Inadaptiras, vol 3,10: Fuego

(Pinchar para agrandar)

Sí, sigo perdido en cavilaciones existenciales sin sentido que se pueden resumir en la frase: "estoy hasta los cojones de mi trabajo pero tal y como están las cosas no me atrevo a dejarlo". Así que solo actualizaré cuando el hastío y las ganas de dinamitar mi oficina dejen algún resquicio de inspiración. Asco de crisis...
Publicado el 8.7.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 3 réplica(s) »

Inadaptiras, vol 3,9: Sin gracia

(Pincha, pincha, que no muerde...)
Publicado el 17.6.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 6 réplica(s) »

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Hoy hemos hecho un simulacro de emergencia en la oficina. Me he dado cuenta de que no solo hemos tardado casi 15 minutos en desalojar todo el edificio desde que empezó a sonar la alarma, sino que justo al final de la escalera por la que me tocaría evacuar es donde el personal de limpieza almacena las cajas de papel higiénico, productos químicos y otros materiales inflamables variados.

Ahora trabajo más tranquilo. Se que en caso de incendio tengo un 90% de posibilidades de morir asado como un pollo.
Publicado el 3.6.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 7 réplica(s) »

It's hot in here; must be Summer




Admitámoslo: es imposible de predecir si una serie de televisión fracasará o será un éxito. Por mucho que se intente, nunca se sabe a ciencia cierta si una nueva obra tendrá esa "magia" que conseguirá dejar clavados a los telespectadores puntualmente todas las semanas, haciendo ganar éxito y dinero a sus creadores y permitiendo su continuidad, o si por el contrario se estrellará nada más empezar. Da igual la calidad de los decorados, los guiones, la dirección o los efectos especiales, siempre habrá series de factura impecable que no lleguen a terminar la primera temporada y otras de pura serie B que alcancen la décima. No obstante sí que hay factores que influyen y mucho en la continuidad de una producción, como el horario en el que se emite, la competencia de series similares, los gustos predominantes de la audiencia en ese periodo y, sobre todo, el carisma de los personajes.

Aunque otras veces esto es mucho más simple. Porque yo (bueno, y también Randall Munroe) me tragaré cualquier cosa en la que salga Summer Glau.



Summer Lyn Glau, nacida hace 28 añitos en San Antonio, Texas, aunque con sangre irlandesa, escocesa y alemana. Iba para bailarina y durante bastante tiempo estuvo preparándose para ello, pero una afortunada (para nosotros) lesión la apartó de los escenarios y le impulsó a buscarse la vida como actriz. Después de varios anuncios actuó en un episodio de la serie "Angel" donde Josh Whedon se fijó en ella y le dio el papel de River Tam en la nunca suficientemente reivindicada "Firefly".



Su carrera hasta el momento no es que haya sido especialmente prolífica, siendo sus papeles más largos (además del ya mencionado de hermana psicótica y con poderes de "Firefly") los que hizo en "The Unit" (como novia de uno de los personajes), en "Los 4400" (como novia psicótica y con poderes de uno de los personajes; la verdad es que un poco encasillada sí que ha estado) y hasta hace bien poco en "Las crónicas de Sarah Connor".



Este último es sin duda uno de los papeles por el que más se la va a recordar. No es de extrañar, desde luego, ya que, mal que le pese (y no parece que esté muy incómoda con el papel) se ha convertido en uno de los mayores icónos erótico-frikis de los últimos tiempos. Lo cual, por cierto, llega a ser un tanto perturbador. Porque sentirse atraído por una belleza psicótica y con poderes psíquicos (léase, "Firefly" y "Los 4400") tiene un pase. Pero es que los productores de "Sarah Connor" ha conseguido que nos ponga palote una terminator con problemas existenciales en la forma de una veinteañera calentorra que en unos capítulos intenta seducir al chavalín que está intentando proteger y en otros se da hostias como panes con tíos que le sacan dos cabezas. Y eso, señores, sí que es magia.



Valga esta entrada, ya que estamos, como reivindicación para que "Las crónicas de Sarah Connor" continúen, aunque sea en otra cadena. Que hayan quitado esta serie para dejar "Dollhouse" no tiene perdón. Pero como esto no es más que una excusa barata para poner fotos de uno de mis fetiches, vamos a lo que vamos:










Esto es de propina:

Publicado el 2.6.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 3 réplica(s) »

144

Me he dado cuenta de que es ahora, a mis 30 años, cuando he alcanzado el grado de rebeldía y pasotismo que debí tener a los 16.

Quién sabe, a lo mejor cuando tenga 50 empiezo a madurar de verdad...
Publicado el 1.6.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 2 réplica(s) »

Inadaptiras, vol 3,8: El puto vicio

(Pulsar para ampliar y tal...)


Dedicado con todo mi cariño a The Comic Co., Elektra y Crisis, los responsables de que rara vez llegue a final de mes...
Publicado el 31.5.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 1 réplica(s) »

Incómodo

Una de las preguntas que más me han hecho desde que empecé a escribir gilipolleces en este blog es si todo esto es de verdad; si realmente pienso lo que escribo y vivo lo que cuento; si soy tan asocial, inadaptado y reaccionario como presumo o si en cambio solo soy un jeta que busca atraer lectores y con eso ligar, inflar su ego o ganar dinero.

La verdad, no les culpo. Más de una vez me he dado cuenta de lo poco creíble que es todo esto. De lo mucho que exagero y de lo poco que pienso algunas cosas antes de escribirlas. Aunque lo cierto es que tampoco se lo que espera la gente. No soy más que un mindundi cobardica que se parapeta detrás de una página web para escupir la bilis que le provoca el mundo que le rodea. No voy por la vida con la cabeza alta y aires de superioridad, sino más bien lo contrario: escondiéndome en las sombras, asustado de todo y de todos, incapaz de entender por qué la vida es como es.

Lo irónico es que, como ocurre con los perros, ha llegado un punto en que la gente me tiene más miedo a mí del que yo les tengo a ellos. Porque la sociedad en que vivimos es en realidad algo mucho más frágil de lo que creemos. Nuestra entera existencia se sustenta en un intrincado conjunto de reglas que resulta tan rígido e inamovible como fácil de derribar. Ya se sabe, todo eso del arbol y el junco. Cambiar algo, por pequeño que sea, requiere un esfuerzo titánico, hasta el punto de que cada nuevo avance puede costar años de conseguir. Sin embargo, basta con salirse un poco de las normas para que quien las sigue a rajatabla no sepa reaccionar y toda esta farsa se venga abajo como un castillo de naipes.

Mi problema, y aquí está el meollo de la cuestión, es que me la sudan las normas.

Desde hace ya varias semanas me he dado cuenta de lo poco que hace falta para poner nervioso a alguien. Sobre todo si ese alguien no te importa. Porque a diferencia de la gran mayoría de la gente que viene a trabajar a este cubo de cemento con ventanas que llaman oficina a mi no me interesa en absoluto entablar amistad con mis compañeros. ¿Para qué? Esto es trabajo. No lo estoy haciendo por placer. Me levanto todos los días con desgana para pasarme ocho horas al día delante de un ordenador y así al final de mes conseguir los poco más de 1000€ que me permitan pagar alquiler, comida, gastos, cuotas de suscripción y cómics. Mi vida, la de verdad, está fuera, en esas escasas 4 horas que me quedan cada tarde. Así que no tengo, nunca he tenido y nunca tendré intención de congeniar con el resto de almas muertas que me rodea. Y eso incluye la parada del autobús.

Desde hace ya varias semanas, decía, me he dado cuenta de que me he convertido en alguien incómodo. Cuando llego a la parada mis compañeros me evitan de forma descarada. Me ignoran. Fingen que no estoy allí. Todo porque no tengo nada que decirles. O que quiera decirles. ¿Por qué habría de iniciar una conversación banal sobre cualquier tema solo para que se sientan a gusto? ¿Acaso les he dirigido la palabra durante el resto del día? ¿Acaso he participado en las charlas absurdas de la hora de la comida? No. Me he quedado en todo momento en mi rincón trabajando, o al menos fingiéndolo, callado y sin interactuar con nadie. Y a la salida eso no va a cambiar. Sin embargo, esta sociedad aborrece el silencio. Necesitamos estar rodeados constantemente de música, de ruido, de palabras. No soportamos estar al lado de otra persona sin decirnos nada, por inane o estúpido que sea. Porque en realidad nuestras relaciones cotidianas son tremendamente frágiles, unidas por unos lazos casi inexistentes. Ya solo tenemos conocidos, contactos, seguidores, gente a la que conocemos de segunda o tercera mano. Ya no conocemos la auténtica intimidad, esa en la que no hace falta decir nada, en la que basta un gesto para comunicarse. Así que yo, que no quiero jugar con las reglas y prefiero mantener la boca cerrada, que rehuyo las amistades de baratillo y los vínculos futiles, que no me preocupa la popularidad ni la aceptación, me convierto en un incordio, en un grano en el culo, en un asocial.

Básicamente, lo que viene a ser un inadaptado.
Publicado el 28.5.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 14 réplica(s) »

Día del orgullo friki 2009

Partamos del hecho de que la gran mayoría de mis compañeros de trabajo rondan la treintena y que, al estar en uno de los departamentos más elitistas de la compañía (especialmente por la alegría con la que se despide a los que consideran no aptos), a todos se nos presupone madurez, experiencia y sentido común.

Resulta que:

  • Varios de ellos han inventado un juego por el que deberán pagar una multa si no dicen una palabra clave a tiempo.
  • Un pasillo entero se haya aterrorizado ante la presencia intermitente de unas feroces y peligrosísimas polillas blancas no más grandes que una goma de borrar.
  • Buena parte de las féminas se intercambia fotos de tios buenos intentando que no les vea el jefe pero luego comentándolos a voz en grito.
  • Cada vez que alguien llega un poco más moreno del fin de semana es rodeado por una turba que se dedica a alabar y envidiar sus esfuerzos por conseguir un melanoma.
  • La hora de la comida es un flujo constante de chismorreos del personal, noticias de la prensa rosa e intercambio de reseñas etílicas sobre garitos de moda.
  • Cualquier comentario de índole más o menos sexual es inmediatamente sofocado por las contraréplicas pudorosas y pacatas de quienquiera tenga en derredor.
  • No solo presumen todos de haber leído "El código Da Vinci", "Los pilares de la tierra" y "El niño con el pijama a rayas", sino que los consideran grandes obras de la literatura y no admiten ninguna crítica a los mismos.

Y, sin embargo, soy yo el que necesita la excusa de un día dedicado al tema para poder lucir una camiseta de Darth Vader sin que me llamen raro.

Esta en particular se vende aquí


Es que manda cojones, oiga...
Publicado el 25.5.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 5 réplica(s) »

If you work for a living, why do you kill yourself working?

Básicamente, soy un autómata.

Me levanto no demasiado temprano, a las 8. Me desperezo, desayuno lo más copiosamente que puedo, me visto y salgo hacia el trabajo. El camino me lleva aproximadamente una hora; para eso tengo que coger un metro, un autobús y caminar un rato hasta que llego a mi oficina, situada a doscientos metros más o menos del culo del mundo. Ficho, me siento y me pongo a teclear sin parar durante cuatro horas (tengo derecho a un descanso de diez minutos gracias al convenio alcanzado por el sindicato -al que le importa más que podamos fumar que tener un horario decente-, pero rara es la mañana en que me lo puedo tomar). 

A las 2 y 1 minuto, como un reloj, me bajo a la habitación-con-mesas-para-todo del edificio, ficho, caliento el tupper en el microondas y almuerzo, intentando convencerme a mi mismo de que el hecho de que no pueda salir del recinto (ya que en el culo del mundo no hay restaurantes) no es un signo de esclavitud encubierta. A las 2 y 20 ya he terminado, así que abro el cómic o libro que me haya dejado a medias en el autobús y me dedico durante los cuarenta minutos siguientes a ignorar descaradamente al resto de mis compañeros, que acaban de bajar a comer.

Un poco antes de las 3 subo de nuevo, ficho, me preparo un té y me dedico durante media hora a leer feeds hasta que los clientes, que sí tienen buenos horarios, regresan y empiezan a incordiarme otra vez. Trabajo durante el resto de la tarde casi sin parar (salvo una parada para lavarse los dientes) y a las 7 y 1 minuto, también como un reloj, bajo y ficho la salida. De nuevo la caminata, de nuevo el autobús, de nuevo el metro. Son casi las ocho cuando llego a casa. Descanso un poco, friego los platos, hago carantoñas a la parienta y es entonces, solo entonces, cuando puedo disponer de tiempo para mí. Una hora, hora y media con mucha suerte. Ese es todo el tiempo que tengo cada día para revisar el correo, leer las noticias, echar una partida, relajarme y escribir, si es que puedo (y a la vista está que no), antes de que llegue la hora de la cena, ver la tele con mi señora e irse a dormir.

Esto, sinceramente, no es vida. No soy una persona. Soy una máquina, un engranaje. Soy un autómata que solo vive para trabajar y consumir. He llegado a sufrir ataques de pánico cuando he sido consciente de hasta que punto he conseguido alienarme. Yo ya no soy yo, sino lo que sirvo para otros. Pero, al menos, este es el camino que he escogido. Por ella. Porque esas son mis circunstancias. Porque lo he creído necesario por el momento, hasta que las cosas cambien, hagamos nuevos planes y, quizás, pueda volver a tener algo parecido a una vida. También, para que negarlo, por cobardía. Porque los mensajes de pánico han conseguido calarme y me asusta alejarme de la seguridad de la nómina mensual y de lo malo conocido. E incluso porque, aunque me atreviera a mandar a todos a la mierda, en estos momentos (y van ya 30 años) sigo sin tener muy claro  qué coño hacer con mi vida.

Sí, soy un autómata, pero eso es lo que he elegido. Sin embargo, esto sí que no tiene nombre:


Foto extraída de esta noticia de La voz de Galicia

¿Cómo es posible que un grupo de adultos en pleno uso de sus facultades mentales vitoree a un político cuya reputación es cuanto menos dudosa y al que está claro que todo le importa una mierda? ¿Cómo se puede seguir tan ciegamente a un líder que, como todos, solo se mira a su propio ombligo y solo se preocupa de sus propios intereses? ¿Cuán ciego hay que ser, para no ver que solo somos ganado para ellos? ¿Cuán vacío y carente de personalidad?

Ese es un misterio que jamás entenderé. Que para definirse a uno mismo haya que elegir a una persona, alzarla sobre nuestras cabezas, darle más privilegios que a nadie, ofrecerle unos lujos que jamás disfrutaremos y esperar a que nos de ordenes. Todo para no pensar. Para no ser. Solo someterse a un poder superior que nos diga lo que hay que hacer y creer en todo momento. O, peor aún, elegir bando en una guerra que solo está en nuestras cabezas y defender a muerte unas ideas que no son propias y en las que posiblemente ni siquiera se crean del todo. Llámese religión, política o deporte, jamás entenderé como puede una persona convertirse en una marioneta de otra bajo la promesa de vaya usted a saber qué fortuna, gloria o inmortalidad que en realidad nunca llegarán a alcanzar. Porque a menos que seas amante, pariente, amigo o compinche de cualquiera de ellos debes tenerlo claro: vas a salir perdiendo.

Sí, soy un autómata, con una vida preprogramada, pero al menos se que, a pesar de la rutina, el hastío y la esclavitud, allí al fondo, en alguna parte de mi cabeza, está preparando la siguiente entrada del blog ese pequeño hijoputa inadaptado al que llamo yo mismo.
Publicado el 21.5.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 5 réplica(s) »

Madrid, Madrid

(Foto saqueada sin escrúpulos de aquí)


Siempre he pensado que Madrid no se respetaba a si misma.

En todos los años que he vivido aquí, siempre he albergado la esperanza de que alguien agitara una varita y convirtiera a la capital en esa utopía que tengo en mi cabeza. Quería ver un Madrid impecable, erudito, grandilocuente, vanguardista, sosegado, ejemplarizante; un faro de civilización justo en medio de un país que no se acaba de creer del todo que vive en el primer mundo.

Y me torturaba verla así. Me martirizaban las pintadas de las paredes, el caos circulatorio, el pillaje inmobiliario, las hipocresías políticas, la manipulación institucional. Me horrorrizaba vivir en una constante batalla contra la degradación urbana, en la que los habitantes son a la vez verdugos y víctimás, mero reflejo del desencanto y la indiferencia de un pueblo que no termina de aceptar su condición.

¡Cuán grande podría ser!, pensaba. ¡Cuán perfecta!, me dictaba la imaginación. Veía calles pulcras, edificios solemnes, aire limpio y más zonas verdes. Soñaba con carriles bici, avenidas peatonales y fachadas inmaculadas. Fantaseaba con que el resto de metropolis envidiaran la nuestra, con que vivir aquí fuera un lujo y un privilegio, por cuanto el mero hecho de residir entre sus edificios te elevera intelectual, social, moral e incluso espiritualmente.

Hasta que, de repente, he comprendido.

Durante todo este tiempo he mirado a esta ciudad, pero no la he visto. Porque aquello que yo consideraba defectos, son en realidad sus atributos; porque lo que yo achacaba al inmovilismo, se trata en realidad de su carácter; porque lo que pensaba se escondía bajo la superficie tratando de aflorar nunca ha estado allí.

Madrid es Madrid. Y siempre será Madrid, por los siglos que han de venir. Eso es lo que no entendía. Que nunca desaparecerán los callejones malolientes, las putas de las esquinas ni las tabernas ruidosas. Que su gente siempre dará la espalda a sus vecinos y la mano a los que lleguen de fuera. Que en sus aceras siempre habrá prisas y en su asfalto malos modos. Que sus gobernantes la tratarán como un trofeo mientras barren la mugre debajo de la alfombra. Que siempre habrá barrios ricos y barrios pobres, calles estrechas y grandes avenidas, palacios exhuberantes y buhardillas angostas. Que siempre será reaccionaria, conservadora, chulesca y un poco paleta. Que siempre será sinónimo de anarquía, oportunidades, lujo, miseria, alegrías y tristezas, destellos de modernidad y oleadas de tradición. Que todo aquel que busque algo lo encontrará aquí, bueno o malo, por muy raro o difícil que sea. Que es una ciudad que duerme poco y mal, y en la que es inevitable acabar un poco loco.

En definitiva, una ciudad en la que solo sobra una cosa.

Y esa, me temo, soy yo.
Publicado el 13.5.09 por El inadaptado. Etiquetas: | 10 réplica(s) »