He de decir que la idea no era del todo mala. Se trataba a fin de cuentas de arrojar una pizca de optimismo sobre una población cada vez más jodida y, ya que estamos, glosar las virtudes de sus productos de forma sutil. Hasta ahí todo bien.
Sin embargo, cada vez que se pasa el anuncio por televisión siento como me recorre un escalofrío por la espalda. Porque, a pesar de toda su buena intención, el resultado es de lo más aterrador; lo que tendría que ser una loa a la convivencia y la solidaridad familiar se convierte en la práctica en un depresivo panorama de parados retornando a vivir con sus padres, estrecheces, presupuestos reducidos y muebles baratos y de poca calidad. Y, por mucha cancioncilla estúpida que improvisen para tratar de animarse, uno no puede evitar imaginar en sus sonrisas forzadas la mal disimulada frustración que la situación les provoca, tanto a unos como a otros, ante un futuro que, si ya se pintaba negro de por sí, tanto más teniendo que convertirse en parásito o parasitado por tiempo indefinido.
Al menos podremos presumir de algo: vamos a vivir toda una posguerra sin haber tenido que disparar ni un solo tiro...






