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8 de junio de 2006

Home, bitter home (VII)

SPOILER



Al principio del número 3 de los Nuevos Vengadores (los Nuevos Nuevos Vengadores, los que saben del tema ya me entienden) vemos al Capi y al Latas tomando un café con dónuts en la cubierta de un helitransporte de S.H.I.E.L.D. y comentando la fuga de la isla de Ryker con la que se abre la colección. Es entonces cuando en boca del abanderado el guionista trata de explicarnos el porqué de este nuevo grupo. Grosso modo:

"¿Sabes a qué me recordó todo esto, Tony? Un grupo de héroes muy diferentes que se reunen por una causa común en un momento de necesidad y que, contra todos los pronósticos, consiguen actuar como un equipo. Eso me recordó al día que los Vengadores se conocieron..."

Aunque él no estaba ahí, pero, en fin, no seamos puntillosos... El caso es que le entiendo. Aunque sea una vulgar excusa para relanzar una serie con personajes punteros, yo lo entiendo. Porque así es como me sentí yo cuando en mi último año de carrera tuve que mudarme a SPOILER.

No, no es que le pusiera ese nombre tan feo y tan tunning. Es que por una única vez en mi vida ese piso ya tenía un nombre propio. Uno por el que alguien podría reconocerlo y me pondría un paso más cerca de perder el anonimato. Mucha gente distinta ha pasado por ahí a lo largo de estos años (fíjate, igual que en los Vengadores), pero aun así corro el riesgo de ser identificado. Y no se si quiero que mis antiguos compañeros lean el blog. Tengo mis motivos...

Nuevamente al igual que en los Vengadores, cuando llegué a SPOILER nada podía hacer pensar que unas personas tan distintas pudieran formar un grupo tan unido. Ya de por sí mi entrada fue algo sorprendente, puesto que a priori no tenía demasiado en común con ellos. Todos de la comunidad, que se movían por ambientes muy distintos de los que había conocido hasta el momento, más concienciados politicamente que yo, con un caracter bastante más "progre" que mis anteriores compañeros... Sin embargo les convencí cuando supieron que, por cosas de la vida, yo también hablaba valenciano como ellos. No muy bien, pero lo hablaba.

Al principio hubo bastantes malentendidos y alguna risa a mis costa cuando empecé a moverme por ese ambiente que, a fin de cuentas, me era bastante desconocido. Además estaba el hecho de que si para ellos resultaba raro también lo era para el resto de la gente. Raro al cuadrado. Pero pronto supe adaptarme. Después de cuatro años haciendo el canelo en la carrera había llegado a ese punto de pasotismo y ganas de experimentar que debía haber tenido desde el principio. Así que simplemente me dejé llevar.

Allí es donde empecé a fumar porros. Allí es donde dejé de lado el pachangueo y conocí otros ambientes y otras músicas. Allí es donde empecé a interesarme (al menos un poco) por la política. Allí es donde pude conocer a gente de todo tipo y condición. Allí es donde (ya algo tarde) empecé a soltarme sin miedo al que dirán.

Allí fue donde, por primera vez en mi vida, me sentí realmente en casa.

Aun teniendo unas ciertas ideas comunes, como he dicho todos eramos bastante distintos entre sí. Este es uno de los temas de los que más hablamos en nuestras escasas reuniones y que todavía nos sigue asombrando. ¿Quién iba a pensar que gente tan diferente se podría llevar tan bien? Y lo cierto es que así fue. Fue sin lugar a dudas el MEJOR AÑO DE MI VIDA. Hacíamos cenas, fiestas y botellones; salíamos casi todos los fines de semana; nos reiamos; no nos peleabamos (salvo alguna discusión política entre dos de mis compañeros, aunque, eso sí, siempre de buen rollo); compartíamos las tareas de la casa; hacíamos frente común contra la dueña del piso (que se merece un mensaje aparte); acudíamos a manifestaciones; nos colocábamos juntos...

Hay tantos momentos para recordar que podría estar escribiendo todo el día. Cientos de anécdotas, de chistes privados, de escenas irrepetibles. Nunca olvidaré, por ejemplo, el día de mi cumpleaños en SPOILER. Preparé una cena manchega, hicimos botellón y nos fumamos la mitad de la cosecha de maría que habían plantado el año anterior. Menudo ciego pillamos. O también puedo hablar de la fiesta de nochevieja, aquella en la que le di plantón a mi ex. Estaban básicamente sólo los amigos de una de mis compañeras, pero fue memorable. Con decir que a la mañana siguiente el salón estaba lleno de botellas, colillas, ropa, sujetadores y una peluca... Además una chica me estuvo dando bola, aunque, como es natural, al final no pillé. Y cómo olvidar aquel carnaval en el que se reunieron distintos grupos de amigos de mis compañeros y, menos acostumbrados que nosotros a ese ambiente, se miraban entre ellos como si fueran de planetas distintos. Eso por no hablar de los comentarios bastante obscenos que los tres chicos hacíamos sobre nuestras dos compañeras cuando llegó al calor y empezaron a deshacerse de la ropa...

Fue, como digo, un año memorable. Y la mejor prueba de ello es que después del inevitable final (puesto que la mayoría terminábamos la carrera ese año) hemos seguido siendo amigos. Los únicos con los que no he perdido el contacto de entre toda la gente con la que compartí piso antes y compartiría piso después. Es la magia de SPOILER. Todo aquel que entra allí, al igual que en la mansión de los Vengadores, pertenece para siempre al mismo colectivo. Aunque no se conozcan, dos personas que haya vivido entre esas paredes saben que se van a llevar bien. Nosotros seguimos llevándonos bien. Dos de ellas son las únicas con las que puedo contar (aunque solo de vez en cuando) para salir aquí en Alicante. Con otro de ellos compartí piso más adelante, aunque de eso ya hablaré en su momento. Del resto he perdido la pista, pero eso no impide que cuando nos volvemos a reunir siga existiendo la misma amistad, la misma complicidad, el mismo buen rollo que si el tiempo no hubiera pasado.

Porque si tuviera que escoger un momento de mi vida, sólo uno, me hubiera quedado con ese. Ojalá hubiera durado para siempre...


PRÓXIMO CAPÍTULO: LA CASA DE PUTAS

13 de mayo de 2006

Home, bitter home (VI)


LA LEONERA




Al final de la película L'auberge espagnole (que aquí recibió el horrendo título de "Una casa de locos"), el protagonista dice una frase que a mí se me quedó marcada a fuego: J'etait un étrangère parmis des étrangères (yo era un extranjero entre los extranjeros). Así es como resumía su estado de ánimo tras su experiencia como estudiante Erasmus en Barcelona.

Así es como me sentía yo.

Recuerdo que en alguna parte leí un artículo en el que alguien llamaba a esto el "síndrome Erasmus". ¿Verdad que cuando vemos a un habitante de la casa de Gran Hermano llorar como una niña cuando le expulsan creemos que es puro teatro? Pues no, no lo es. Tanto ese concurso como la experiencia de vivir durante unos meses en un país que no es el tuyo, conociendo a un montón de gente, pasándotelo bien y con tan solo un puñado de obligaciones que cumplir, son experiencias que te marcan y de las que cuesta mucho desprenderse. Cuando vuelves a tu vida anterior te sientes desubicado incluso entre los tuyos, en tu propio país, en tu propia casa. Es como despertar de un sueño muy agradable que no querías que acabara. Pero sabes que tarde o temprano se tiene que acabar...

Mi beca también acabó (antes de lo deseado) y me encontré en Alicante en pleno mes de diciembre con la necesidad urgente de encontrar una vivienda y poder así tramitar la ayuda del estado. Porque, como ya expliqué, sin esa ayuda no podía seguir con la carrera, razón por la que decidí regresar a España. Así es como en apenas un par de días y tras ver las pocas habitaciones que aún quedaban libres, acabé metiéndome en el piso que parecía menos sucio de todos: La leonera.

Es cierto que la habitación que me tocó en suerte era muy grande y que me llevaba bastante bien con mis compañeros, pero si hay algo que caracterizaba a ese piso era la gran cantidad de mugre que había acumulado con el tiempo. De hecho llegó un momento en el que nos dimos cuenta que limpiar era tan inútil que dejamos de hacerlo. Así, como suena. Es cierto que le dábamos alguna pasadita a los quemadores de la cocina y a la taza del baño, pero todo lo demás se sumió en el abandono total. Cada vez que abríamos la puerta de la calle una bola de pelusa gigante venía a saludarnos (la llamábamos cariñosamente "Toby") y no se podía tocar la campana del extractor de humos sin el riesgo de que tu mano se quedara pegada para siempre, debido a la grasa acumulada.

En realidad no nos importaba. Sus tres habitantes íbamos a lo nuestro y nos preocupaba bien poco nuestro habitáculo, que era un mero lugar de paso. Especialmente para el ruso. Se trataba de un biólogo que estaba llevando a cabo un programa de investigación en la universidad (y por el que le pagaban una pasta gansa), razón por la cual todo lo demás se la pelaba. De hecho su habitación era un auténtico zulo (daba miedo entrar ahí) y su vida consistía solo en investigar por el día y tajarse de noche. Se que no está bien juzgar a un país entero por sus estereotipos, pero en este caso era muy cierto: se bebía el vodka como si fuera agua. Teníamos el salón lleno de botellas de Stolichnaya vacías y era habitual encontrarmelo ya borracho a la vuelta de mis clases. Más tarde descubrió el jerez, que le vendían en una bodega muy próxima a nuestro piso, y a partir de ahí lo normal era encontrarlo SIEMPRE borracho. Pero era un buen tipo. Y su mujer, que vino con sus hijos a verle en verano, estaba bastante buena...

El tercer habitante incierto era otro investigador (supongo que así es como se conocieron), esta vez manchego y pocos años mayor que yo. Era lo que en el lenguaje de los tios se conoce como un "fiera", un "máquina", un "monstro". No sólo tenía una pasmosa habilidad para ligar con mujeres sino que además salía con dos o tres a la vez sin que eso le supusiese ningún problema. Tenía una mujer en cada puerto, como los marineros en las canciones, y procuraba añadir a su colección todas a las que echaba el ojo. No lo conseguía siempre, pero pocas se le escapaban. Además era el típico tío que se apuntaba a un bombardeo, por lo que siempre estaba haciendo planes para ir a fiestas, viajes, excursiones, congresos, visitas a alguna de sus novias o cualquier otra cosa que le surgiera. No se de dónde sacaba la energía...


Ese año estuvo bastante bien en general. Apacible, sin sobresaltos (si exceptuamos a la vecina que ponía música de copla a todo trapo por las mañanas), cada uno iba a su puta bola y hacía más o menos lo que le daba la gana (especialmente desde el momento en que decidimos dejar de limpiar). Solía haber bastantes fiestas, cenas y reuniones. El ruso traía de vez en cuando a un grupo de compatriotas que vivían en Alicante, en especial una chica joven a la que mi otro compañero intentó llevarse al huerto (sin éxito) y que creyó que yo trataba de hacer lo mismo (estaba buena, pero se lo tenía muy creido). Por su parte mi paisano, además de follar, también organizaba fiestas de vez en cuando, en especial con un grupo de chicas de instituto a las que conocía de su época de universitario. A una se la pasó por la piedra, por supuesto. Y otra de ellas, camarera en un pub al que íbamos con mucha frecuencia, protagonizó la anécdota del año cuando tras una monumental bronca con sus padres decidió marcharse de casa y nos pidió asilo político, aprovechando que el ruso se había largado y había dejado su habitación libre. En el último minuto se reconcilió con sus padres, aunque yo pienso que se arrepintió al ver el zulo en el que le había tocado vivir.

El curso acabó y me tocó marcharme del piso, como siempre, por culpa de los caseros. No lo lamenté demasiado, puesto que a fin de cuentas lo escogí porque no había encontrado nada mejor. Durante el año siguiente mantuve el contacto con mi paisano, con el que me llevaba muy bien a pesar de que éramos tan distintos como el día y la noche, o quizás precisamente por eso. A fin de cuentas sabía que yo nunca le podría pisar una novia...


PRÓXIMO CAPÍTULO: SPOILER


22 de abril de 2006

Home, bitter home (V) Cont.

THE MAD HOUSE (y II)



Vacas. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en mi apartamento de la Universidad de Sussex son vacas. El campus está situado en medio de una zona de granjas, y todas las mañanas podíamos verlas pastando a través de un ventanuco de la cocina. No sabría decir porqué, pero no las soportaba. Era una escena recurrente: me preparaba el primer té con leche del día, miraba hacia el prado y decía a mis compañeros "I hate those fuckin' cows, I wanna kill 'em all" ("odio a esas putas vacas, quiero matarlas a todas"), los cuales solían reirse bastante con mis instintos bovinicidas.

Cuando hablo de "compañeros" me refiero específicamente al resto de estudiantes extranjeros de la casa, porque apenas si teníamos relación con los foráneos. Sin ellos posiblemente mi estancia allí hubiera sido un infierno. Para empezar apenas si tenía contacto con las otras tres Erasmus de mi clase que había en Brighton, porque a fin de cuentas aquí en Alicante no tenía ninguna relación con ellas. Pero además, cosa extraña en estos casos, tampoco me veía con el resto de los españoles que estudiaban allí. Conocí al grupo principal en una fiesta la misma tarde de mi llegada y la antipatía fue mutua: ellos me cayeron mal a mí y yo les caí mal a ellos, así que procuramos evitarnos en la medida de los posible. Gracias a eso aprendí más inglés en esos dos meses que en los cuatro cursos que había dado en la escuela de idiomas.

A pesar de lo negro que pintaba el panorama, tuve bastante suerte. Desde el principio congenié con mi compañero de cuarto, el malayo, y eso me salvó de pasar toda mi beca en el más absoluto ostracismo. Resulta que este chico era de raza china (el segundo mayor grupo étnico del país), lo cual le hizo trabar inmediata amistad con una gran parte de la comunidad asiática del campus, a los que yo llamaba cariñosamente "la mafia". No obstante él tenía un pequeño grupo propio de amigos, tan extraño que a veces me daba la impresión de estar viviendo en un manga. Consistía básicamente en:

  • El amigo raro - Por su físico y su manera de actuar me recordaba mucho a Brock, el entrenador Pokemon de la serie de dibujos. Muy tímido y con cara de estar siempre en la luna, aunque se ponía a babear cada vez que nos acercábamos a una tia buena...
  • El chino pasota - El malayo iba de vez en cuando a jugar al Go (o algo parecido) con un grupo de chinos que vivía en la residencia de apartamentos más cara de todo el campus (de ahí lo de "la mafia"). Uno de ellos solía pasarse por nuestra habitación, a veces sin tan siquiera pedir permiso, para intercambiarse tebeos con mi compañero. Creo que nunca crucé más de dos palabras con él...
  • La lesbiana cabreada - No se si era por haberse criado en Hong Kong, de la que cuentan que es una de las ciudades más estresantes del planeta, pero la cuestión es que esta chica se salía de cualquier esquema. A sus 14 años era lesbiana confesa, casi tan alta como yo, fumadora empedernida de tabaco mentolado y practicante de Kendo, además de tener muy mala leche...
  • La japonesa tontita - La conocimos más o menos un mes después de mi llegada. Tenía 24 años, estudiaba arte (o algo así) y parecía bastante cortita. No se realmente cuánto había de educación, cuánto de timidez y cuánto de falta de entendederas en su comportamiento, pero básicamente se dejaba llevar como una cria pequeña. Y solíamos arrastrarla a nuestras fiestas, porque la condenaba estaba bastante buena. Recuerdo una anécdota bastante graciosa al respecto: el malayo, el indonesio, su novia y yo estábamos hablando sobre una cena que íbamos a preparar el fin de semana. La chica preguntó si íbamos a invitar a la japo, a lo que los tres chicos respondímos al únisono y con una sonrisa bobalicona: Oh, yeah!

Prácticamente toda mi vida social giraba en torno a ellos, entre los que el indonesio y su novia también se hicieron habituales. Íbamos juntos a los clubs del centro de Brighton (gratis en su mayoría para los estudiantes entre semana) y también organizábamos fiestas en el mismo apartamento. Recuerdo en especial una que surgió casi de forma espontánea, cuando el malayo y su amigo raro decidieron comprar bebidas y aperitivos en previsión de una fiesta. Empezaron a probar combinaciones extrañas de licores (crema de plátano con SevenUp, por ejemplo), nos animamos, se hicieron un par de llamadas y cuando nos quisimos dar cuenta había un botellón de unas 10 personas en nuestro dormitorio...

Además de esas fiestas típicas de Erasmus al malayo le preocupaba mucho mi patente asocialidad (a lo que contribuí en gran medida por mis continuas quejas sobre la falta de sexo). Es por eso que procuraba llevarme a cualquier reunión a la que le hubieran invitado para ver si así conocía a más gente, como cenas típicas chinas o incluso una de sus partidas de Go (o lo que coño fuera eso). Pero hacer nuevas amistades no era precisamente fácil, ya que como he dicho eran en su mayoría asiáticos y la barrera cultural solía ser demasiado grande. En vista de que esa estrategia no tuvo demasiado éxito, o más bien ninguno, urdió una conspiración con la lesbiana cabreada para que me enrollara con la compañera de apartamento de esta. Sin embargo, a pesar de que fue una de las pocas inglesas simpáticas que me encontré durante esos dos meses (que ya es decir), no hubo el más mínimo atisbo de chispa por parte de ninguno de los dos.

Me lo pasé muy bien, no lo puedo negar. Los clubs, las fiestas, las cenas, las películas, los libros, las interminables sesiones de internet, las partidas de bolos, las conversaciones hasta altas horas de la madrugada, las falsas discusiones en el idioma del otro (él me enseñó a mi a insultar en malayo y yo a él en español). Y casi todo se lo debía al "yellow bastard" ("cabrón amarillo"), como le llamaba en broma a sus espaldas. También quedé en alguna ocasión con la francesa y sus amigos, aunque estos eran poco juerguistas; incluso llegué a salir con los ingleses al principio de mi estancia, cuando aún nos podíamos soportar unos a otros. Es la máxima del Erasmus: disfrutar todo lo posible mientras estés allí a costa de la Unión Europea.

Pero no todo fue diversión. La principal razón por la que quería irme al extranjero era para alejarme de todo lo que había conocido hasta ahora y comprobar si podría salir adelante por mí mismo, sin voces en mi cabeza que me dijeran lo que tenía que hacer. Sin embargo eso que tanto había deseado tenía dos caras; la sensación de soledad y desamparo que me inundó nada más llegar fue brutal. Apenas un día después de dejar las maletas ocurrió un incidente sin importancia que provocó que me pasara media tarde llorando. Aún no era consciente, pero por aquel entonces mi ansiedad ya estaba descontrolada y mis emociones parecían una montaña rusa. Y la difícil convivencia con los ingleses no ayudó a mejorar las cosas. La chica era una completa cerda y su absoluto pasotismo por los temas de la casa se acabó contagiando al hooligan, con el que tuve momentos bastante tensos porque siempre tenía el fregadero lleno de platos sucios y en vez de limpiarlos usaba los de los demás. Se que en la tele las discusiones que tienen en la casa de Gran Hermano parecen ridículas, pero os aseguro que yo lo he vivido...


No obstante tenía otras cosas de las que preocuparme. Ya he contado que llegué a un acuerdo con mis padres para que ese viaje no les costara nada o casi nada de dinero, razón por la cual decidí buscarme un trabajo mientras estuviera allí. Los estudios me dejaban tiempo de sobra, qué duda cabe. Así que me dirigí a la agencia de empleo de la universidad para ver qué podían hacer por mi y en un tablón vi el anuncio que podría haberlo cambiado todo. Resulta que en Hove, localidad separada de Brighton por tan solo una calle, existía una empresa dedicada a traducir y corregir traducciones de videojuegos, y en ese momento necesitaban gente. Pasé de la agencia, me presenté por mi cuenta y tras hacer una prueba y una entrevista decidieron contratarme como colaborador ocasional. El trabajo era el sueño de todo traductor novato y de todo friki. O sea, mi sueño: ni más ni menos que jugar durante todo el día al videojuego que tocara analizar para buscar los fallos en su traducción, hacer un informe y corregirlos. ¡Cobraba 8€ la hora por hacer algo para lo que los demás pagaban! Era el paraiso, ya no solo por el trabajo, sino por el ambiente que se respiraba en el mismo: el arquetipo de empresa "puntocom" donde los empleados no llevaban corbata, no había máquina para fichar, el ambiente era siempre distendido, todos eran jóvenes y el jefe jugaba al Quake contra el resto del personal en los descansos del bocadillo.

A pesar de la ansiedad, de las discusiones con los ingleses y de una inoportuna torcedura de tobillo, puedo decir que allí era feliz. Pero el final inevitablemente tenía que llegar, e incluso mucho antes que los demás Erasmus, ya que por algún motivo que nunca pude entender mi beca solo cubría el primer trimestre. Ergo, en diciembre me tenía que volver a España. Así que cuando se aproximaba la fecha tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: volver y seguir con mi vida anterior, o romper con todo y aprovechar las oportunidades que se me habían presentado en Inglaterra.

Podría haberme quedado, desde luego. Tenía el trabajo de mis sueños, me defendía muy bien con el idioma, me gustaba estar allí (incluso me acostumbré a la comida) y además tenía el apoyo de mi compañero de cuarto y su red de relaciones sociales. Joder, ¡incluso le encontraba cierto morbo a las inglesas!. Aunque hubiera sido difícil al principio, no creo que hubiera tardado mucho en encontrar un cuarto en la ciudad y conseguir mis papeles. Nada me aseguraba que funcionara, pero estaba en una encrucijada existencial, en uno de esos momentos que lo pueden cambiar todo para siempre. Y me rajé. Me llamaron del Ministerio de Educación para decirme que debía presentar cuanto antes un contrato de alquiler si quería recibir la beca del estado y me entró miedo. Miedo de suponer un lastre económico a mi familia en caso de salirme mal la jugada; miedo a que mis padres no supieran entender el motivo de vivir tan lejos de ellos; miedo a que dejarme la carrera a medias me perjudicara en el futuro.

El miedo ganó, así que hice las maletas y me marché tras una última noche de juerga, dejando atrás muy buenos recuerdos, anécdotas, sueños y amistades. Qué duda cabe que si hubiera sabido como se iba a desarrollar mi vida unos años después las cosas hubieran sido muy diferentes...


PRÓXIMO CAPÍTULO: LA LEONERA

21 de abril de 2006

Home, bitter home (V)

THE MAD HOUSE (I)


Se me acusa constantemente de ser un tio muy parado, de no esforzarme realmente por nada, de pasar de todo. Si bien es cierto en algunas ocasiones, no es menos cierto que soy muy indeciso y no tengo apenas ambiciones, razón por la cual pocas veces encuentro algo por lo que luchar. Pero si algo llevaba soñando desde que iba al instituto, puede que incluso antes, era pasar una larga temporada en el extranjero, lejos de todo y todos. Y fue por eso por lo que, al menos por una vez, me dejé la piel con tal de conseguir mi objetivo: obtener una beca Erasmus...

No es que el hecho de conseguir la beca fuera complicado. Tan solo había que cursar una solicitud a tiempo y muy mal se tenían que dar las cosas para que no te la dieran, a menos que la hubieras pedido tarde y no quedaran plazas. Pero en aquel entonces (1999) no había tanta demanda como hubo en años posteriores, así que me la concedieron sin problemas. De hecho en aquellos momentos el tema se llevaba con tanta laxitud que en vez de solicitar distintos destinos a la espera de un sorteo nos los repartimos entre todos los becados en una reunión. Estuve a punto de irme a Londres, pero finalmente me decanté por la ciudad costera de Brighton.

Sin embargo, como ya he dicho, tuve que luchar y mucho para conseguir esa beca. La razón, la de siempre: mis padres. No es que les asustara que me marchara fuera del país, puesto que ya lo había hecho en dos ocasiones; no, lo que realmente les preocupaba es que el viaje costara demasiado dinero y no pudieramos permitírnoslo. Tan acojonados estaban con el tema que tuve que pedir la beca a sus espaldas, y cuando les comuniqué la noticia hubo momentos bastante tensos (aunque no llegó la sangre al rio, mi familia siempre ha sido bastante flemática para las discusiones).

Finalmente llegamos a un acuerdo, el único posible: me encargaría de que el gasto fuera mínimo por su parte, nulo incluso. Para ello no solo tendría que ganar lo suficiente para afrontar mis gastos antes del viaje, sino que tendría que arreglármelas para no perder la beca de estudios al volver. Dicho y hecho, en el mes y medio anterior al viaje estuve trabajando en una cooperativa de fruta, apilando y acarreando cajas de género por el almacén (amen de otros trabajos más desagradables, como hacer limpieza de lo que se hubiera podrido). Y en cuanto a la beca... bueno, supuso una de las decisiones más difíciles de mi vida. Pero dejemos eso para después.

A principios de octubre llegó el gran día. Después de la escenita en Barajas (mi madre llorando, mi padre llorando, yo llorando, la gente mirándonos como si fueramos gilipollas...) tomé un avión hasta el aeropuerto de Stansted (en un vuelo normal, los baratos no tenían tanta difusión como ahora) y de allí en tren hasta mi destino. Estaba emocionado, exultante, como en una nube... pero también perdido de cojones. Suerte que en mi vagón me encontré con una estudiante hindú absolutamente preciosa a la que, tras unos minutos de babearle por encima, debí darle lástima y me ayudó a llegar a mi residencia, que era la misma en la que ella vivía. Por si alguien lo pregunta, la chica me emplazó a tomar té un par de días después en su apartamento, pero cuando fuí a la muy guarra se le había olvidado y después de eso no volví a saber de ella. Lástima, con lo buena que estaba...

The Mad House se encontraba dentro del recinto de la Universidad de Sussex, como casi todas las residencias pertenecientes a ese campus. Sin embargo no era una residencia propiamente dicha, al menos tal y como las entendemos nosotros. Aunque las había al estilo habitual (un edificio con habitaciones individuales o dobles) eran bastante caras, razón por la que opté por la opción más barata: compartir habitación en una residencia de apartamentos. Es como una urbanización de adosados, compuesta por pequeños chalés prefabricados de 2 a 6 dormitorios, en los que podían meterse hasta 12 personas. Se que vivir en un tu propio apartamento, con llave propia y sin tener que dar explicaciones al portero, puede parecer más agradable que vivir en una residencia normal, pero, creedme, hubiera matado por una plaza en uno de esos sitios...

En mi apartamento viviamos 8 estudiantes, en cuatro dormitorios compartidos. Había una francesa, un malayo, un indonesio, cuatro ingleses y un servidor, con lo que ya desde el principio más que un apartamento eso parecía un mal chiste. Yo compartía habitación con el chico malayo, un chaval recién salido del instituto con unos padres pastosos que no habían tenido reparo en mandarle al culo del mundo a que se formara como es debido. No es que realmente le hiciera demasiada falta, porque el cabrón era listo de cojones, un fiera de las matemáticas y, curiosamente, también era ateo, aunque lo llevaba en secreto porque a fin de cuentas allí son musulmanes y no llevan ese tema demasiado bien (o al menos eso es lo que él mismo me contó). Fue mi tabla de salvación, aunque eso ya se verá más adelante.

El resto de la tropa lo componían:

  • La francesa - Agradable, simpática, no demasiado guapa (aunque sí follable) y con un montón de movidas en la cabeza. Sí, era de los mios. Algunas de las conversaciones que manteníamos llegaban a acojonar al resto de la gente. Nos psicoanalizábamos mutuamente, aunque la verdad es que no conseguimos mucho con eso...
  • El indonesio - Por las mañanas era el tio más reservado del mundo. Se pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación y no hablaba con nadie. De hecho ni te saludaba si te lo cruzabas por el pasillo. Pero cuando llegaba la noche y se había bebido unos cuantos tiros de tequila era el puto mejor compañero del mundo. Al menos hasta que caía inconsciente, claro...
  • La inglesa - Maleducada, hortera, estridente, insípida y la que más ensuciaba (y menos limpiaba) de toda la casa, con diferencia. El arquetipo de la inglesa que te encuentras por la costa con chanclas, escote hasta el ombligo y un sombrero de paja, haciendo el gilipollas con sus amigas al borde del coma etílico...
  • El inglés misterioso - El compañero de cuarto del indonesio, al que casi no vimos el pelo durante todo el tiempo que pasé allí. Era el típico marchoso que siempre estaba de fiesta en fiesta, que dormía con los amigos o con las tias a las que se tiraba. Lástima que no le conociera más...
  • El inglés flemático - Con un acento bastante refinado, aire culto, educado y frio, aunque cuando estaba borracho hacía el ridículo igual que los demás. Procuraba no hacerse notar mucho, hasta hacerse casi invisible cuando su novia (una chica americana que conoció a las 2 semanas de estar allí) se vino a vivir con él...
  • El inglés borde - El típico hooligan al que le gusta armar gresca, beber cerveza y ver los partidos de su equipo. Vivir con él era como estar en una película de Guy Ritchie. Al final de mi estancia nos odiábamos a muerte, aunque guardábamos las apariencias como buenos ingleses...

El apartamento en sí consistía en los cuatro dormitorios, una cocina pequeña, un salón aún más pequeño y un baño que se inundaba (literalmente) cada vez que alguien se duchaba. Esa es la razón por la que a la semana de estar allí miraba con envidia las residencias tradicionales; aunque allí estuvieran sometidos a normas más estrictas las habitaciones tenían baño propio, las cocinas comunitarias eran enormes y además tenían un salón con uno de los mayores lujos para los estudiantes: la televisión. Por si alguien no lo sabe, para poder ver la tele en el Reino Unido hay que comprar una licencia, eso mismo que querían imponernos a nosotros hace unos años. Y para que nadie se escaquee existen unas patrullas que con una furgoneta van sondeando casa por casa para comprobar si allí donde se detectan ondas de televisión se ha pagado la licencia correspondiente; si no, les imponen una multa. Parece un chiste, pero se lo toman muy en serio. Muchos universitarios se arriesgan a ver la tele sin pagar un duro porque las furgonetas no pueden escanear los apartamentos, lo cual obliga a los inspectores a hacer visitas regulares. En el mio no había pero, ¿sabeis qué?, no la eché de menos...

Dicen que nadie vive mejor que un Erasmus. Al menos en mi caso fue cierto. Mis estudios consistían en tan solo dos asignaturas que apenas me robaban 6 horas en toda la semana: Introduction To Linguistics y Historical Approaches To Shakespeare. La primera era una absoluta maría, ya que dábamos los mismos conceptos sobre lingüística que había visto en el primer curso de la carrera. Con la segunda tuve alguna pequeña dificultad más, puesto que se trataba de leerse determinadas obras de Shakespeare y confrontarlas con su contexto histórico y socio-cultural. A pesar de todo, después de tantos años de haber sufrido el método tradicional español de "yo explico, vosotros tomais apuntes y luego os hago un examen", estudiar allí fue una absoluta delicia. No solo se nos motivaba para que estudiáramos por nuestra cuenta, sino que todas las semanas era un alumno o grupo de alumnos los que exponían la lección correspondiente después de haber buscado todos los datos en la bibliografía que se nos había dado la semana anterior. Y en vez de exámenes se evaluaba nuestra capacidad de asimilación de las lecciones en trabajos escritos periódicos que hacíamos en casa, consultando los manuales. Nunca antes había entrado en una biblioteca (y la de Brighton era magnífica) con tanta satisfacción, con tantas ganas de saber, con tanto respeto por los libros de texto. Aprendí más allí en unas semanas que aquí en todo un año...

Pero por supuesto no todo fueron los estudios puesto que, como ya he dicho, apenas si tenía que dedicarles unas pocas horas a la semana. El hecho de estar en una tierra extranjera, teniendo que valerme por mi mismo por primera vez en mi vida, sin ayuda, sin amigos, defendiéndome en un idioma que no era el mio, eso me abrió la mente como si acabara de despertar. Devoré libros, vi un montón de películas (entre ellas Quadrophenia, película muy significativa dado que conmemora la batalla entre mods y rockers que tuvo lugar en la playa de esa ciudad), exploré Brighton de cabo a rabo, conocí a gente de todo tipo, asistí a eventos culturales y a demostraciones deportivas (sí, yo haciendo deporte; concretamente di una clase de haikido, otra de esgrima y una sesión de Chi-kung) y, claro está, salí de marcha todo lo que pude por los clubs de música House del centro.

Sin embargo, si hay algo en lo que ese viaje supuso un antes y un después fue en mi relación con Internet. Hasta ese momento la red era algo bastante desconocido para mi, puesto que era algo demasiado lento y caro, y en la Universidad de Alicante había pocos ordenadores para acceder a ella. En Brighton, sin embargo, había por todo el campus salas de acceso libre con una velocidad más que decente, algunas de ellas abiertas las 24 horas. Además a todos los alumnos se nos adjudicaba un pequeño espacio en el servidor para poder guardar nuestros ficheros. Ni que decir tiene que acabé completamente enganchado y fue el inicio de mi relación de amor-odio con la red. Si ya de por sí me pasaba bastante tiempo delante de la pantalla para escribir e imprimir los trabajos que nos mandaban (para lo que me pasaba a veces toda la noche en vela, armado con una pila de libros de texto y una barrita de chocolate Lion King Size como único alimento), Internet era en esos momentos todo un territorio virgen por conquistar y que me ofrecía un millón de posibilidades. Que tiempos aquellos, en los que tan solo descubrir nuevas páginas web ya era un absoluto placer...

(Continuará...)

25 de enero de 2006

Home, bitter home (IV)

LA PECERA

Casi diez meses han pasado desde que escribí el último "capítulo" de esta serie dedicada a los distintos pisos por los que he ido pasando desde que huí de mi pueblo natal. Los motivos son dos: que estaba demasiado ocupando inventando cosas ingeniosas para escribirlas en el blog principal, y que no me atrevía a desenterrar una de las peores etapas de mi vida.

El curso académico comenzó igual que había comenzado el anterior: en las viñas, doblando el espinazo para recoger los racimos de uvas a mano mientras hubiera un rayo de luz que iluminara el campo. A veces incluso de noche, a la luz de un foco instalado en el tractor, para rematar un terreno y poder pasar al siguiente. Fue una vendimia larga, tanto que cuando llegué a la universidad las clases habían empezado hacía tiempo. Pero no tenía escapatoría: sin el dinero de mi jornal no tenía un duro para sobrevivir hasta que me dieran el de la beca.

Nada más llegar empezaron los inconvenientes. Tenía apalabrado un piso pero el dueño se echó atrás en el último momento, y al estar el curso ya empezado había pocas habitaciones libres. Entonces respondí a un anuncio de periódico que resultó ser en realidad una agencia de alquileres. Todavía no se por qué firmé y les di el dinero que me pedían por encontrarme un piso; de algún modo se me hizo imposible decirles que no y cuando me pusieron el contrato en las narices (cinco minutos después de entrar) lo firmé como un autómata.

Apenas un par de horas después reaccioné, regresé a la agencia y les supliqué casi llorando que me devolvieran el dinero, pero ese tipo de empresas no se caracteriza por la humanidad de sus trabajadores (en cierto modo el negocio es una estafa; legal, pero una estafa). Consiguieron convencerme para que dejara de protestar y me dieron unas cuantas direcciones de pisos para ver si me gustaba alguno. Accedí, puesto que ya no tenía escapatoria. Finalmente me quedé con un piso de estilo alicantino tradicional con ventanas estrechas, un pasillo muy largo, techos altísimos, y unas vecinas bastante interesantes que resultaron ser todas gilipollas.

El piso estaba amueblado, sí, pero sin inquilinos, por lo que me tocaba a mi buscarlos. Varias pegadas de carteles y unas cuantas visitas más tarde le alquilé las habitaciones sobrantes a dos universitarias y un profesor auxiliar de instituto. Ellas eran alicantinas, de mi edad y poco dadas a callarse las cosas. Él era valenciano, bastante hippy y con un morro que se lo pisaba. La convivencia, lógicamente, no fue fácil. El profesor pasaba de limpiar y se limitaba a vivir en el piso como si estuviera en una pensión; ellas no paraban de protestar, aunque a él las cosas le entraban por un oido y le salían por el otro. La sangre no llegó al rio, pero después de un par de meses se palpaba la tensión en el ambiente.

Y no solo en nuestro piso. Los inquilinos del piso de abajo se pasaban la vida discutiendo y reconciliándose. Cuando estaban de buenas se les oía follar en Dolby Stereo Surround, gracias a esa maravillosa acústica que tienen los edificios antiguos. Cuando estaban de malas eran tan fuertes las discusiones que tuvo que acudir varias veces la policía. No fueron los únicos en el barrio a los que la autoridad tuvo que separar, por cierto. Si unimos eso a los ladridos nocturnos de la legión de perros que había en esa zona, la verdad es que no me dio tiempo a aburrirme.

Sin embargo eso no fue lo peor, ni mucho menos. Quiso la casualidad que tanto él como ellas tuvieran por costumbre irse todos los fines de semana a sus respectivos hogares familiares, por lo que si yo me quedaba en Alicante estaba completamente solo. Y digo completamente porque además de no tener a mis compañeros de piso apenas si tenía alguna amistad entre mis compañeros de clase. Eso ocurría tres o cuatro veces al mes, puesto que en aquella época evitaba mi pueblo natal como la peste.

Fue entonces cuando llegaron los ataques.

A estas alturas todavía no se que es exactamente lo que padezco, o si realmente padezco algo. La psicóloga no le puso nombre y no consigo cuadrar mis síntomas con lo que aparece en los artículos que encuentro en internet. En cualquier caso en aquel momento ni siquiera era consciente de que tenía un problema, pero sabía que algo iba mal. Muy mal.

Los ataques de angustia sucedieron sobre todo esos fines de semana en que me encontraba solo, en ese piso con el pasillo interminable y los techos altísimos, en el que me sentía como un pez atrapado en una pecera de cemento. Al principio era solo una sensación nerviosa en la boca del estómago, que se iba acrecentando y extendiendo rapidamente por el resto del cuerpo hasta acabar acurrucado en el sillón, tiritando de frio y de miedo, con la cabeza dándome vueltas y la impresión de estar muriéndome. No se lo deseo a nadie. Llegué a pasarme más de 30 horas paralizado de terror, casi en ayunas, solo bebiendo leche y comiendo algún yogur (lo único que mi estómago digería).

Cuando llegó febrero la situación cambió y experimenté una cierta mejoría. Mis dos compañeras se marcharon (no lo lamenté) y en su lugar vino otro universitario alicantino y un erasmus italiano. Con el primero apenas si tuve trato, todo hay que decirlo, pero enseguida hice buenas migas con el segundo. Era difícil no llevarse bien con él: alegre, hablador, lleno de energía... y como una puta cabra. Solo como ejemplo: en una fiesta de caracter artístico absolutamente indescriptible, en la que cada uno de los anfitriones realizamos una "performance", este chico se hizo una cruz en el pecho con un cuchillo para poder ligarse a una de las invitadas (y lo consiguió, a fe de los gemidos que oimos todo el edificio a la mañana siguiente). Fue sin duda una de las noches más surrealistas de mi vida...

Sin embargo la mejoría no duró mucho. Aunque gracias al italiano pude distraerme y conocer gente, la presión de los exámenes hizo mella en mis ya muy descontrolados nervios. No fue el único factor, eso es cierto; apenas hacía unos meses que había roto con mi ex y yo me subía por las paredes. Además comenzó a haber problemas con los caseros (tres jublilados a quienes, por cierto, nunca llegué a ver en persona), que me exigían el pago de unas facturas que se negaban a entregarme, y con el profesor, que nos debía dinero. Durante aquellas últimas semanas los ataques de angustía se alternaron con otros ataques más violentos de llanto y rabia. Se que debería haber ido al psicólogo, pero cuando te has tirado varias horas mirando la pared dominado por un inexplicable miedo lo último que quieres es que te analice un desconocido.

Al final de la historia me lié la manta a la cabeza y arreglé las cuentas como a mi me dió la gana, quedándome buena parte del dinero que el profesor dejó para pagar sus deudas. Bastante mal lo había pasado ya como para tener que perder siempre. Además, ¿qué iban a hacer los caseros? Ni siquiera me habían visto la cara. Eso sí, con ese gesto me vi condenado un año más a cambiar de piso y de compañeros. Pero eso, como siempre, ya es otra historia...

Próximo capítulo: THE MAD HOUSE.

EPILOGO

Dos meses después de haber vuelto al hogar paterno para pasar las vacaciones de verano, alguien llamó a la puerta de casa. Era el erasmus. Con el dinero que ganó trabajando de pizzero (¿de qué si no?) se había comprado una bici para poder ir desde Alicante hasta su pueblo en Italia. Sí, en bici. Dio la casualidad de que pasó cerca de mi pueblo y se desvió un poco de la ruta para venir a visitarme. ¿He dicho ya que estaba como una puta cabra?

12 de abril de 2005

Home, bitter home (III)

L'AUBERGE (El albergue)


El primer año de carrera fue bastante intenso. Me fui de casa, tuve mi primera (y de momento única) novia, perdí la virginidad, hice algunos amigos (más bien pocos, todo hay que decirlo; en aquella época ya apuntaba maneras como inadaptado) y salí relativamente airoso del primer curso. Relativamente. Alicante es la única universidad en la que no se exige (o exigía) un examen de acceso para estudiar Traducción y por eso se daba por hecho que tenías todos los conocimientos para empezar la carrera, esto es, un nivel alto de inglés y un nivel medio de francés. Pero no era así. De hecho, no tenia ni pajolera idea del segundo idioma. Me había apuntado a la Escuela de Idiomas para sortear esta dificultad, pero no fue suficiente. Así que tuve que solicitar una nueva beca de verano, esta vez a Francia, y apenas unos días después de acabar el curso ya estaba en un avión rumbo al pais vecino. La verdad es que empezaba a gustarme eso de huir del pais de vez en cuando...

Yo creia que esta beca sería igual que la anterior. Es decir, casi unas vacaciones, rodeado de españoles todo el tiempo y en una familia que me ignorara. Craso error. Ese año descubrí un concepto que ultimamente se está imponiendo en este tipo de cursos, la inmersión lingüística. Traducido al castellano, "vas a aprender el idioma por cojones". ¿Como? Muy fácil, alojando con cada familia a un solo estudiante de una sola nacionalidad y procurando que estas familias estén lo más alejadas entre sí que sea posible para que a los estudiantes les resulte muy difícil encontrarse. En una palabra, te aislan. Pasas la mayor parte de tu tiempo con tu familia de acogida, así que si no quieres morirte de hambre, de aburrimiento, o las dos cosas a la vez, necesitas adquirir los conocimientos necesarios para comunicarte con ellos. Un método un poco radical, pero funciona.

Si la familia que me acogió en Inglaterra parecía una mala copia de The Simpson, esta lo era de Malcolm in the Middle. Solo que sin Malcolm. Estaba compuesta por un padre de más o menos mi estatura, moreno y simpático; una madre rubia y agradable; hijo mayor de unos 17 años, apasionado de las motos; hijo mediano de unos 15 años, rompecorazones; y el inevitable crio de 5 años que evita que la conviviencia sea tranquila y monótona. Si la anterior familia era jodidamente flemática y condescendiente, bastante fria con los estudiantes, esta era todo lo contrario. A fin de cuentas yo era el único estudiante que acogían, pero no era una cuestión de amabilidad. No, ellos eran así. Juro que jamás en mi vida me he encontrado un matrimonio tan asquerosamente pegajoso después de tener 3 hijos. De hecho, me he encontrado a pocas parejas tan empalagosas, con hijos o sin ellos. No es que me parezca mal, pero acababa de romper con mi novia y en esos momentos estaba un poco susceptible. Y ver a los dos cabezas de familia dandose besitos y riendo como dos colegiales, me superaba.

La casa era del tipo "Terrace" (o sea, adosados), también de manual. Estaba ubicada en una calle de casas exactamente iguales (solo diferenciadas por la pintura de la fachada) compuestas por dos pisos, patio trasero, garaje, mucha madera, algo de moqueta y la sensación de estar viviendo en un barrio humilde. Que lo era. Porque no son como los adosados que estamos acostumbrados a ver aquí en este pais, sino algo mucho más modesto, más gris, más monótono. Porque esto si que parecía una película de Ken Loach. El padre de familia formaba parte de un grupo de rock (supongo que de aficionados) y era mecánico de profesión. La madre, enfermera. Los dos hijos mayores escuchaban hip hop, pintaban grafitis, les gustaban las motos y hacían el gamberro por el barrio. Y el crio pequeño era un gritón, un tanto malcriado, desobediente y que hacía lo posible por llamar la atención (la última semana se lo dejaron a los abuelos para que pudiera descansar un poco). La verdad es que me sentía bastante cómodo en esa casa y me trataron muy bien, pero existía un pequeño problema del que yo tenía en parte la culpa.

El aburrimiento.

Al solicitar la beca tenías que rellenar un cuestionario para dar a conocer tus gustos, tus preferencias y tu personalidad. Y no se me ocurrió otra cosa que ser sincero y decir que era una persona tranquila, sosegada, a la que no le gustan las emociones fuertes. Otro craso error, porque, consecuentemente, me alojaron con una familia tranquila, sosegada, a la que no le gustan las emociones fuertes. O sea, una familia aburrida. Muy aburrida. Solo me sacaron de casa dos veces. Una de ellas fue a Dunkerque, a ver a los padres de ella. Al menos en esa ocasión tuvieron el detalle de llevarnos hasta la playa, donde el abuelo me mostró el punto que separa Francia de Bélgica, pero eso fue lo más interesante de toda la jornada. La segunda salida fue a una especie de feria no recuerdo dónde, a visitar a unos amigos de la familia. Fue poco después de llegar al pais, no entendía ni una palabra de lo que decían y no nos fuimos hasta bien entrada la noche. Jamás me he aburrido tanto en toda mi vida. Un día me dijeron que no salían más de casa porque hacía frio. Y es cierto que vivían al norte, cerca del canal de la Mancha. Pero también es cierto que, ¡estábamos en julio! Si en pleno verano decían que tenían frio, ¿que hacían en invierno? ¿Hibernar?

Hubo cientos de anécdotas referidas a ese viaje de estudios y concretamente al resto de españoles, algunas propias de un culebrón. Como todo en mi vida, fue un tanto surrealista. Como el debate sobre una de las profesoras, lesbiana y pareja de otra de las profesoras, de la que hasta casi el final de la beca no supimos con certeza si era un hombre o una mujer. O las distintas parejas que se formaron durante ese mes (incluso yo estuve a punto de tener un "rollo"), una de las cuales montó un escándalo el último día. Pero eso lo dejo para otro mensaje, si es que algún día me animo a escribirlo...

Próximo capítulo, La pecera.

7 de marzo de 2005

Home, bitter home (II)

LA GORRINERA


Muchas cosas pasaron en mi primera aventura por Inglaterra (aún habrían de llegar dos más) que no he contado ni aquí ni en casi ninguna otra parte, de las cuales la única relevante para estos relatos es que una vez probé las mieles de la independencia ya no podía conformarme con nada menos. Había salido de la burbuja de mi pueblo natal, en la que hacía tiempo que me asfixiaba, y tenía por delante todo un mundo que explorar.

Cuando llegó la hora de mudarse a Alicante quisimos hacer las cosas bien desde el principio. Mucha gente nos había comentado previamente que el primer año de la carrera es conveniente pasarlo en alguna de las residencias de estudiantes de la ciudad. De esa manera se me haría menos difícil vivir sin el apoyo constante de mis padres y podría hacer nuevas amistades. Eso, en cuanto a la versión oficial que se le cuenta a la familia. La que corre de boca en boca de los universitarios es que las residencias son un estupendo lugar para poder vivir del cuento algún tiempo más sin preocuparte de las labores de la casa, pegarte buenas fiestas y follar si la residencia es mixta y tienes solo un poco de suerte (he oido cada historia...). Sin embargo las privadas eran demasiado caras y me denegaron la subvención en la concertada, razón por la cual tuve que hacer las cosas por las malas, como siempre.

Poco después de saber que no podría acudir a ninguna residencia, me enteré de que un chico de mi pueblo se iba a vivir él solo en un piso que sus padres compraron aquí. La verdad es que apenas había tratado antes con el pero, acuciado por el tiempo, hablamos con la familia para que accedieran a alquilarme una habitación de las tres que tiene el inmueble a un precio módico. Demasiado módico. Nunca llegaron a saberlo, pero por las características y la situación del apartamento podrían haberme pedido casi el doble de lo que les daba cada mes. El piso está situado en el centro de la ciudad, a apenas 5 minutos de la playa y de la avenida de Maissonave. Disponíamos de un amplio salón amueblado de forma rústica, tres dormitorios, terraza, cocina, galería, baño completo, un pequeño aseo y un cuarto que no sabíamos para que servía. En manos de un buen agente inmobiliario, podrían venderlo por una fortuna, siempre y cuando obviaran un par de detalles. Por ejemplo, que se encuentra en un quinto piso sin ascensor (si las miradas mataran, hace tiempo que habrían detenido al repartidor del butano por homicidio múltiple); que la madera de las ventanas estuviera tan combada que algunas no se podían cerrar; que se hubiera estropeado la "pera" de la ducha y nos tuvieramos que lavar solo con la manguera; que la cocina pidiera a gritos una reforma; que el aseo de mucha grima; y que en verano haga tanto calor que resulta imposible dormir, entre otras naderías.

Pero hablar de La Gorrinera es hablar de mi compañero de piso. Su padre es conocido en todo el pueblo por su afición a parodiar en Carnavales algún asunto polémico o notorio ocurrido en los meses pasados (todos nos reimos cuando este hombre y sus "acólitos" se disfrazaron de familia real en pleno, con Eva Sannum bien agarrada del príncipe). El humor innato parece que se hereda en los genes, y vivir con mi compañero proporcionaba un número ilimitado de anécdotas que recordar más adelante, plasmar en un libro o contar a tus incrédulos nietos. Apenas merece la pena comentar otros aspectos de nuestra convivencia, que fue siempre pacífica y agradable, excepto una discusión sobre política (yo defendiendo al PSOE, el al PP) que acabó en tablas por el bien del buen rollo que manteníamos.

Para empezar, tendré una consideración hacia la gente que lee los despropósitos que publico en mi blog aclarando una cosa. ¿Por qué "la gorrinera"? ¿Qué significa eso? No es una concesión literaria hacia esta serie de relatos (mi ego no da para tanto) sino el apodo que le di a este piso en cuestión y que me impulsó a crear uno a cada vivienda por la que he pasado. El motivo fue peregrino pero hilarante. Aunque a mi compañero le agradaba comprar productos frescos en el mercado central (también a 5 minutos del piso) un día decidió comprar en abundancia para tener algo en reserva. Y claro, como buen manchego su primera elección fue clara: CARNE DE CERDO. Pero no una poca, no. Compró tal cantidad que llenó todo el congelador de chuletas, filetes y costillas envueltos en "papel Albal". La visión de esa masa plateada abarrotando todo ese espacio nos hizo estallar en carcajadas y escadalizó a una compañera que acertó a visitarnos esa tarde. A punto estuve de escribir el apodo en letras grandes y colgarlo en la puerta.

No quiero que la gente piense que con dicho apodo y sabiendo que viviamos allí dos solteros se descuidaba la limpieza del piso. En absoluto. Es cierto que, por ejemplo, siempre había platos sucios en la pila (el día que descubrimos que no nos quedaba nada para comer y tuvimos que fregarlo todo me hizo tanta gracia que incluso saqué una foto), pero manteníamos el orden y realizábamos limpiezas generales cada quince días. Eso sí, a veces nos lo tomábamos demasiado en serio. Como aquel día que mi compañero decidió mezclar lejía y amoniaco para poder fregar bien la cocina. Fue muy efectivo, pero, claro, tuvimos que evacuar la vivienda durante varias horas. O aquella ocasión en la que barrimos y fregamos todos los suelos. Nuestro gran fallo fue que tardaban mucho en secarse y dejamos el salón para el final, con lo cual nos vimos acorralados en la terraza durante algún tiempo. Menos mal que hacía buen tiempo...

Aparte de las labores de la casa y de los estudios de cada uno, no teníamos demasiadas cosas con las que entretenernos. Mi ex y nuestros paisanos nos visitaban ocasionalmente, pero el resto del tiempo lo matábamos viendo la televisión. Sin embargo esta también nos proporcionaba anécdotas. Recuerdo el día en que yo estaba preparando la cena en la cocina y mi compañero me llamó a gritos desde el salón. Yo corrí hacia allí asustado y al llegar me anunció:

-¡¡Hay una cria en pelotas en la tele!!

Y sí, bueno, no exactamente una cria y no exactamente en pelotas, pero era cierto. Estaban transmitiendo un capítulo de la infumable serie Compañeros y en ese momento aparecía Valle (Eva Santolaria) en sujetador paseándose de un lado a otro de la pantalla. ¡¡Era un escándalo!! Ey, de verdad, en serio. En aquella época (ocho años atrás), que una supuesta adolescente se paseara medio en pelotas por la pantalla en prime time era casi pornográfico. Y me reí tanto que decidí marcarlo en rojo en el calendario y rebautizarlo como "El día de las tetas de Valle" (lástima que la Santolaria haya perdido tanto peso desde entonces). Sin embargo esta no fue la mejor anécdota que nos proporcionó la tele. Resulta que un sábado por la mañana estábamos tan aburridos que decidimos reorganizar los muebles del salón. Probamos varias posibilidades, una de las cuales era tan horrenda que nos hizo estallar en carcajadas y decidí sacarle también una foto. Finalmente conseguimos posicionar tanto los sofás como el sillón y las sillas enfrente del televisor sin que estuvieramos incómodos. No obstante había una pega. El cable de la antena no era lo suficientemente largo como para conectarlo a la clavija de la pared. Al estar en un quinto piso y rodeados de antenas la imagen llegaba incluso sin conectar el aparato a la clavija, pero esta era de poca calidad y se perdía. Así que decidimos conectar el cable con... la lámpara del salón. Ya que esta era metálica, bastaba con que el cable tocara el metal para que la imagen fuera más nítida. Sin embargo tampoco era suficiente, ya que de vez en cuanto la señal oscilaba. Así que, para atraer la señal, bastaba con que uno de nosotros elevara un brazo y esta se recuperaba. Podeis imaginaros la cara que pusieron nuestros paisanos cuando nos visitaron después de eso: el televisor conectado mediante un cable a la lámpara y nosotros dos haciendo aspavientos delante del aparato. Jamás me he reido tanto viendo las noticias.

Las costumbres de mi compañero eran tema aparte. Al principio estudiaba por las tardes, después de las clases, pero más tarde decidió hacerlo por las noches en el cuarto que no servía para nada. A priori eso debería ser normal, pero sus hábitos de sueño comenzaron a trastocarse seriamente. Al acostarse de madrugada también se levantaba muy tarde, cada vez más tarde. Primero a media mañana. Luego a medio día. Hasta que un día tocó fondo. Fue una tarde que mi ex y yo estábamos en mi habitación grabando una escena del video que ibamos a entregar como trabajo para una asignatura. Hacia las 7 o así ella dijo encontrarse mal y me tumbé con ella en la cama. Una cosa llevó a la otra... y bueno, que cojones, fue el mejor porlvo y el más largo que echamos nunca. La cuestión es que no salimos del dormitorio hasta pasadas las nueve de la noche, y en ese tiempo mi compañero se aburrió y decidió irse a dormir. Yo creí que se había ido a visitar a nuestros paisanos y decidí pasar la noche en el piso de mi ex. Al regresar al día siguiente estaba recogiendo los platos de la comida cuando salió de su cuarto completamente aturdido y preguntando lacónicamente "¿Que hora es?". Resulta que había dormido ¡¡19 horas!! ¡¡Y de un tirón!! Y eso no fue lo peor. Después de aquella experiencia se le debió cruzar algún cable, porque comenzó a levantarse a las siete de la mañana para irse a correr a la playa. Jamás dejaría de sorprenderme.

Todo lo bueno se acaba y al año siguiente me fue imposible permanecer en ese piso. Mi compañero había suspendido las asignaturas que tenía pendientes , y ya que no estaba haciendo nada de provecho su padre le obligó a volver al pueblo para que empezara a trabajar. Intenté alquilar el inmueble entero antes de que conocieran su valor real y realquilar el resto de habitaciones a otros estudiantes, pero no se fiaban lo suficiente de mi. Así que con dolor tuve que abandonar el lugar donde tanto me había reido y comenzó la maldición que me ha obligado a cambiar de residencia con tanta frecuencia.

Próximo capítulo: L'Auberge.

27 de febrero de 2005

Home, bitter home (I)

THE CROWDED HOUSE


En el capítulo anterior... (que frase más pretenciosa para un blog personal, ¿no?)

Bueno, la cuestión es que ya conté en otro mensaje, a modo de prólogo, algunos de los motivos que me empujaron salir por patas de mi pueblo natal y embarcarme en la odisea personal que aún estoy viviendo (o padeciendo). Y qué mejor manera de comenzar una odisea que viajando a algún pais lejano y desconocido... Vale, no fue tan lejano ni tan desconocido, sino un curso de idiomas de verano en Inglaterra, pero como comienzo de tu independencia no está mal.

Todo aquel que haya asistido a uno de estos cursos, o que conozca a alguien que lo haya hecho, sabrá que hay material suficiente para escribir más que un mensaje, un libro entero (eso si dejamos aparte las becas Erasmus, que también aparecerán por aquí en algún momento). En realidad aprender, lo que se dice aprender, pues no se aprende mucho. Es más bien una excusa para irte de farra muy lejos de tu casa y vivir a costa del estado o de tu comunidad autónoma. Y, bueno, no creo que sea necesario dar muchos detalles: reune a 25 manchegos entre 17 y 22 años en un lugar dónde nadie les conoce ni les controla, y obtendrás historas como para escribir un culebrón o dos, además de un puñado de "teen-movies". Así que mejor dejamos las anécdotas para otra ocasión y pasemos a lo que importa, esa casa de locos a la que tuve que llamar "hogar" durante 28 dias.

Mi familia de acogida parecía una parodia anglosajona de los Simpson. Estaba compuesta por un padre alto, moreno y con bigote; una madre rubia y rechoncha; hija mayor de unos 14 años, rubia y repartidora de periódicos (creia que eso solo existía en las series); hija pequeña de unos 7 u 8 años, también rubia y más sociable que la anterior; y un crio que no tendría más de un año o dos, el único que realmente se lo pasaba bien allí. Todos jodidamente británicos, pero no de la manera en que los presentan las películas ñoñas a lo Notting Hill, sino con esa realidad fea y visceral que tan bien refleja Ken Loach. En general los cabeza de familia eran bastante condescendientes, rozando en ocasiones la amabilidad, pero la hija mayor simplemente nos ignoraba (ahora sabreis por qué "nos"). La mediana era bastante simpática, pero después de pasar un rato intentando hacerte comprender algo en un idioma que todavía no dominas, se rendía y se iba a jugar a otra parte. Formaban una familia bastante unida, supongo que por el hecho de que los padres trabajaban desde casa manejando un servicio de importación y exportación. Nunca supe que tipo de mercancías manejaban (igual podía ser fruta, igual podía ser coca colombiana), pero no creo que ganaran mucho dinero con ello en vista del estado general de la casa: muebles baratos, trastos acumulados por todas partes, productos de oferta del supermercado, polvo. El barrio tenía buen aspecto, pero con decir que los conductores de autobús ni siquiera sabían donde estaba...

La casa era un semi-detached de manual, con madera por todas partes, moqueta hasta en el baño (lo cual jamás entenderé) y un jardín trasero bastante descuidado. Una buena casa para una familia... pero no para un albergue juvenil. Ocurre que a fin de animar a la gente a que acogieran a estudiantes extranjeros, al consejo local (o como leches se llame) no se lo ocurrió nada mejor que pagar a las familias por cada estudiante. Con lo cual al llegar a la casa descubrí que allí también vivian un italiano de 17 y un croata de 15, al que más adelante se añadiría un japonés de también 17. Por si no era suficiente compañía, la familia también contaba con dos perros enormes, un pastor alemán y un dálmata casi tan grandes como yo, que ladraban como fieras a cualquiera que no conocieran pero que con los demás eran extraordinariamente pacíficos. Asi que, si hacemos cuentas, convivimos en el mismo espacio:

  • Tres niños
  • Dos adultos
  • Dos perros
  • Un español
  • Un italiano
  • Un croata
  • Un japonés
  • And a partridge in a pear tree

Todo eso, en una casa de cuatro dormitorios en pleno mes de agosto. Que por muy al norte que esté Inglaterra, allí también hace calor en verano, y mucho más si te encierras en una casa con otros 10 seres vivos (sin contar a los ácaros de la moqueta). Yo tuve la enorme suerte de tener un dormitorio para mi solo, por eso de ser el mayor, pero el italiano y el croata tuvieron que compartir uno, y cuando llegó el japonés la hija mayor acabó durmiendo en el desván con un ventilador encendido toda la noche. Era absolutamente demencial. Por suerte esa situación duró solo una semana, tras la que se marcharon los dos primeros inquilinos y al fin pudimos tener un poco de paz.

He de reconocer que la convivencia fue bastante pacífica, cuando no un tanto anodina. Los cuatro pringaos que estábamos allí de paso hablábamos más bien poco entre nosotros, porque cada uno tenía su propio grupo de compatriotas con el que confraternizar (si los españoles no hubieramos sido mayoría y cortáramos el bakalo allí, eso hubiera parecido Gangs of New York). El italiano y el croata parecían entenderse bastante bien por eso de ser vecinos, e incluso una vez asistí a un surrealista concurso de insultos en sus idiomas nativos. Yo, a su vez, trataba más con el japonés, al que trataba de cubrir las espaldas cuando huia de una amiga suya que le acosaba sexualmente a diario. Sin embargo ninguno de nosotros teniamos una gran relación con la familia. Los adultos hablaban más conmigo, nuevamente por eso de ser el mayor, pero tampoco se fiaban demasiado. A fin de cuentas yo solo era una fuente de ingresos. El croata, por su parte, parecía tener mucha confianza con la hija mayor (el italiano decía que estaban liados), la cual nos miraba con abierto desprecio al resto. Y, como ya he dicho, el único que realmente disfrutaba de todo era el crio pequeño, al que de vez en cuando le colgaban del marco de la puerta del salón con un arnés y unas gomas elásticas , con los que daba saltitos y reia como un loco. Una vez te reponías del surrealista espectáculo, casi te daba envidia y todo.

Eso sí, durante esas semanas compartimos muchas cosas. Además de anécdotas y experiencias, de la comida rápida de nuestra madre adoptiva y los videos infantiles de la hija mediana, de la cultura propia de cada pais y la realidad de la vida en Inglaterra, allí compartimos... hongos!! Unos estúpidos hongos en la planta de los pies que picaban como mil demonios. Así que tuve que aprender a la fuerza (además de que una moqueta en el baño es una mala idea) que convivir con más gente puede tener consecuencias desagradables y no te puedes fiar de nadie. Y eso que era solo el principio de mi odisea...

Próximo capítulo, La gorrinera

12 de febrero de 2005

Home, bitter home (prólogo)

El verano de 1997 inicié sin saberlo el que sería un todavía inacabado periplo por diversos alojamientos de media Europa, a cada cual más surrealista, y en el que conocería a una infinidad de personas e infraseres de los cuales apenas recuerdo la mitad de los nombres y las caras. Unas veces por necesidad, otras veces por fatalidad, he tenido que cambiar de ubicación cada año (e incluso dos veces al año), viviendo experiencias más allá de las fantasías de los productores de Gran Hermano y que se resumen en esta sorprendente estadística:


  • Años vagando por el mundo: 8
  • Lugares de residencia hasta el momento: 11
  • Habitantes adicionales de mis lugares de residencia: 45 personas (y 3 perros)

No está mal para alguien con indicios de fobia social, ¿verdad? He de reconocer que no todas estas experiencias han sido buenas, y que de hecho he llegado a pasarlo realmente mal algunas veces; mi debilidad de caracter y mi tendencia a la ansiedad provocan que rehuya las discusiones y los enfrentamientos, algo inevitable en cualquier convivencia y que se puede resolver facilmente con el dialogo si hay buena voluntad por ambas partes (cosa bastante rara, por cierto). A la fuerza he aprendido a cohabitar con otras personas, aunque debo admitir que he llegado a un punto en el que me apetece terriblemente vivir solo y no tener que ceder siempre parcelas de mi libertad, mi tiempo o incluso mi dinero para que todo siga adelante. Soy perezoso en la cocina, no consigo planchar bien algunas prendas y de vez en cuando se me destiñe la ropa en la lavadora, pero después de este tiempo he demostrado de sobra que no necesito a nadie para sobrevivir. Ha sido una "mili" muy, muy larga.

Ya que con mis vivencias podría escribir una serie aún más absurda que Los Serrano y Siete vidas juntos, voy a aprovecharlas para crear una nueva serie de mensajes que se puedan publicar los dias que no tenga nada interesante que contar. No es que nadie me obligue a escribir a diario, pero es una rutina que me he impuesto en esta época de desempleo para mantener la mente ocupada y no caer en la tentación de pasarme el día viendo la tele en el sofa. Y porque estoy muy aburrido, que demonios.

Como en toda saga que se precie, hay un principio y un final. El final se intuye todavía lejano, pero existe un punto de partida del que es preciso que hable para entender la huida en línea recta que emprendí hace ya ocho años. Se trata de la población donde transcurrieron mis primeras 18 primaveras (alegoría bastante cierta, ya que nací un mes de Marzo) y de la que salí cagando leches en cuanto las circunstancias me lo permitieron. Legalmente tiene el título de "ciudad", pero todos sus habitantes lo siguen llamando...

EL PUEBLO

Me crié en un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, pero que paso de decir porque con todas las intimidades que estoy contando solo faltaría que con estos datos alguien me reconociera y me montara un escándalo (porque autógrafos dudo mucho que me pida nadie). En realidad no importa demasiado cual de ellos es, ya que practicamente todos comparten una serie de cualidades esenciales: mentalidad obtusa (aunque hospitalaria), enemistad con alguna población vecina, población fuertemente endogámica, unas fiestas patronales donde se bebe hasta morir, y la sensación de que el mundo entero les ignora (lo cual es cierto).

Aunque las cosas han cambiado considerablemente en estos años (sin que se hayan obrado milagros, se entiende), hay una serie de circunstancias de las que nadie puede escapar y que marcan a los manchegos. La primera de todas es el mismo hecho de ser manchego, ya que siempre hemos sido y seguimos siendo una de las "hermanas feas" del conjunto de comunidades de España. Por mucho que aumente la renta per capita se sigue dependiendo fuertemente de un negocio que zozobra desde hace tiempo, la agricultura, y que siempre nos va a mantener en los puestos más bajos de la tabla. Es por ello que se arrastra desde hace literalmente siglos un profundo sentimiento de odio a las comunidades ricas (por envidia, claro está), especialmente a Cataluña, lo que induce a mis paisanos muchas veces a celebrar y promover los comportamientos y lenguajes más garrulos posibles. Les voy a dar un ejemplo muy gráfico. ¿Alguien sigue el show de Cruz y Raya? Pues bien, la gran mayoría de "garruladas" que dicen y hacen las han sacado de mi pueblo (un día de estos cuento cómo y por qué) y son muy vigentes.

Otro elemento que marca muy mucho a cualquier castellanomanchego (excepto a los de Guadalajara, que esos ya no cuentan), es la situación geográfica. Si alguien consulta un mapa histórico y se remonta a seis siglos atrás, se dará cuenta de que antes no había nada. Nada de nada. La mayor parte del territorio es lo que antaño se conocía como Tierra de Nadie, la frontera natural entre los reinos cristianos y los musulmanes. Una vez acabó la Reconquista comenzaron a aparecer nuevos asentamientos, algunos de los cuales seguramente desaparecieron y otros se transformaron poco a poco en pueblos y ciudades. Hay que reconocer que los "pioneros" (no se rian, juro que a veces los llaman así) le echaron un par de cojones al asunto: pese a que poseemos un clima continental tirando a mediterraneo sigue siendo una zona muy seca, altamente dependiente de los pozos subterraneos, cuya tierra está asentada sobre una enorme capa de roca caliza (la tosca) que se encuentra a poca profundidad y de la que 600 años después todavía se extraen piedras en abundancia. Por todo ello es normal que tardara tanto tiempo en ser habitada y cultivada, y que apenas poseamos lugares históricos o entornos naturales atractivos que impulsen al turismo. Sin un flujo de personas tampoco se renuevan las ideas y por tanto se conserva la mentalidad cerrada y garrula que muchos pasean con orgullo. Bien es cierto que ahora se ha puesto de moda el turismo rural, pero eso no afecta a los nucleos urbanos medianos como el mio.

Por último, hay una consecuencia que deriva de las dos anteriores pero que se convierte en una importante razón en si misma: la relativa incomunicación de los pueblos. Con un estado más interesado en la exploración de América y las guerras en Europa que en sus propios asuntos internos, no hubo control sobre los asentamientos manchegos y cada uno se instaló más o menos donde le dio la gana. El resultado fue que alrededor de los nucleos urbanos ya existentes se apiñaron comunidades nuevas (caso de la capital, por ejemplo), mientras que en el resto del territorio las nuevas poblaciones pueden llegar a estar separadas hasta 30 km. unas de otras. Más aislamiento, más cerrazón. Resulta paradójico, pero pese a encontrarnos justo en medio del territorio nacional, mis paisanos desarrollaron una mentalidad isleña, impermeable al exterior y fuertemente endogámica. Cada pueblo es un pequeño islote en un interminable mar de cultivos que, debido al desinterés administrativo en proporcionar infraestructuras, solo podía ser atravesado primero en eternos viajes con pequeñas barcas de madera (carros de mulas) y más tarde en barcos de pesca (tractores), mercantes (camiones) o ferrys (autobuses). Ahora la dependencia del coche es casi absoluta, ya que cada vez hay menos estaciones de tren y más autovias, hasta tal punto que en el centro de las poblaciones se originan impresionantes atascos en hora punta, como si de Madrid o Valencia se tratara. Esto ha invertido de nuevo la tendencia de apertura que trajeron los primeros ferrocarriles, de manera que pueblos que solo distan 20 km. se ignoran mutuamente, hasta encontrarnos con que, por ejemplo, cada localidad ha desarrollado su propio vocabulario distintivo.

No me voy a extender en cómo transcurrió mi vida allí porque es bastante tópica y poco interesante. Me crié en una familia no excesivamente religiosa, estudié en un colegio gestionado por la parroquia, hice el bachiller en el instituto de mi pueblo y para no aburrirme formé parte de un grupo de teatro y de una asociación de folclore. Tuve la vida que puede esperar cualquier empollón con problemas de comunicación y tendencia al frikismo: frecuentes ataques verbales e incluso alguno físico; cierto rechazo por parte de mis compañeros; absoluto desinterés por parte de mis compañeras; poca o nula participación en actividades deportivas; objeto de continuas bromas (algunas muy pesadas) de aquellos a los que llamaba "pandilla de amigos"; incomprensión general del mundo. Al crecer me di cuenta de que mis ideas y mi forma de ser eran distintas no solo de las de la gente de mi edad, sino en general de todos mis paisanos. Por mucho que lo intentara no conseguía encajar en ese ambiente; siempre había algo que me hacía sentir incómodo, con lo que no estaba de acuerdo. Mi curiosidad natural hizo que desarrollara una mentalidad sorprendentemente abierta para la educación conservadora que había recibido y que con la llegada de la adolescencia comenzara a sentir que me ahogaba en ese entorno. Como si de una colonia Skrull o Borg se tratara (me pregunto quien plagió a quien), la gente actua como un solo ser, con una sola mente, consagrados hasta la parodia a preservar la vida en mi ciudad.

  • "¿Por qué no te vienes a trabajar el pueblo?"
  • "Tienes que echarte novia en el pueblo"
  • "¿Cuando vas a venir al pueblo?"
  • "Qué pasa, ¿ya no te gusta el pueblo?"
  • "A tí, ¿qué te ha hecho de malo el pueblo?"
  • "No se que tiene Alicante que no tenga el pueblo"

El pueblo esto, el pueblo lo otro... Si no fuera tan terrorífico a veces, resultaría incluso cómico. Pero cualquiera que haya cometido el sacrilegio de abandonar "el pueblo" y no tenga intención de volver es considerado poco menos que un traidor y ya no se le trata igual que antes (eso considerando que sigas compartiendo ciertas ideas; otro día tengo que contar lo que pasó cuando descubrí que era más ateo que Nietzsche). Tras una aburridísima adolescencia en la que lo más "salvaje" que hice fue comprar un comic Hentai, estaba tan agobiado que no me lo pensé dos veces y solicité una beca de verano para largarme a Inglaterra (siempre se me han dado bien los idiomas) y respirar.

Así comenzó mi periplo, un gran viaje todavía en curso que no se a dónde me llevará y para el que me temo que no hay marcha atrás.

Próximo capítulo: The Crowded House.