porque me arriesgo a convertirme en uno de ellos durante demasiado tiempo; porque el problema en realidad es más profundo y un cambio de aires puede que no sea suficiente; porque probablemente no tengo razón; porque aunque la tenga me faltan cojones.
Enhorabuena, cabrones, habéis conseguido convertirme en un esclavo.
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28 de octubre de 2009
21 de mayo de 2009
If you work for a living, why do you kill yourself working?
Básicamente, soy un autómata.
¿Cómo es posible que un grupo de adultos en pleno uso de sus facultades mentales vitoree a un político cuya reputación es cuanto menos dudosa y al que está claro que todo le importa una mierda? ¿Cómo se puede seguir tan ciegamente a un líder que, como todos, solo se mira a su propio ombligo y solo se preocupa de sus propios intereses? ¿Cuán ciego hay que ser, para no ver que solo somos ganado para ellos? ¿Cuán vacío y carente de personalidad?
Ese es un misterio que jamás entenderé. Que para definirse a uno mismo haya que elegir a una persona, alzarla sobre nuestras cabezas, darle más privilegios que a nadie, ofrecerle unos lujos que jamás disfrutaremos y esperar a que nos de ordenes. Todo para no pensar. Para no ser. Solo someterse a un poder superior que nos diga lo que hay que hacer y creer en todo momento. O, peor aún, elegir bando en una guerra que solo está en nuestras cabezas y defender a muerte unas ideas que no son propias y en las que posiblemente ni siquiera se crean del todo. Llámese religión, política o deporte, jamás entenderé como puede una persona convertirse en una marioneta de otra bajo la promesa de vaya usted a saber qué fortuna, gloria o inmortalidad que en realidad nunca llegarán a alcanzar. Porque a menos que seas amante, pariente, amigo o compinche de cualquiera de ellos debes tenerlo claro: vas a salir perdiendo.
Sí, soy un autómata, con una vida preprogramada, pero al menos se que, a pesar de la rutina, el hastío y la esclavitud, allí al fondo, en alguna parte de mi cabeza, está preparando la siguiente entrada del blog ese pequeño hijoputa inadaptado al que llamo yo mismo.
Me levanto no demasiado temprano, a las 8. Me desperezo, desayuno lo más copiosamente que puedo, me visto y salgo hacia el trabajo. El camino me lleva aproximadamente una hora; para eso tengo que coger un metro, un autobús y caminar un rato hasta que llego a mi oficina, situada a doscientos metros más o menos del culo del mundo. Ficho, me siento y me pongo a teclear sin parar durante cuatro horas (tengo derecho a un descanso de diez minutos gracias al convenio alcanzado por el sindicato -al que le importa más que podamos fumar que tener un horario decente-, pero rara es la mañana en que me lo puedo tomar).
A las 2 y 1 minuto, como un reloj, me bajo a la habitación-con-mesas-para-todo del edificio, ficho, caliento el tupper en el microondas y almuerzo, intentando convencerme a mi mismo de que el hecho de que no pueda salir del recinto (ya que en el culo del mundo no hay restaurantes) no es un signo de esclavitud encubierta. A las 2 y 20 ya he terminado, así que abro el cómic o libro que me haya dejado a medias en el autobús y me dedico durante los cuarenta minutos siguientes a ignorar descaradamente al resto de mis compañeros, que acaban de bajar a comer.
Un poco antes de las 3 subo de nuevo, ficho, me preparo un té y me dedico durante media hora a leer feeds hasta que los clientes, que sí tienen buenos horarios, regresan y empiezan a incordiarme otra vez. Trabajo durante el resto de la tarde casi sin parar (salvo una parada para lavarse los dientes) y a las 7 y 1 minuto, también como un reloj, bajo y ficho la salida. De nuevo la caminata, de nuevo el autobús, de nuevo el metro. Son casi las ocho cuando llego a casa. Descanso un poco, friego los platos, hago carantoñas a la parienta y es entonces, solo entonces, cuando puedo disponer de tiempo para mí. Una hora, hora y media con mucha suerte. Ese es todo el tiempo que tengo cada día para revisar el correo, leer las noticias, echar una partida, relajarme y escribir, si es que puedo (y a la vista está que no), antes de que llegue la hora de la cena, ver la tele con mi señora e irse a dormir.
Esto, sinceramente, no es vida. No soy una persona. Soy una máquina, un engranaje. Soy un autómata que solo vive para trabajar y consumir. He llegado a sufrir ataques de pánico cuando he sido consciente de hasta que punto he conseguido alienarme. Yo ya no soy yo, sino lo que sirvo para otros. Pero, al menos, este es el camino que he escogido. Por ella. Porque esas son mis circunstancias. Porque lo he creído necesario por el momento, hasta que las cosas cambien, hagamos nuevos planes y, quizás, pueda volver a tener algo parecido a una vida. También, para que negarlo, por cobardía. Porque los mensajes de pánico han conseguido calarme y me asusta alejarme de la seguridad de la nómina mensual y de lo malo conocido. E incluso porque, aunque me atreviera a mandar a todos a la mierda, en estos momentos (y van ya 30 años) sigo sin tener muy claro qué coño hacer con mi vida.
Sí, soy un autómata, pero eso es lo que he elegido. Sin embargo, esto sí que no tiene nombre:
Foto extraída de esta noticia de La voz de Galicia
¿Cómo es posible que un grupo de adultos en pleno uso de sus facultades mentales vitoree a un político cuya reputación es cuanto menos dudosa y al que está claro que todo le importa una mierda? ¿Cómo se puede seguir tan ciegamente a un líder que, como todos, solo se mira a su propio ombligo y solo se preocupa de sus propios intereses? ¿Cuán ciego hay que ser, para no ver que solo somos ganado para ellos? ¿Cuán vacío y carente de personalidad?
Ese es un misterio que jamás entenderé. Que para definirse a uno mismo haya que elegir a una persona, alzarla sobre nuestras cabezas, darle más privilegios que a nadie, ofrecerle unos lujos que jamás disfrutaremos y esperar a que nos de ordenes. Todo para no pensar. Para no ser. Solo someterse a un poder superior que nos diga lo que hay que hacer y creer en todo momento. O, peor aún, elegir bando en una guerra que solo está en nuestras cabezas y defender a muerte unas ideas que no son propias y en las que posiblemente ni siquiera se crean del todo. Llámese religión, política o deporte, jamás entenderé como puede una persona convertirse en una marioneta de otra bajo la promesa de vaya usted a saber qué fortuna, gloria o inmortalidad que en realidad nunca llegarán a alcanzar. Porque a menos que seas amante, pariente, amigo o compinche de cualquiera de ellos debes tenerlo claro: vas a salir perdiendo.
Sí, soy un autómata, con una vida preprogramada, pero al menos se que, a pesar de la rutina, el hastío y la esclavitud, allí al fondo, en alguna parte de mi cabeza, está preparando la siguiente entrada del blog ese pequeño hijoputa inadaptado al que llamo yo mismo.
13 de mayo de 2009
Madrid, Madrid
(Foto saqueada sin escrúpulos de aquí)
Siempre he pensado que Madrid no se respetaba a si misma.
En todos los años que he vivido aquí, siempre he albergado la esperanza de que alguien agitara una varita y convirtiera a la capital en esa utopía que tengo en mi cabeza. Quería ver un Madrid impecable, erudito, grandilocuente, vanguardista, sosegado, ejemplarizante; un faro de civilización justo en medio de un país que no se acaba de creer del todo que vive en el primer mundo.
Y me torturaba verla así. Me martirizaban las pintadas de las paredes, el caos circulatorio, el pillaje inmobiliario, las hipocresías políticas, la manipulación institucional. Me horrorrizaba vivir en una constante batalla contra la degradación urbana, en la que los habitantes son a la vez verdugos y víctimás, mero reflejo del desencanto y la indiferencia de un pueblo que no termina de aceptar su condición.
¡Cuán grande podría ser!, pensaba. ¡Cuán perfecta!, me dictaba la imaginación. Veía calles pulcras, edificios solemnes, aire limpio y más zonas verdes. Soñaba con carriles bici, avenidas peatonales y fachadas inmaculadas. Fantaseaba con que el resto de metropolis envidiaran la nuestra, con que vivir aquí fuera un lujo y un privilegio, por cuanto el mero hecho de residir entre sus edificios te elevera intelectual, social, moral e incluso espiritualmente.
Hasta que, de repente, he comprendido.
Durante todo este tiempo he mirado a esta ciudad, pero no la he visto. Porque aquello que yo consideraba defectos, son en realidad sus atributos; porque lo que yo achacaba al inmovilismo, se trata en realidad de su carácter; porque lo que pensaba se escondía bajo la superficie tratando de aflorar nunca ha estado allí.
Madrid es Madrid. Y siempre será Madrid, por los siglos que han de venir. Eso es lo que no entendía. Que nunca desaparecerán los callejones malolientes, las putas de las esquinas ni las tabernas ruidosas. Que su gente siempre dará la espalda a sus vecinos y la mano a los que lleguen de fuera. Que en sus aceras siempre habrá prisas y en su asfalto malos modos. Que sus gobernantes la tratarán como un trofeo mientras barren la mugre debajo de la alfombra. Que siempre habrá barrios ricos y barrios pobres, calles estrechas y grandes avenidas, palacios exhuberantes y buhardillas angostas. Que siempre será reaccionaria, conservadora, chulesca y un poco paleta. Que siempre será sinónimo de anarquía, oportunidades, lujo, miseria, alegrías y tristezas, destellos de modernidad y oleadas de tradición. Que todo aquel que busque algo lo encontrará aquí, bueno o malo, por muy raro o difícil que sea. Que es una ciudad que duerme poco y mal, y en la que es inevitable acabar un poco loco.
En definitiva, una ciudad en la que solo sobra una cosa.
Y esa, me temo, soy yo.
7 de mayo de 2009
Pasta
Cada vez que se hace una lista con las drogas más adictivas siempre se dejan unas cuantas sin poner, obsesionados como estamos por las puramente químicas. No se menciona al sexo, que lo es, digan lo que digan. Ni al World of Warcraft, que ya ha conseguido matar a alguno. Tampoco a los juegos de azar. Ni siquiera a las pipas. Pero, sobre todo, nunca se habla de la más dura de todas: el dinero.
Ya sea para ganarlo o para gastarlo, que aquí cada uno se lo chuta como quiere, no hay nada en este planeta que produzca más adicción que el dinero. El parné. La tela. La pasta. Ese invento que, igual que la heroína, parecía muy práctico al principio y ahora la gente mata o se mata por conseguir. Muchas veces literalmente. Porque qué más da a cuántos nos llevemos por delante mientras podamos aumentar la cantidad de ceros en nuestra cuenta corriente. A fin de cuentas hemos llegado a un punto en el que para muchos es su único objetivo en la vida, su única razón de ser. El dinero nos domina a todos. Bueno, a unos más que a otros, pero, a los que nos tiene, nos tiene bien cogidos de las pelotas. Sin posibilidad de escape. Y así nos va.
Si ahora estamos como estamos, es decir bien jodidos, ha sido por pura avaricia. Ni más ni menos. Que aquí no se libra nadie. Y yo me incluyo, porque aunque no haya colaborado no estoy menos enganchado que el resto. A ver cómo iba a tener más de 2000 cómics ahora, si no es amasando dinero. Aunque al menos me esté conformando con eso. Pero otros no. Demasiados. Un país entero empezó a adorar al ladrillo y nuestra economía se convirtió en un gigantesco timo piramidal, con los bancos brillando en la cúspide, de una avaricia tan cegadora que no podíamos mirar sus cuentas de resultados sin entornar la mirada. Putos cabrones sin corazón.
Sin embargo no fueron los únicos, ni de largo. Alguien tenía que estar abajo para poner en marcha la estafa. Ahí entramos nosotros. Empeñándonos hasta la jubilación para comprar cuatro paredes a precio de caviar iraní servido por putas de lujo en un yate en las Bahamas. Todo con la esperanza de venderlo más tarde y sacar pasta, y comprar un sitio más grande o dejárselo a nuestros hijos para que pudieran venderlo más tarde y sacar pasta y comprar un sitio más grande. Y como no había sitio donde construir se empezó a untar a los ayuntamientos, que se dejaron llevar por la lluvia de dinero y dieron carta blanca a las constructuras. Y se construyó más y más, hasta donde no se podía, para colmar nuestros sueños de un futuro en un loft de lujo o una urbanización vallada; y los constructores, y los obreros y hasta el chico que traía los cafés y se dejaba sobar por el jefe de obra sacaron tal tajada que decidieron vivir a lo grande, así que las fábricas de coches metiron el turbo para cubrir la demanda, los televisores de plasma llegaron en contenedores, las tiendas de marca germinaron como setas y de repente medio país vivía como si todo fuéramos de la Jet.
Hasta que llegó el gran hostión. Qué bien merecido, oiga.
Esto nos pasa por pardillos. Por novatos. Por creer que podíamos jugar como los grandes. Pero no, solo somos unos mindundis que están destinados a mantener a las élites de verdad o a ser los peones de los que realmente manejan el cotarro. Los de siempre, como los bancos y las aseguradoras, que son a fin de cuentas los que nos han metido en esto pero que incluso ahora consiguen sacar partido; como las farmaceuticas, que estoy convencido de que podrían conseguir que nunca estuviéramos enfermos si no dependiera su negocio de ello; o como Monsanto, que será capaz de matarnos de hambre si con eso aumentan los beneficios.
Eso sí, no puedo negar que los hay que no se rinden y perseveran para subir de liga aunque tengan que vender parte de su alma por el camino. La SGAE, sin ir má lejos. Esa pandilla de matones de barrio que va de negocio en negocio amenazando con azuzar a sus abogados a quien no siga sus reglas. "Dar protección", creo que lo llamaban los que inventaron el juego. Porque a estas alturas ni ellos mismos se creen ya que lo están haciendo en beneficio de los autores. Es cuestión de números. De dar con la cifra apropiada. Todos tenemos un precio. Llegará por fin el día (si no nos hartan y los quemamos antes, claro) en que el gobierno, las operadoras o tras quién vayan esta vez les pase un papelito doblado con una cantidad de ceros lo suficientemente alta y entonces nos dejarán en paz. Recordarán que las descargas son legales. Los manteros dejarán de mirar nerviosos las esquinas. Los internautas podremos navegar tranquilos. Todo cuando consigamos colmar su avaricia.
Aunque eso va a ser difícil. Al menos en este país, en este hemisferio, en este mundo en general. Porque, igual que hay ciudadanos de primera y de segunda (y de tercera y de cuarta), también hay profesionales de primera y de segunda. Y mientras algunos tenemos que madrugar todas las mañanas para poder fichar a tiempo en nuestro trabajo, con el que poder cobrar a final de mes y tener un rato por las tardes para escribir pajas mentales como esta solo por el puro placer de hacerlo, los hay que han sido tocados de algo indefinible llamado "talento", y algo un poco más tangible llamado "editorial" o "sello", en virtud de los cuales tienen derecho no solo a cobrar incluso cuando no trabajan, sino que además les paguemos los vicios a su descendencia. Porque sí. Porque ellos valen más que nosotros. Y porque la avaricia de los editores de contenidos es tal que no dudarán en inculcarnos a todos la promesa de la fama, el dinero fácil y las groupies haciendo cola en la puerta del camerino para chupártela, de forma que puedan fabricar a sus propias criaturas avariciosas con las que alimentar sus cuentas hasta que no les sirvan y tengan que buscarse otras nuevas de entre los cientos y miles que están dispuestos a dejarse manipular con tal de conseguir su droga. Con tal de conseguir más y más dinero.
Y así las cosas, con medio planeta muriéndose de hambre y el otro matándose para conseguir pasta, uno puede menos que preguntarse: ¿no será que lo estamos haciendo todo jodidamente mal?
7 de enero de 2009
Querido yo de 14 años...
A los 14 años tuve una epifanía, una revelación, un momento de claridad absoluta de esos que solo proporcionan las drogas psicotrópicas y los cómics de Grant Morrison. Fue estando en clase (creo, no lo recuerdo bien; últimamente tengo la memoria de un pez de colores), cuando, sin ningún motivo aparente (aunque el aburrimiento seguro que tuvo algo que ver), lo supe. Supe, con una certeza total, con la mayor seguridad de la que he tenido jamás sobre algo, que no follaría hasta los 18. Y acerté, vaya que si acerté. Por poco (me faltaban apenas tres meses para cumplir los 19 cuando eché mi horroroso primer polvo), pero lo hice. Ser consciente de esa circunstancia (es decir, que me mataría a pajas durante mi adolescencia, algo que cualquiera podía vaticinar sin una bola de cristal, por otra parte) me proporcionó cierta tranquilidad durante el bachillerato, sabedor de que todo esfuerzo por conseguir algo más sería inútil. Cierto, también estaban la exclusión social, la falta de entendimiento con mis amigos, la sensación de no pertenecer al lugar donde vivía, el hastío existencial, el nulo contacto físico con las mujeres y otros mil temas que hicieron del instituto una pesadilla, pero, coño, al menos no me amargaba ser virgen.
Ya es algo.
Ahora estoy llegando a los 30 y me ha dado por echar la vista atrás y contabilizar todas las cagadas que he cometido en mi vida (otros se ponen un piercing en la ceja o dejan a su novia, a cada uno le da por algo distinto). Ya lo se, errar es humano y así es como uno madura y aprende, pero eso no quita que joda bastante. Así que me ha venido a la memoria ese breve momento de clarividencia pubescente y me he dado cuenta de lo realmente útil que hubiera sido poder utilizar ese don a lo largo de mi vida aparte de para calcular cuándo podría mojar el chorizo en aceite por primera vez. Ya no digo acertar la lotería (que también), pero sí como mínimo darme cuenta de cuándo la estoy cagando y rectificar a tiempo. Es por eso que, en un ejercicio de autocompasión muy propio de mí, he decidido fantasear con la posibilidad de enviar, taquiones mediante, un mensaje a aquel piltrafilla de 14 años con gafas enormes y flequillo espantoso para advertirle sobre todas aquellas cosas que, de haberlas sabido con antelación, hubiera podido cambiar y ahorrarme humillaciones, disgustos, un año de terapia e ingentes cantidades de tiempo y dinero.
Querido yo de 14 años...
No te voy a mentir, te esperan unos años difíciles. Eres un chaval serio, callado, introvertido, siempre en las nubes, al que le cuesta encajar en su entorno y hacer amigos. Llevas escrito "pringao" en la frente. En el instituto serás el típico empollón rarito con el que se mete todo el mundo y al que los únicos que le respetan son los profesores. Lo cual, por cierto no te convertirá en alguien precisamente popular. Así que aquí van unos cuantos consejos de supervivencia para sobrellevar lo que te queda con un poco de dignidad:
Ya es algo.
Ahora estoy llegando a los 30 y me ha dado por echar la vista atrás y contabilizar todas las cagadas que he cometido en mi vida (otros se ponen un piercing en la ceja o dejan a su novia, a cada uno le da por algo distinto). Ya lo se, errar es humano y así es como uno madura y aprende, pero eso no quita que joda bastante. Así que me ha venido a la memoria ese breve momento de clarividencia pubescente y me he dado cuenta de lo realmente útil que hubiera sido poder utilizar ese don a lo largo de mi vida aparte de para calcular cuándo podría mojar el chorizo en aceite por primera vez. Ya no digo acertar la lotería (que también), pero sí como mínimo darme cuenta de cuándo la estoy cagando y rectificar a tiempo. Es por eso que, en un ejercicio de autocompasión muy propio de mí, he decidido fantasear con la posibilidad de enviar, taquiones mediante, un mensaje a aquel piltrafilla de 14 años con gafas enormes y flequillo espantoso para advertirle sobre todas aquellas cosas que, de haberlas sabido con antelación, hubiera podido cambiar y ahorrarme humillaciones, disgustos, un año de terapia e ingentes cantidades de tiempo y dinero.
Querido yo de 14 años...
No te voy a mentir, te esperan unos años difíciles. Eres un chaval serio, callado, introvertido, siempre en las nubes, al que le cuesta encajar en su entorno y hacer amigos. Llevas escrito "pringao" en la frente. En el instituto serás el típico empollón rarito con el que se mete todo el mundo y al que los únicos que le respetan son los profesores. Lo cual, por cierto no te convertirá en alguien precisamente popular. Así que aquí van unos cuantos consejos de supervivencia para sobrellevar lo que te queda con un poco de dignidad:
- Vuélvete invisible. Eres incapaz de defenderte cuando te atacan, así que lo mejor que puedes hacer es que no se fijen en tí. Reduce el contacto humano al mínimo. Nunca respondas a las provocaciones de los más cabrones, ni siquiera les mires. Levanta la mano lo menos posible y no confraternices con otros empollones en clase. Búscate amigas (para ellas eres inofensivo, será fácil). No seas voluntario ni participes en actividad extracurricular alguna. Habla lo menos posible y no hagas nada que te ponga en envidencia. Puede que alguna vez te sientas solo pero, creeme, la alternativa es mucho peor.
- Aléjate poco a poco de tus amigos del pueblo. Bueno, solo de los chicos, con las chicas siempre te has llevado bien. Porque de toda la gente que conozcas ellos son los que más putadas te harán, así que te aseguro que saldrás ganando. De hecho te lo pasarás mejor más jugando, viendo la televisión o leyendo libros en casa que saliendo con ellos, porque en realidad son aún más capullos que tu. Y de todas formas acabarás perdiendo el contacto, incluso la amistad, así que evitarás discusiones en el proceso.
- Un consejo que te valdrá para siempre: no intentes nada, nunca, con ninguna de las chicas que te gusten pero que no muestren interés por tí. No es fingido, es que pasan de tí como de comer mierda. Así que por mucho que te alguien te ponga a mil no le hagas caso. Limítate a sonreirle y sigue con lo tuyo. Te ahorrarás muchas frustraciones.
- Usa el hilo dental. Ya se que nadie te ha enseñado, y de hecho ninguno de los putos dentistas inútiles que tendrás te dirán como usarlo, pero lee una enciclopedia si hace falta (lástima que no tengas internet todavía en aquella época) porque eso te ahorrará la docena de empastes y endodoncias que llevo ahora mismo.
- Conserva en buen estado tus Tente. Valdrán su peso en oro en unos años. Y son cojonudos.
- Busca algún deporte que no te disguste demasiado (el que sea, como si escoges el badminton) e intenta dar clases o jugar con regularidad. Te ayudará a distraerte, a aislarte de tu entorno inmediato y será una gran ayuda con tus futuros problemas de ansiedad.
- Te lo digo antes de que sea demasiado tarde: las matemáticas no son lo tuyo. En serio. Necesitarás ayuda.
- Cuando acabes el instituto, entre otras cosas, abandona el grupo folclórico en el que tocas. Como mucho quédate otro año, pero ni se te ocurra seguir más allá. Llegará un punto en que te darás cuenta de que no tienes nada en común con toda esa gente y, lo que es más importante, estás ridículo con esas pintas.
- Cuando llegues a la universidad no se te ocurra escoger Alemán como optativa. Es una lengua difícil, te exigirán mucho y los profesores son imbéciles. En lugar de eso, mejor elige Ruso. Te será más fácil aprobar y las rusas están mucho más buenas, dónde va a parar.
- No bebas. Nunca. Jamás de los jamases. En un futuro no muy cercano aborrecerás el alcohol como a ninguna otra cosa en el mundo, así te mantendrás puro de espíritu. Bueno, eso y que siempre te sabrá asqueroso, mejor ahórrate las arcadas y el mal sabor de boca.
- Sobre el tabaco, por otra parte, no voy a ser hipócrita: te va a gustar. Mucho. Fumar porros también. Así que espera hasta casi acabar la universidad para poder controlarlo lo más posible. Eso sí, se consciente de que una vez que empieces te va a costar horrores quitarte del hábito definitivamente, al menos hasta que llegue cierta operación que te harán en el futuro y de la que no te voy a hablar para evitarte pesadillas...
- Tómate los estudios con calma. En Traducción vas a encontrarte con un montón de empollonas (porque tíos seréis pocos) compitiendo unas con otras por ser la mejor. Que les den. Ser el primero de la promoción no te va a valer de nada, así que disfruta de esos años y aprovecha el tiempo para hacer cosas más útiles. Pasear por la playa, por ejemplo.
- No permitas que tu madre te siga comprando la ropa. Ya se que aborreces ir de tiendas, pero haz de tripas corazón y sal a buscar cosas que te gusten si no quieres que te conviertan en una foto de catálogo de Burberry's.
- Cuando busques compañeros de piso, escoge solo a tías buenas. A ser posible, que estén MUY buenas. De todas formas por mucho que los selecciones siempre tendrás problemas, así que al menos de esta manera te alegrarás la vista. Y, quien sabe, puede que a alguna de sus amigas le intereses.
- Empieza a comprar cómics en cuanto llegues a Alicante. Se que no entiendes del tema y el dinero no te llegará para mucho, así que vete a lo más conocido. Batman, Patrulla X, JLA, Vengadores... Y cuando salgan los coleccionables semanales de Planeta no te los pierdas, coño, que me está costando un huevo reunirlos.
- Cuando llegues de Erasmus a Brighton encontrarás un trabajo y tendrás una oportunidad de quedarte allí, aunque solo sea un poco más. No te lo pienses y hazlo. No te preocupes por la beca de estudios, porque estarás ganando dinero; ni por el curso, que podrás acabar más adelante. Te advierto que de todas formas en España lo vas a tener jodido cuando acabes la carrera, así que no pierdes nada por intentarlo. Y aunque no lo consigas aprenderás mucho más inglés en esos pocos meses que en todos los años de Escuela de Idiomas juntos.
- Sal a bailar, aunque sea solo. Qué puñetas, mejor que sea solo. Al principio te dará mucho corte, pero en poco tiempo no solo te acostumbrarás, sino que seguramente te lo pasaras mucho mejor que saliendo con los raritos de tu carrera. Y, ya que no lo haces nada mal (modestia aparte), hasta es posible que ligues. Quizás con una sueca. Borracha. Vestida de Pippi Lanstrum. No le hagas ascos, hazme el favor.
- Al acabar la carrera un familiar te conseguirá trabajos en una agencia de traducción. No seas gilipollas y acéptalos, nunca volverás a tener una oportunidad igual.
- En cuanto empieces a ganar dinero con las traducciones, o si dejan de darte trabajo y tienes que buscar otra cosa, no te vengas a Madrid. Es una ciudad demasiado cara y difícil para empezar de cero. Además de todas formas nunca te gustará vivir aquí. Busca algún sitio más pequeño (con mar, a ser posible) y tómatelo con calma. O vuelve a irte al extranjero. De todas formas cuando conozcas a la parienta te tocará pasar un tiempo en la capital, como todos.
- Sí te pusieras a trabajar en una cadena de comida rápida y un día salieras de cena con tus compañeros, y una de ellas, que por cierto te interesa bastante (aunque tenga un novio por alguna parte, pero eso son detalles sin importancia), ante lo lejos que está tu casa, te invitara a dormir en su sofá y una vez allí os pusiérais a charlar un momento... ¡bésala, joder! ¡Métele mano! Por Crom, ¡¡TÍRATELA!! ¡¡Que te lo ha puesto a huevo!!
- Si pasado un tiempo sigues sin saber qué hacer con tu vida, no te lo pienses y busca curro de administrativo. Lo odiarás (como todo el mundo), pero se te dará lo suficientemente bien como para vivir de ello un tiempo hasta que se te ocurra otra cosa. Y si empiezas pronto quizás para cuando llegue la crisis tengas un puesto y un sueldo medio decente. Tendrás vicios muy caros, lo vas a necesitar. Eso sí, ¡que no sea en una constructora!
- Y para acabar, te voy a dar una palabra mágica que te acabará siendo muy útil: blog. Ya me lo agradecerás.
15 de septiembre de 2008
Meta
Me faltan 10 créditos para obtener el título de la carrera que, sobre el papel, terminé hace 7 años. La pregunta inevitable que me hace todo el mundo es, ¿por qué no terminas la carrera de una vez? Y entonces es cuando hago memoria y me doy cuenta de que, en estos 7 años:
- Nunca me han pedido que enseñe el título.
- Sólo 1 de cada 5 entrevistadores conocía la existencia de mi carrera.
- Nada de lo que he aprendido me ha ayudado a encontrar trabajo.
- Podría haber llegado hasta donde estoy con tan solo un par de cursos en una academia o de módulos de FP.
- No tengo intención, al menos en el futuro inmediato, de ser funcionario.
- Tendría que invertir una considerable cantidad de tiempo y dinero.
- Ningún aspecto de mi vida va a mejorar cuando lo consiga.
- De aquí a muy poco tiempo el plan Bolonia va a convertir ese plan de estudios en algo obsoleto.
Así que, la auténtica cuestión es, ¿por qué coño siento esta enorme presión social en mi entorno (y allá donde cuente mi historia) por conseguir un papel que no me va a servir absolutamente para nada excepto para adornar las paredes? ¿Por qué esa necesidad tan perentoria de obtener premios, títulos y medallas para demostrar nuestra valía? ¿Realmente me van a respetar más si apruebo ese examen? Y en ese caso, ¿¿es que nos hemos vuelto todos gilipollas??
3 de septiembre de 2008
Vivir para ver
En el complejo Alfa hay tres temas de conversación recursivos a la hora de la comida: la propia comida, los destinos de vacaciones y poner a parir a los compañeros ausentes. De esos tres, el que más me fascina es el ansia viajera de mis compañeros. Casi parece que estuviera en el contrato salir de casa en cuanto se tienen un par de días libres, ya no digamos una semana. Tal es su afán que entre todos ya se han dado como mínimo un par de vueltas al mundo, pasando cada uno de ellos al menos una vez por los destinos principales de cualquier catálogo básico de agencia de viajes: Egipto, Cancún, Turquía, Praga, Marruecos, Nueva York, Irlanda...
He de confesar que esta afición por coger las maletas a la mínima ocasión y marchar a donde indique el touroperador de turno no me es totalmente ajena. Cuando era un crío, entre muchas otras fantasías propias de la edad, llegué a la determinación de conocer el planeta entero. Quería verlo todo; todos los continentes, todos los países, todas las ciudades, todos los monumentos y rincones, todo lo que este mundo tuviera que ofrecer. Era, en parte, una cuestión de curiosidad, alimentada por haberme criado en un pueblo situado en el culo del mundo y con una mentalidad endogámica del que me parecía ser imposible escapar. No obstante sí que era posible, y de hecho en los tres primeros años de universidad llegué a hacer sendos viajes que me permitieron creerme por un momento que no volvería a quedarme demasiado tiempo en ningún sitio.
Pero la principal causa de mi propia ansia viajera no era una cuestión intelectual. Cierto es que había (y hay) una serie de lugares conocidos que me gustaría ver, aunque tan solo sea por sus connotaciones subculturales; egiptología aparte, ya no podré mirar las pirámides sin pensar en Stargate, Asterix y Superlópez. Sin embargo, si quería recorrerme la Tierra de punta a punta sin dejar de fotografiar ni una piedra era una cuestión, ante todo, existencial. Algo o alguien me había metido en la cabeza que, entre muchas otras cosas (sexo, drogas, rokanrol y todo eso que anuncian por la tele), sería un delito llegar a viejo sin haberlo visto todo porque me parecería no haber vivido lo suficiente. Y así lo creí durante muchos años hasta que ahora, llegado ya a la treintena, me he dado cuenta de que a mí, en realidad, viajar me parece un auténtico coñazo.
Ya para empezar me horroriza ese hábito moderno llamado "turismo" de desplazarse varios cientos o miles de kilómetros para alojarse en una impersonal habitación de hotel o un mugriento apartamento de alquiler y pasarse el día corriendo de una punta a otra del lugar de visita para ver la mayor cantidad de monumentos, museos y sitios de interés posibles antes de que se acabe el tiempo y el dinero; difícilmente se puede conocer un país o una ciudad cuando estás más preocupado por llegar a la cena o que salgas en todas las fotos que en la historia de lo que tienes delante. Pero es que las alternativas no me parecen mucho mejores. No tengo edad (ni he tenido nunca ganas) para cogerme una mochila más pesada que yo y recorrerme un continente entero en tres días a base de muchos trenes, poco sueño y menos higiene. Tampoco me parece apetecible ir de un lado a otro del país en coche, más preocupado que estaría de la gasolina, el tráfico y que no me robaran la radio que de mirar el paisaje. Y ya no digamos hacer el camino en bici o andando, sabiendo que me canso con solo bajar a comprar pan.
No. Siendo como soy una persona en absoluto romántica, pienso no obstante que la única opción plausible para viajar es vivir en el lugar que se quiera visitar. Y no un día, ni una semana, ni siquiera un mes. Vivir todo el tiempo que haga falta, sin restricciones, sin fecha de retorno, sin billete de vuelta. Dejar atrás nuestras raices y arraigar en otra parte. Porque a fin de cuentas un país no es sus monumentos ni sus edificios, sino su gente, su cultura, sus costumbres. Que nos pueden parecer mejores o peores que las nuestras, pero son las que tienen y por tanto las que realmente nos deberían interesar. Deberíamos alojarnos en sus casas, comer su comida, llevar su ropa; deberíamos respetar sus hábitos, hacer sus trabajos y celebrar sus fiestas. Deberíamos ser parte de su sociedad, antes que verla desde el otro lado de la cámara de fotos. Sin embargo, como miembros privilegiados del primer mundo, nos empeñamos en verlo todo desde la arrogancia del turista de paso, siempre al otro lado de un escaparate imaginario, completamente impermeables a lo que tenemos a nuestro alrededor. Los conflictos sociales, las tensiones políticas, las diferencias religiosas, los ataques al ecosistema; nada de eso sale en los folletos, sino que queda al otro lado del muro del hotel o fuera del autobús. Aunque la verdad es que nos importa una mierda lo que pase allí, siempre que tras vivir nuestros grandes momentos prefabricados podamos volver a casa para recordarlo en la distancia.
Que, la verdad, para eso ya tengo Google Earth...
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