No lo harán. Se que no lo harán. Nunca se atreverían a romper las reglas. Que para algo las han escrito ellos. Quizás hagan algo de comedia, puede que unas cuantas amenazas, incluso alguna denuncia que otra, pero no pasará de ahí. Por la cuenta que les trae. Y porque son demasiado petulantes, engreídos y cobardes para arriesgarlo todo por una bronca. Que no es que les fuera a faltar de nada (privilegiados como son la mayoría), pero es lo que tiene el poder, que engancha. Y para eso no hay rehabilitación que valga.
No obstante, sería hermoso. Apoteósico. Poético incluso. Porque después de tanta sonrisa falsa, tantos niños besados, tantos mítines populistas, tantas soflamas demagógicas, por fin demostrarían que son humanos. Con todo lo que conlleva. La irracionalidad. La ira. La violencia. Que cayeran las máscaras y salieran a relucir sus más bajos instintos, enfrentandose con sus puñitos inmaculados en vez de matarse de aburrimiento a base de discursos. Como debe ser. Como debió ser siempre. Defender sus posturas a hostia limpia, sin escudarse en tecnicismos, sin recurrir a lacayos, sin acuerdos pagados con maletines. O tu o yo. O mis ideas o las tuyas. Hasta que uno bese la lona. Y aquí no hay centro que valga. Eso sí que sería política.
La verdad es que me conformaría con menos. O con más, según se mire. Si algo me gustaría es que empezaran a tirar de la manta. A sacar trapos sucios. A pegarse puñaladas traperas. Hasta que, finalmente, el decorado se viniera abajo y pudiéramos saber la VERDAD. Así, con mayúsculas y negrita. Poder echar una mirada a los engranajes de nuestra ¿democracia? y ver todo lo bueno y lo malo que hay debajo. Quién nos ha robado. Quién nos han salvado el culo. Quién ha trabajado para nuestro beneficio y quién para el suyo propio. Quién piensa por su cuenta y quién es un marioneta de otros. Quién se merecía gobernar y quién no.
Saber, en definitiva, si estábamos haciendo lo correcto o si hemos sido unos gilipollas por confiar en ellos.
Aunque, quizás, eso es lo que no queremos. Descubrir lo pardillos que somos. O que las cosas no van tan mal después de todo. Que si nos hubiéramos implicado un poquito más, si nos hubiéramos quejado cuando tocaba, si nos hubiéramos levantado del sofá más a menudo, quizás nos tendrían más respeto y todo hubiera ido mejor. O puede que no. Quién sabe. En cualquier caso no creo que lo averigüemos por ahora. Si ni siquiera las deudas (la hipoteca, los muebles, el coche, la compra mensual de cómics) nos pesan lo suficiente para protestar, cuanto menos unos ideales en los que ellos, desde luego, no creen. Faltaría más. Cualquiera se arriesga. Que una cosa es manifestarse y otra desequilibrar el estado del bienestar. Y aquí otra cosa no, pero, de momento, vivimos muy bien.
En fin, siempre nos quedará Taiwan.
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9 de marzo de 2007
15 de febrero de 2007
Culpable
Sí, he caído. Como todos. Al menos los que tienen pareja. Y se hablan con ella, claro. Porque los que están solos tienen razones de sobra para odiar este día, este país y a la humanidad entera si hace falta. Joder, yo lo hacía. Deberían prohibirlo. Y muchos otros, ya de paso. Pero el caso es que para los que sí tenemos es difícil (qué coño, casi imposible) no sentirse culpable si uno no ha comprado algo. Aunque sea una rosa medio mustia en una esquina. O una corbata en el metro. Lo que sea con tal de no quedar peor que los demás. O que parezca que no te acuerdas de ella. O de él. O de ellos o ellas (que cada cual es muy libre de tener las parejas que quiera). Porque nos guste o no vivimos en el primer mundo y aquí todo pasa por caja. Por muy románticos que nos pongamos. A fin de cuentas las cenas cuestan dinero. Y los anillos. Y los bombones. Y la lencería erótica. Hasta para follar -seguro, allá cada uno con su vida- hay que comprar condones. O la píldora, qué más da. Se nos llena tanto la boca con lo injusto que es el mundo, con lo mal repartida que está la riqueza, con las desgracias que vemos todo el día en la tele y al final hasta para demostrar los sentimientos sacamos la cartera. Que no es obligatorio, obviamente. Y que mi chica lo sabe, y yo lo sé, y a pesar de la distancia y las dudas y los problemas los dos lo sabemos y no hace falta nada más. Pero aun así, hemos caído. Como todos. Porque somos parte del sistema. Consumo, luego existo. Y como a toda parte de este sistema, nos gusta que nos hagan regalos.
Y si es para decir "te quiero", a ver quién tiene cojones a negarse...
P.S. Y yo a ti.
Y si es para decir "te quiero", a ver quién tiene cojones a negarse...
P.S. Y yo a ti.
30 de noviembre de 2006
Que la Fuerza nos pille confesados
- [...] Creo que sé quién pudo difundir los archivos.
- ¿Quién?
- Mi hermanastro, Loki. Un mensajero de Asgard me advirtió de que había escapado de su cautiverio una vez más y había viajado a Midgard para hacer todo lo posible por...
- Thor, por favor.
- ¿Qué?
- Cállate.
- Tú vas a misa todos los domingos, Capitán. Lo que te cuento no es más raro que eso.
The Ultimates vol. 2, 2.
Hace un par de semanas dos autoproclamados Jedi presentaron ante el consejo de las Naciones Unidas una propuesta para que se reconocieran sus derechos. O, cuanto menos, que el día internacional de la paz fuera cambiado por el día intergaláctico de la paz (sic). Esta iniciativa surge a partir del dato de que en el censo británico de 2001 unas 400000 personas eligieron esa opción en el apartado de creencias, con lo que sería la cuarta religión en número de adeptos. Si fuera oficial, claro. Porque lo cierto es que probablemente nadie les tomará nunca en serio, ni aunque se estableciera un culto a la fuerza perfectamente estructurado y organizado, con unas creencias sólidas y coherentes, y un elevado número de adeptos. A fin de cuentas, estamos hablando de una religión basada en la obra de ciencia-ficción creada por una sola persona. ¿Verdad que resulta ridículo? Oh, espera, que eso ya existe. Se llama Cienciología. Y aunque a sus espaldas todos los llaman "secta", lo cierto es que nadie ha conseguido quitarles el título de "Iglesia". Por una razón muy sencilla:
Porque tienen dinero a espuertas.
Si con las aportaciones de todos los creyentes en la fuerza se construyera una réplica a tamaño real del edificio del consejo Jedi en una urbanización de Madrid, seguramente la gente empezaría a tratarles con más respeto (en vez de llamarles "tarados" como ahora). Pero además de pocos y mal (o nada) organizados, los que se han atrevido -en broma o en serio- a declararlo como sus creencias oficiales no han aportado un duro por la causa. Y sin dinero no hay poder.
Pero quizás eso tampoco sería suficiente. Probablemente pasaría mucho tiempo hasta que fuera aceptado por la sociedad. Quizás un par de miles de años. Recuerdo haber leido en alguna parte que el mayor logro del diablo es que la gente no crea en su existencia. El mayor logro de las religiones mayoritarias es que creamos en su respetabilidad. Llevan tanto tiempo con nosotros y han conseguido infiltrarse tanto en la sociedad que casi han conseguido acabar con nuestra objetividad en la materia. Es lo que ocurre cuando a la gente le repites la misma frase un millón de veces; sea verdad o mentira, al final se lo acabarán creyendo. Eso los políticos lo saben muy bien. De hecho no es que haya demasiado diferencia entre unos y otros, sobre todo cuando los primeros se dieron cuenta de que la única forma de garantizarse el control espiritual de un país era conseguir también el control social. Sin política tampoco hay poder.
Aún a regañadientes, debo admitir que la religión ha formado parte de la humanidad casi desde sus principios, por lo que los intentos de erradicarla por completo es poco menos que una utopía. Pero al menos puedo permitirme el lujo de imaginar el día en que se conviertan en una cuestión (y una decisión) meramente personal y privada, sin imposiciones ni injerencias en otros asuntos. Soñar es gratis. Porque mientras existan religiones monoteistas, existirá una competición por el control de las almas. Y también más de una guerra. A fin de cuentas en eso se basan sus creencias: ellos tienen razón y los demás son unos herejes (¡a la hoguera con ellos!). Es por eso que la que nos toca en suerte por nuestra cultura se ocupa de lavarnos el cerebro para que cualquiera nueva competidora sea vista como algo ridículo, algo esencial para no perder su posición. No hay más que ver cómo han conseguido que nuevamente el presidente del gobierno se baje los pantalones y se imponga la enseñanza de la religión en un sistema educativo laico (incluso en la asignatura alternativa, que ya sabemos todos por donde irán los tiros). De hecho es tanta la influencia que ejercen que incluso los que dejan de creer en ellos usan el título de "católicos no practicantes", como si les diera miedo admitir su agnosticismo (o ateismo). Pues a mi no me jodas. Si no vas a sus misas, no sigues su preceptos y no te crees lo que te cuentan entonces no eres católico, coño.
Personalmente, creo que ya va siendo hora de dar un paso adelante. O atrás, como se quiera. Porque aquí o jugamos todos o tiramos la puta al río (con perdón). O aceptamos que en la intimidad cada uno puede creer lo que le de la gana (siempre y cuando no te de por masacrar a tus vecinos, claro), ya sea en Dios, la Fuerza o el Olimpo al completo, o empezamos a asumir que después de todo no pasaría nada si no invirtiéramos tanto tiempo, dinero y esfuerzos en algo que no podemos tocar ni demostrar, tan solo por la vana esperanza de conseguir algún tipo de beneficio. Que ya vamos siendo todos mayorcitos.
Aunque, la verdad, si siguiéramos ese razonamiento nadie jugaría a la lotería...
- ¿Quién?
- Mi hermanastro, Loki. Un mensajero de Asgard me advirtió de que había escapado de su cautiverio una vez más y había viajado a Midgard para hacer todo lo posible por...
- Thor, por favor.
- ¿Qué?
- Cállate.
- Tú vas a misa todos los domingos, Capitán. Lo que te cuento no es más raro que eso.
The Ultimates vol. 2, 2.
Hace un par de semanas dos autoproclamados Jedi presentaron ante el consejo de las Naciones Unidas una propuesta para que se reconocieran sus derechos. O, cuanto menos, que el día internacional de la paz fuera cambiado por el día intergaláctico de la paz (sic). Esta iniciativa surge a partir del dato de que en el censo británico de 2001 unas 400000 personas eligieron esa opción en el apartado de creencias, con lo que sería la cuarta religión en número de adeptos. Si fuera oficial, claro. Porque lo cierto es que probablemente nadie les tomará nunca en serio, ni aunque se estableciera un culto a la fuerza perfectamente estructurado y organizado, con unas creencias sólidas y coherentes, y un elevado número de adeptos. A fin de cuentas, estamos hablando de una religión basada en la obra de ciencia-ficción creada por una sola persona. ¿Verdad que resulta ridículo? Oh, espera, que eso ya existe. Se llama Cienciología. Y aunque a sus espaldas todos los llaman "secta", lo cierto es que nadie ha conseguido quitarles el título de "Iglesia". Por una razón muy sencilla:
Porque tienen dinero a espuertas.
Si con las aportaciones de todos los creyentes en la fuerza se construyera una réplica a tamaño real del edificio del consejo Jedi en una urbanización de Madrid, seguramente la gente empezaría a tratarles con más respeto (en vez de llamarles "tarados" como ahora). Pero además de pocos y mal (o nada) organizados, los que se han atrevido -en broma o en serio- a declararlo como sus creencias oficiales no han aportado un duro por la causa. Y sin dinero no hay poder.
Pero quizás eso tampoco sería suficiente. Probablemente pasaría mucho tiempo hasta que fuera aceptado por la sociedad. Quizás un par de miles de años. Recuerdo haber leido en alguna parte que el mayor logro del diablo es que la gente no crea en su existencia. El mayor logro de las religiones mayoritarias es que creamos en su respetabilidad. Llevan tanto tiempo con nosotros y han conseguido infiltrarse tanto en la sociedad que casi han conseguido acabar con nuestra objetividad en la materia. Es lo que ocurre cuando a la gente le repites la misma frase un millón de veces; sea verdad o mentira, al final se lo acabarán creyendo. Eso los políticos lo saben muy bien. De hecho no es que haya demasiado diferencia entre unos y otros, sobre todo cuando los primeros se dieron cuenta de que la única forma de garantizarse el control espiritual de un país era conseguir también el control social. Sin política tampoco hay poder.
Aún a regañadientes, debo admitir que la religión ha formado parte de la humanidad casi desde sus principios, por lo que los intentos de erradicarla por completo es poco menos que una utopía. Pero al menos puedo permitirme el lujo de imaginar el día en que se conviertan en una cuestión (y una decisión) meramente personal y privada, sin imposiciones ni injerencias en otros asuntos. Soñar es gratis. Porque mientras existan religiones monoteistas, existirá una competición por el control de las almas. Y también más de una guerra. A fin de cuentas en eso se basan sus creencias: ellos tienen razón y los demás son unos herejes (¡a la hoguera con ellos!). Es por eso que la que nos toca en suerte por nuestra cultura se ocupa de lavarnos el cerebro para que cualquiera nueva competidora sea vista como algo ridículo, algo esencial para no perder su posición. No hay más que ver cómo han conseguido que nuevamente el presidente del gobierno se baje los pantalones y se imponga la enseñanza de la religión en un sistema educativo laico (incluso en la asignatura alternativa, que ya sabemos todos por donde irán los tiros). De hecho es tanta la influencia que ejercen que incluso los que dejan de creer en ellos usan el título de "católicos no practicantes", como si les diera miedo admitir su agnosticismo (o ateismo). Pues a mi no me jodas. Si no vas a sus misas, no sigues su preceptos y no te crees lo que te cuentan entonces no eres católico, coño.
Personalmente, creo que ya va siendo hora de dar un paso adelante. O atrás, como se quiera. Porque aquí o jugamos todos o tiramos la puta al río (con perdón). O aceptamos que en la intimidad cada uno puede creer lo que le de la gana (siempre y cuando no te de por masacrar a tus vecinos, claro), ya sea en Dios, la Fuerza o el Olimpo al completo, o empezamos a asumir que después de todo no pasaría nada si no invirtiéramos tanto tiempo, dinero y esfuerzos en algo que no podemos tocar ni demostrar, tan solo por la vana esperanza de conseguir algún tipo de beneficio. Que ya vamos siendo todos mayorcitos.
Aunque, la verdad, si siguiéramos ese razonamiento nadie jugaría a la lotería...
25 de noviembre de 2006
Involución
Puedes rechazar tu educación, tus creencias, tu cultura, tu religión e incluso tus genes. Puedes convertirte en una persona completamente distinta, transformarte de arriba a abajo hasta ser irreconocible. Puedes tomar las riendas de tu destino y vivir la vida que tu elijas. Pero por mucho que te esfuerces, por mucho que reniegues, hay algo de lo que es practicamente imposible escapar: tu pueblo.
Ahora es cuando alguien argumentará que no todos somos de pueblo. Yo no lo creo así. Salvo quizás Barcelona (aunque me suena más a tópico que a realidad) no creo que exista ningún lugar en este país que realmente se merezca el calificativo de ciudad. Ni siquiera la capital. Qué coño, especialmente la capital. Somos un conglomerado de pueblos más o menos grandes y con mayor o menor renta que apenas si se han terminado de creer que somos parte del primer mundo. Ya no digamos parecerlo realmente. Por muchos edificios ultramodernos con formas fálicas, faraónicas obras de ingeniería, programas de (supuesta) informatización total o extensos programas de servicios que nos inventemos para distinguirnos de los demás, en el fondo (y no tan en el fondo) sigue latiendo el mismo espíritu de comunidad pequeña y cerrada de mollera que hace varios cientos de años. Y lo que te rondaré, morena.
El magnetismo del pueblo puede incluso con los más recalcitrantes. Lo se, porque yo soy uno de ellos. Uno de esos que no para de echar pestes de sus orígenes y en cuanto pone un pie allí le cambia el acento, utiliza sin darse cuenta palabras que ya casi había ovidado y empieza a salivar en anticipación al plato de [insértese aquí comida típica] que se va a meter entre pecho y espalda en cuanto llegue a su casa. Es como un agujero negro que te atrae y luego no te deja escapar de su interior. La kriptonita que desarma todas tus defensas en cuanto te acercas. Ya puedes tener varias carreras, hablar diez idiomas y ser diplomático en la ONU, que cuando estés en tu pueblo olvidarás todo y te reirás recordando con tus antiguos compañeros de escuela las barbaridades que hacíais a los 12 años (en la mayoría de las cuales salía perjudicado un animal, un jubilado o parte del mobiliario urbano). Y si después os emborrachais, hasta es posible que las repitais y todo...
Por muy modernos que nos creamos, en el fondo nos gusta ser de pueblo, por lo que de comunidad cerrada y supuestamente unida supone. Porque significa que, además de pertenecer a un lugar en el que se nos aprecia y se nos valora (o al menos eso nos creemos, que luego hay sorpresas), podemos dejar de lado las imposiciones y las pretensiones de lo que se supone que es un país civilizado (¡Ja!) para comportarnos como realmente seguimos siendo: unos borricos. A medio camino entre el anonimato de la multitud y una cierta falta de educación, el hecho de ser un pueblo nos sirve de excusa para llevar a cabo acciones que, de otra manera, provocaría una enorme vergüenza ajena. Sobre todo cuando además enarbolamos la bandera de la tradición, ese gran mcguffin cultural que nadie se cuestiona. De otra manera no podríamos liarnos a tomatazos, calarnos hasta los huesos, beber hasta el coma etílico, maltratar y matar animales con la mayor crueldad posible, comer de forma pantagruélica y realizar los concursos más extravagantes sin que el mundo entero piense que somos gilipollas. Que a lo mejor lo hacen. Pero para eso somos un pueblo. Todos a una y tal. Y que luego de la cara el señor alcalde.
Creo que muchos problemas de este país se solucionarían si nos pudiéramos tragar el orgullo y reconocer que aún nos queda bastante camino hasta llegar al primer mundo. Y partir de ahí para avanzar poco a poco, sin prisa, asentando los cimientos antes de seguir construyendo como locos. Porque somos como esos ricos paletos de los chistes y las películas, con sus "haigas" y esos trajes caros que les sientan mal, creyendo que el dinero les va a proporcionar una cultura que no tienen. Aunque, eso sí, con prejuicios. Porque lo primero que se te pega es la forma de mirar por encima a los demás, aunque sigas siendo tan ignorante como siempre. Que no hay más que ver qué pronto se nos ha olvidado nuestra etapa de inmigrantes y cómo tratamos a los que nos llegan ahora a nosotros.
Pero, claro, ellos no son de nuestro pueblo...
Ahora es cuando alguien argumentará que no todos somos de pueblo. Yo no lo creo así. Salvo quizás Barcelona (aunque me suena más a tópico que a realidad) no creo que exista ningún lugar en este país que realmente se merezca el calificativo de ciudad. Ni siquiera la capital. Qué coño, especialmente la capital. Somos un conglomerado de pueblos más o menos grandes y con mayor o menor renta que apenas si se han terminado de creer que somos parte del primer mundo. Ya no digamos parecerlo realmente. Por muchos edificios ultramodernos con formas fálicas, faraónicas obras de ingeniería, programas de (supuesta) informatización total o extensos programas de servicios que nos inventemos para distinguirnos de los demás, en el fondo (y no tan en el fondo) sigue latiendo el mismo espíritu de comunidad pequeña y cerrada de mollera que hace varios cientos de años. Y lo que te rondaré, morena.
El magnetismo del pueblo puede incluso con los más recalcitrantes. Lo se, porque yo soy uno de ellos. Uno de esos que no para de echar pestes de sus orígenes y en cuanto pone un pie allí le cambia el acento, utiliza sin darse cuenta palabras que ya casi había ovidado y empieza a salivar en anticipación al plato de [insértese aquí comida típica] que se va a meter entre pecho y espalda en cuanto llegue a su casa. Es como un agujero negro que te atrae y luego no te deja escapar de su interior. La kriptonita que desarma todas tus defensas en cuanto te acercas. Ya puedes tener varias carreras, hablar diez idiomas y ser diplomático en la ONU, que cuando estés en tu pueblo olvidarás todo y te reirás recordando con tus antiguos compañeros de escuela las barbaridades que hacíais a los 12 años (en la mayoría de las cuales salía perjudicado un animal, un jubilado o parte del mobiliario urbano). Y si después os emborrachais, hasta es posible que las repitais y todo...
Por muy modernos que nos creamos, en el fondo nos gusta ser de pueblo, por lo que de comunidad cerrada y supuestamente unida supone. Porque significa que, además de pertenecer a un lugar en el que se nos aprecia y se nos valora (o al menos eso nos creemos, que luego hay sorpresas), podemos dejar de lado las imposiciones y las pretensiones de lo que se supone que es un país civilizado (¡Ja!) para comportarnos como realmente seguimos siendo: unos borricos. A medio camino entre el anonimato de la multitud y una cierta falta de educación, el hecho de ser un pueblo nos sirve de excusa para llevar a cabo acciones que, de otra manera, provocaría una enorme vergüenza ajena. Sobre todo cuando además enarbolamos la bandera de la tradición, ese gran mcguffin cultural que nadie se cuestiona. De otra manera no podríamos liarnos a tomatazos, calarnos hasta los huesos, beber hasta el coma etílico, maltratar y matar animales con la mayor crueldad posible, comer de forma pantagruélica y realizar los concursos más extravagantes sin que el mundo entero piense que somos gilipollas. Que a lo mejor lo hacen. Pero para eso somos un pueblo. Todos a una y tal. Y que luego de la cara el señor alcalde.
Creo que muchos problemas de este país se solucionarían si nos pudiéramos tragar el orgullo y reconocer que aún nos queda bastante camino hasta llegar al primer mundo. Y partir de ahí para avanzar poco a poco, sin prisa, asentando los cimientos antes de seguir construyendo como locos. Porque somos como esos ricos paletos de los chistes y las películas, con sus "haigas" y esos trajes caros que les sientan mal, creyendo que el dinero les va a proporcionar una cultura que no tienen. Aunque, eso sí, con prejuicios. Porque lo primero que se te pega es la forma de mirar por encima a los demás, aunque sigas siendo tan ignorante como siempre. Que no hay más que ver qué pronto se nos ha olvidado nuestra etapa de inmigrantes y cómo tratamos a los que nos llegan ahora a nosotros.
Pero, claro, ellos no son de nuestro pueblo...
22 de noviembre de 2006
NO ERES ESPECIAL
Ni original. Ni extraordinario. Desengáñate. Eres exactamente igual que todos los demás. Hecho de la misma carne. Sometido a las mismas reglas. Preso de tus genes, tu educación, tu condición social. Formas parte de este planeta, te guste o no, y por tanto no hay nada que puedas hacer o pensar que no lo haya hecho o pensado alguien antes que tú. Y probablemente mucho mejor.
Quizás no te guste la palabra "normal", pero lo eres. Tan vulgar como todos los demás. Comes, bebes, duermes, cagas y meas. Follas si puedes. Cuando te pinchan sangras y si te pica te rascas. Puede que te creas raro, diferente, fuera de lo común. Pero no lo eres. No eres único. No eres original. Hay, ha habido y habrá cientos de personas iguales que tú. Miles. Puede que millones. Todos con los mismos sueños, esperanzas, ambiciones, vicios, defectos. Eres una copia de una copia de una copia. Trágate el orgullo y asúmelo de una vez.
Cabreate. Protesta. Grita. Echa a correr. Puedes huir, pero no esconderte de la verdad. No eres especial ni lo serás nunca. Eres exactamente igual que tus amigos, tus compañeros, tus vecinos. Los que salen por la tele. La gente con la que te cruzas por la calle. Así que cállate y deja de pensar en los demás. En marcar la diferencia y destacar entre la multitud. Porque por muy raro, excéntrico o extravagante que te creas, no has inventado nada nuevo. Y ni falta que hace.
Haz lo que te de la gana. Como te de la gana. Cuando te de la gana. Sabes que no estás solo. Que no eres el único. Pasa de todo y déjate llevar. Ten la cabeza bien alta y sigue tu camino. Simplemente se tu mismo, coño. Porque la vida es demasiado corta para competir con los demás. Y al final todos vamos a llegar al mismo sitio...
Quizás no te guste la palabra "normal", pero lo eres. Tan vulgar como todos los demás. Comes, bebes, duermes, cagas y meas. Follas si puedes. Cuando te pinchan sangras y si te pica te rascas. Puede que te creas raro, diferente, fuera de lo común. Pero no lo eres. No eres único. No eres original. Hay, ha habido y habrá cientos de personas iguales que tú. Miles. Puede que millones. Todos con los mismos sueños, esperanzas, ambiciones, vicios, defectos. Eres una copia de una copia de una copia. Trágate el orgullo y asúmelo de una vez.
Cabreate. Protesta. Grita. Echa a correr. Puedes huir, pero no esconderte de la verdad. No eres especial ni lo serás nunca. Eres exactamente igual que tus amigos, tus compañeros, tus vecinos. Los que salen por la tele. La gente con la que te cruzas por la calle. Así que cállate y deja de pensar en los demás. En marcar la diferencia y destacar entre la multitud. Porque por muy raro, excéntrico o extravagante que te creas, no has inventado nada nuevo. Y ni falta que hace.
Haz lo que te de la gana. Como te de la gana. Cuando te de la gana. Sabes que no estás solo. Que no eres el único. Pasa de todo y déjate llevar. Ten la cabeza bien alta y sigue tu camino. Simplemente se tu mismo, coño. Porque la vida es demasiado corta para competir con los demás. Y al final todos vamos a llegar al mismo sitio...
17 de noviembre de 2006
(Sin) Futuro
Siempre he sentido una gran admiración y no menos envidia por aquellas personas que desde pequeñitos sabían con claridad qué oficio iban a escoger de mayores. Como Rafa Nadal en el anuncio de su madre. Los que ya en la cuna les daba por hacer casitas con cualquier cosa y acabaron diseñando Marina D'Or, o que de niños tuvieron mil mascotas y al final se hicieron veterinarios (o peluqueros caninos, que da más dinero). Esa vocación inquebrantable que les impulsa a hacer todo lo posible e incluso lo imposible para conseguir dedicarse a aquello que les gusta, luchando contra las circunstancias, el disgusto de sus padres, las trabas burocráticas y cuanto obstáculo se interponga en su camino. Igual que los especuladores inmobiliarios, mismamente.
Aquí un servidor nunca ha tenido claro que quería ser cuando era un crio (ni lo he decidido todavía y eso que ya me queda poco para la treintena). Eso no quiere decir que no haya soñado alguna vez con ser tal o cual cosa, aunque la verdad es que nunca he sido demasiado original: que si médico, que si astronauta, que si informático (¡Ja!)... El hecho de que acabara estudiando Traducción e Interpretación de Inglés (una carrera de letras, a pesar de que yo era de ciencias) fue más una decisión casual que una auténtica motivación, por aquello de que los idiomas no se me daban mal y parecía una carrera interesante. Y lo es. Vale, la mayoría de los que la hicimos estamos en el paro o trabajando en cualquier otra cosa, pero, qué coño, fueron cuatro años interesantes. En cualquier caso no me siento excesivamente frustrado por no poder trabajar en mi campo. Total, ¿quién lo consigue realmente? Pues anda que no hay ingenieros sirviendo cafés...
El caso es que dando vueltas al tema (es lo que tiene estar parado, que solo piensas en trabajar (y cuando por fin tienes trabajo solo piensas en las vacaciones)) me he dado cuenta de que sí hay algo a lo que sí jugaba en mi casa con lo primero que tenía a mano cuando apenas levantaba tres palmos del suelo. Un oficio que de vez en cuando me arranca una pequeña punzada de envidia desde el subconsciente profundo. Una pequeña vocación oculta en lo más recóndito de mi psique y que por mucho que me empeñe en ignorar a veces logra salir a la superficie. Ni más ni menos que ser...
... oficinista.
Lo se, manda cojones. De hecho por más que me estruje los sesos no consigo averiguar de dónde ha surgido este deseo tan absurdo, poco original y totalmente alienante de querer encerrarme de por vida en una oficina entre montañas de informes, compañeros trepas, jefes cabrones y un horario inamovible de 8 a 6 (más horas extras no retribuidas) hasta el día de mi jubilación. Que cogeré con ganas. Cuanto más por el hecho de considerarme -en cierta manera- un espíritu libre (culo de mal asiento, mas bien) al que le cuesta seguir una rutina durante demasiado tiempo y que nunca ha trabajado más de doce meses seguidos en ninguna parte. Eso sin mencionar que me echaron a patadas (educadamente, pero a patadas) del único empleo serio que he tenido...
Quizás es una cuestión de fetichismo. Porque perversiones sexuales aparte (ejem...) siempre he sentido una especial querencia por todo lo que estuviera impreso en papel. Solo así se puede explicar mi cada vez más abultada colección de cómics, novelas, guías temáticas, mapas, gramáticas, diccionarios e incluso un montón de revistas que no he vuelto a leer nunca. Y aun así me da pena tirar (vale, excepto las pornográficas). Eso por no mencionar ese cosquilleo en la base del estómago que me produce el olor de las papelerías: los lápices nuevos, las gomas de borrar frescas, la tinta de los rotuladores. Bueno, la verdad es que los vapores de los rotuladores producen otros efectos, pero ese no es el tema. El caso es que es posible que mi superyo (¿o era mi ego?) me impulse a elegir un oficio en el que esté rodeado de informes, memorandos, bolígrafos, sellos, clips y postits, en una especie de regresión a mi época escolar. De hecho la única diferencia es que aquí me echaría las broncas el subdirector en vez de la maestra...
Sea como fuere esta es una verdad que no puedo rehuir. Aunque me joda. Aunque me haya pasado media vida buscando un lugar especial en el mundo en el que pueda distinguirme de los demás, sin tener que madrugar por las mañanas, usar corbata y chaqueta incluso en verano (bueno, especialmente en verano, para no coger una pulmonía con el aire acondicionado) y aguantando las gilipolleces de un superior que solo llegó al puesto porchupársela ser sobrino del presidente de la compañía. Soñar es gratis, supongo. Y quizás mi problema haya sido precisamente ese. Quizás en vez de intentar nadar contra corriente todo el tiempo sin saber a dónde voy tendría que haberme dejado llevar por mis instintos más primarios y aceptar lo que realmente soy: un chaval de pueblo educado para ser un currito como otro cualquiera, que como es demasiado vago para trabajar en una obra y no tiene la suficiente ambición en la vida para buscar un puesto importante, sueña con tener algún día un despacho propio en una empresa o un banco y una secretaria que se la chupe debajo de la mesa le haga la mayor parte del papeleo para que se pueda pasar el resto del día escribiendo gilipolleces en el blog. Vamos, más o menos lo que hago ahora, pero con doce pagas al año más una o dos extraordinarias. Y la cesta de Navidad.
Si lo llego a saber, me meto en la FP y me dejo de tonterías...
Aquí un servidor nunca ha tenido claro que quería ser cuando era un crio (ni lo he decidido todavía y eso que ya me queda poco para la treintena). Eso no quiere decir que no haya soñado alguna vez con ser tal o cual cosa, aunque la verdad es que nunca he sido demasiado original: que si médico, que si astronauta, que si informático (¡Ja!)... El hecho de que acabara estudiando Traducción e Interpretación de Inglés (una carrera de letras, a pesar de que yo era de ciencias) fue más una decisión casual que una auténtica motivación, por aquello de que los idiomas no se me daban mal y parecía una carrera interesante. Y lo es. Vale, la mayoría de los que la hicimos estamos en el paro o trabajando en cualquier otra cosa, pero, qué coño, fueron cuatro años interesantes. En cualquier caso no me siento excesivamente frustrado por no poder trabajar en mi campo. Total, ¿quién lo consigue realmente? Pues anda que no hay ingenieros sirviendo cafés...
El caso es que dando vueltas al tema (es lo que tiene estar parado, que solo piensas en trabajar (y cuando por fin tienes trabajo solo piensas en las vacaciones)) me he dado cuenta de que sí hay algo a lo que sí jugaba en mi casa con lo primero que tenía a mano cuando apenas levantaba tres palmos del suelo. Un oficio que de vez en cuando me arranca una pequeña punzada de envidia desde el subconsciente profundo. Una pequeña vocación oculta en lo más recóndito de mi psique y que por mucho que me empeñe en ignorar a veces logra salir a la superficie. Ni más ni menos que ser...
... oficinista.
Lo se, manda cojones. De hecho por más que me estruje los sesos no consigo averiguar de dónde ha surgido este deseo tan absurdo, poco original y totalmente alienante de querer encerrarme de por vida en una oficina entre montañas de informes, compañeros trepas, jefes cabrones y un horario inamovible de 8 a 6 (más horas extras no retribuidas) hasta el día de mi jubilación. Que cogeré con ganas. Cuanto más por el hecho de considerarme -en cierta manera- un espíritu libre (culo de mal asiento, mas bien) al que le cuesta seguir una rutina durante demasiado tiempo y que nunca ha trabajado más de doce meses seguidos en ninguna parte. Eso sin mencionar que me echaron a patadas (educadamente, pero a patadas) del único empleo serio que he tenido...
Quizás es una cuestión de fetichismo. Porque perversiones sexuales aparte (ejem...) siempre he sentido una especial querencia por todo lo que estuviera impreso en papel. Solo así se puede explicar mi cada vez más abultada colección de cómics, novelas, guías temáticas, mapas, gramáticas, diccionarios e incluso un montón de revistas que no he vuelto a leer nunca. Y aun así me da pena tirar (vale, excepto las pornográficas). Eso por no mencionar ese cosquilleo en la base del estómago que me produce el olor de las papelerías: los lápices nuevos, las gomas de borrar frescas, la tinta de los rotuladores. Bueno, la verdad es que los vapores de los rotuladores producen otros efectos, pero ese no es el tema. El caso es que es posible que mi superyo (¿o era mi ego?) me impulse a elegir un oficio en el que esté rodeado de informes, memorandos, bolígrafos, sellos, clips y postits, en una especie de regresión a mi época escolar. De hecho la única diferencia es que aquí me echaría las broncas el subdirector en vez de la maestra...
Sea como fuere esta es una verdad que no puedo rehuir. Aunque me joda. Aunque me haya pasado media vida buscando un lugar especial en el mundo en el que pueda distinguirme de los demás, sin tener que madrugar por las mañanas, usar corbata y chaqueta incluso en verano (bueno, especialmente en verano, para no coger una pulmonía con el aire acondicionado) y aguantando las gilipolleces de un superior que solo llegó al puesto por
Si lo llego a saber, me meto en la FP y me dejo de tonterías...
11 de noviembre de 2006
17
Quizás no debería decir esto. A fin de cuentas los hombres (en sentido masculino, no neutro) llevamos toda la vida refutando esta teoría. Por la cuenta que nos trae, claro. Pero hay realidades que no se pueden ignorar y, al menos en mi caso, no deja de ser una verdad como un templo: a pesar de mis 27 años, el pelo canoso, una vida laboral que ya llena una página y experiencias de sobra para aburrir contar a los nietos (si es que algún día los tengo) aún sigo en la adolescencia. Y no soy el único.
A las pruebas me remito. Con eso no estoy hablando de los cómics, los videojuegos, la pornografía y demás. Que también podría incluirse, pero son un tema aparte. No, se trata más bien de una actitud vital, de una forma de enfrentarse a la existencia y a los problemas que esta representa. Es decir, evitarlos en la medida de lo posible. O ignorarlos por completo, si te puedes permitir ese lujo. A esta pachorra contribuye en gran medida que haya tenido que exiliarme temporalmente en casa de mis padres y el hecho de no tener un duro. Solo falta que vuelvan a ponerme una paga semanal. Pero la verdad es que incluso en los momentos en los que tenía una relativa independencia (muy relativa, todo sea dicho), he seguido manteniendo las mismas posturas y pensamientos que tenía a los 17. Viviendo por mi cuenta, eso sí.
A pesar de todas las connotaciones negativas que ser un adolescente a los 30 años pueda tener (y del cachondeo que genere), lo cierto es que no considero que sea tan malo. En cierta medida es una de las mejores, si no la mejor etapa de los hombres (en sentido masculino, no olvidemos). Es nuestro momento de mayor creatividad, energía, rebeldía, escepticismo y... eh... potencia sexual. O eso dicen. Porque el problema es que son pocos los que pueden demostrarlo. Tanto el último como cualquier otro de los puntos. Y para cuando tienes la oportunidad es posible que hayas perdido gran parte de esas cualidades. Lo de la experiencia, el peine y los calvos. Todo eso. Vale, está el hecho de la inmadurez, pero creo que ese es un tema bastante sobrevalorado. De igual manera que tener 40 años no es garantía de madurez, hay adolescentes mejores y peores. Aunque, bueno, la verdad es que últimamente parece que solo hay de lo segundo...
La cuestión es que todavía me siento así. De acuerdo, ahora no tengo ni de lejos la misma lucidez que cuando aún estaba en el instituto (qué gran blog hubiera escrito en aquella época, caso de haber existido estos), pero sigo manteniendo la misma la misma curiosidad, las mismas ganas de soñar, las mismas ínfulas de escritor y el mismo espíritu contestatario que en aquella época. Diga lo que digan los demás. Al fin y al cabo aquellos fueron otros tiempos y las cosas eran bastante distintas a como son ahora. Que no es que fuéramos unos genios, pero al menos no parecíamos tan gilipollas. Además, siempre se dice aquello de que lo que cuenta no es la edad sino el espíritu, ¿no?
Irónicamente, sigo igual de atrapado en mis circunstancias y sin saber a dónde dirigirme que entonces. Como si volviera a tener 17 años, esperando con impaciencia esa mayoría de edad soñada en la que crees que todo será mucho mejor y podrás tener independencia, libertad, dinero y todo eso que hasta entonces te está más o menos vedado. Aunque, en realidad, es a partir de ese momento cuando empieza a joderse todo.
Porque si me lo llegan a decir aún estaría repitiendo 3º de BUP...
A las pruebas me remito. Con eso no estoy hablando de los cómics, los videojuegos, la pornografía y demás. Que también podría incluirse, pero son un tema aparte. No, se trata más bien de una actitud vital, de una forma de enfrentarse a la existencia y a los problemas que esta representa. Es decir, evitarlos en la medida de lo posible. O ignorarlos por completo, si te puedes permitir ese lujo. A esta pachorra contribuye en gran medida que haya tenido que exiliarme temporalmente en casa de mis padres y el hecho de no tener un duro. Solo falta que vuelvan a ponerme una paga semanal. Pero la verdad es que incluso en los momentos en los que tenía una relativa independencia (muy relativa, todo sea dicho), he seguido manteniendo las mismas posturas y pensamientos que tenía a los 17. Viviendo por mi cuenta, eso sí.
A pesar de todas las connotaciones negativas que ser un adolescente a los 30 años pueda tener (y del cachondeo que genere), lo cierto es que no considero que sea tan malo. En cierta medida es una de las mejores, si no la mejor etapa de los hombres (en sentido masculino, no olvidemos). Es nuestro momento de mayor creatividad, energía, rebeldía, escepticismo y... eh... potencia sexual. O eso dicen. Porque el problema es que son pocos los que pueden demostrarlo. Tanto el último como cualquier otro de los puntos. Y para cuando tienes la oportunidad es posible que hayas perdido gran parte de esas cualidades. Lo de la experiencia, el peine y los calvos. Todo eso. Vale, está el hecho de la inmadurez, pero creo que ese es un tema bastante sobrevalorado. De igual manera que tener 40 años no es garantía de madurez, hay adolescentes mejores y peores. Aunque, bueno, la verdad es que últimamente parece que solo hay de lo segundo...
La cuestión es que todavía me siento así. De acuerdo, ahora no tengo ni de lejos la misma lucidez que cuando aún estaba en el instituto (qué gran blog hubiera escrito en aquella época, caso de haber existido estos), pero sigo manteniendo la misma la misma curiosidad, las mismas ganas de soñar, las mismas ínfulas de escritor y el mismo espíritu contestatario que en aquella época. Diga lo que digan los demás. Al fin y al cabo aquellos fueron otros tiempos y las cosas eran bastante distintas a como son ahora. Que no es que fuéramos unos genios, pero al menos no parecíamos tan gilipollas. Además, siempre se dice aquello de que lo que cuenta no es la edad sino el espíritu, ¿no?
Irónicamente, sigo igual de atrapado en mis circunstancias y sin saber a dónde dirigirme que entonces. Como si volviera a tener 17 años, esperando con impaciencia esa mayoría de edad soñada en la que crees que todo será mucho mejor y podrás tener independencia, libertad, dinero y todo eso que hasta entonces te está más o menos vedado. Aunque, en realidad, es a partir de ese momento cuando empieza a joderse todo.
Porque si me lo llegan a decir aún estaría repitiendo 3º de BUP...
26 de octubre de 2006
La metamorfosis
Al despertar el Inadaptado una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en... un perro. No en un monstruoso insecto, con todas las implicaciones literarias, freudianas o lo que querais ver en la putada que le hizo Kafka a Gregorio Samsa. No. Era un vulgar chucho casero, domesticado, cuyos instintos animales se reducían a mear en los árboles y oler el culo a otros chuchos. Uno de esos que sería incapaz de sobrevivir por su cuenta en la calle pero que tampoco es capaz de aprender trucos con los que impresionar a los amigos del dueño. En definitiva, un perro vulgar y corriente.
Su familia se lo tomó bastante a bien, dadas las circunstancias. De hecho a su madre le encantó la idea de tener por fin controlado a su díscolo hijo, tan aficionado a vivir lo más lejos posible de su pueblo natal. Eso y que dependiera casi completamente de ella, claro. Sí, bueno, ahora ya no podría darle nietos (ser abuela era uno de sus máximos anhelos en esta vida), pero estaba tan indefenso como si fuera uno. Y eso le bastaba. No estaba tan de acuerdo con esto su padre, quien había esperado más de él como humano, aunque en el fondo le gustaba tenerle otra vez cerca. Pese a que en esa familia fueran tan poco dados a las muestras de cariño, se echaban de menos. Por su parte, la hermana pasaba de todo. Para variar.
En un principio al Inadaptado no le pareció tan desagradable la transformación. Después de tantos años buscándose la vida por su cuenta (aunque siempre tuvieran que ayudarle, pero eso es un tema aparte) resultaba relajante que cuidaran de él en todo momento. Ya no tenía que preocuparse del trabajo, el alquiler, los compañeros de piso, la limpieza, las compras... Se podía pasar el día tumbado en un rincón, rascándose o persiguiendo polillas en el patio de atrás, esperando a que llenaran su plato de comida y lo sacaran a pasear por la tarde. Una vida ociosa a la que no le hacía ascos, ya que, admitámoslo, siempre había sido un vago de cojones.
En seguida empezó a desfilar toda la familia por su casa para verle, primero con cierta timidez y luego con más naturalidad en cuanto se fueron acostumbrando al cambio. Algunos de ellos hacían mucho tiempo que no le veían, por lo que en realidad no es algo que les importara demasiado. Muchos iban por cumplir y punto. Sin embargo todos coincidieron en lo mono que era y en lo saludable que parecía, preguntando si ya sabía dar la patita o alguna chorrada semejante (y, esto ya en voz más baja para que no les oyeran, si se meaba en los rincones o si pensaban castrarlo). Al Inadaptado le gustaba que vinieran a hacerle caricias, pero las visitas le aburrían sobremanera. A fin de cuentas se limitaba a quedarse en el centro del salón mientras los demás hablaban de asuntos que no le importaban una mierda y en los que ni siquiera podía opinar. Porque, no lo olvidemos, los perros no hablan.
Fue esto, precisamente, lo primero que le hizo darse cuenta de que ser una mascota no era tan satisfactorio como creía. Ni mucho menos. No es que antes hubiera sido muy hablador (más bien al contrario, muchas veces había que arrancarle las palabras), pero el hecho de no poder comunicarse más que por ladridos resultaba muy frustrante. Aunque su familia había aprendido a entender sus necesidades básicas (comer, mear, rascarle el cogote), era realmente difícil hacerles llegar mensajes más complejos. Y además tampoco podía hacer nada por su cuenta ya que, después de todo, sólo era un vulgar chucho con patas en vez de manos. Sin cómics, internet o salidas esporádicas a su pub favorito (muy lejos ahora, sobre todo porque no admitían animales), pronto su nueva vida comenzó a parecerle tremendamente aburrida. Ya no digamos cuando se dio cuenta de que no podía hacerse pajas...
Sin embargo eso no fue lo peor, ni mucho menos. A pesar de lo cómodo que le pareció al principio ser cuidado a todas horas, en seguida se dio cuenta de que no lo soportaría por mucho tiempo. Para alguien acostumbrado a hacer básicamente lo que le daba la gana y cuando le daba la gana (la vida de soltero semiemancipado es lo que tiene), el hecho de depender completamente de otras personas para hacer cualquier cosa se le antojaba un infierno. Le vigilaban a todas horas, nunca le dejaban solo, le ponían correa y bozal para sacarlo de paseo, controlaban sus visitas al baño (bueno, al rincón del patio) y le llevaban con frecuencia al veterinario a vacunarle, ponerle el chip o simplemente revisarle. Y luego estaba el tema de la comida. Eso fue lo que terminó de hundirle. Capaz como era en ese momento de comerse cualquier cosa (no sabía cocinar, y cinco años de pasta y productos preparados arruinan el paladar del más pintado), los primeros días se conformó con el pienso de oferta del LIDL que le trajeron. Que no estaba el presupuesto para lujos. Pero no olvidemos que ahora vivía con sus padres, lo que implica que cada día veía como su madre preparaba sus riquísimos platos (que lo son, modestia aparte) y él no podía degustarlos a excepción de algunos huesos y sobras frias. Lo que, sinceramente, era una putada y muy gorda.
Una mañana no pudo más y, aprovechando que su madre se había dejado la puerta de la calle abierta mientras hablaba con una vecina, el Inadaptado se escapó dispuesto a recuperar un poquito de libertad. O su equivalente animal. No sabía si lo conseguiría, porque pese a todas las penalidades había tenido una vida muy cómoda durante esas semanas y se había acostumbrado a ser un perro. Tenía sus ventajas, para que negarlo. Eso sin contar con que sus padres se habían vuelto a encariñar con él y no le gustaba la idea de entristecerles de nuevo. Que no es que su huida fuera del todo inesperada, pero nunca resultaba agradable. Fue entonces cuando, dubitativo, se detuvo en una esquina y...
... bueno, eso es algo que sabremos más adelante, cuando me quiten estos putos hierros de la boca y pueda volver a hablar, a comer, a buscar trabajo y a intentar recuperar mi vida. Si es que lo consigo. Y si es que en algún momento la tuve. Aunque siempre podré volverme atrás y decirle a mi familia que me adopte como mascota, ¿no?
17 de octubre de 2006
(Como un animal) enjaulado
Dejé de ser libre desde el mismo instante en que acepté someterme a esta operación, desde que puse mi vida (casi literalmente) en manos de la sanidad pública. Pero, claro, eso nunca lo mencionaron en las consultas. Pardillo... De hecho me fui a vivir a Madrid creyendo que así sería todo más fácil, que así perdería menos el tiempo, que todo iría rodado. Ja. Dos años esperando una llamada que nunca llegaba, mientras me pudría encerrado en mi habitación, enganchado a los chats y arreglándomenlas con un sueldo mínimo. Viviendo para este momento. Y ahora que ha llegado, desearía poder viajar en el tiempo para darme a mi mismo de hostias.
Fui lo bastante inteligente para volver a Alicante, al menos. A seguir pudriéndome, sí, pero haciendo lo que me daba la gana. Sin prisas. Sin restricciones. Tomando el control. O eso creía. Porque por mucho que me engañe a mi mismo, desde el momento en que dije "sí" al cirujano todo ha girado en torno a esto. A las visitas al hospital. Al momento de entrar en quirófano. A este mes en el que sería incapaz de hacer nada. Trabajar. Salir. Comer. Follar. Todo ha quedado al otro lado de los barrotes de la jaula en la que yo mismo me he metido, he cerrado la puerta y he tirado la llave. Y lo peor es que ni siquiera me había dado cuenta. Que ya hay que ser gilipollas...
Desde que desperté en la sala de cuidados intensivos hasta ahora las jaulas se han hecho más grandes, pero sigo estando encerrado. Ahora más que nunca. Primero atado a los tubos que metieron en más orificios de mi cuerpo de lo que quiero recordar. Más tarde atrapado en las rutinas de la habitación del hospital, compartiendo espacio con dos desconocidos. Finalmente encerrado en casa de mis padres, sin fuerzas para ir a ninguna parte, sin una voz con la que poder protestar, tratado como si volviera a tener diez años. Aún peor. Porque desde que volví me siento como un animal de feria amaestrado al que todo el mundo quiere ver en su jaula, sin posibilidad de escapar, respondiendo con la cabeza a las mismas estúpidas preguntas y escuchando una y otra vez las mismas anécdotas, los mismos chistes, soportando que pongan en mi boca (esa misma que no puedo abrir) palabras que yo nunca diría. Deseando huir. Para variar...
Pero lo peor no es sufrir la condescendencia de mis padres. No es pasarme un mes con los dientes atados, comiendo purés con babero. No es soportar a diario visitas de familiares que me importan un comino. No. Lo peor es la sensación de que hasta ahora no he hecho más que perder el tiempo. Lo peor es encontrarme aquí, de vuelta en una casa que ya no considero mía, en un pueblo que nunca me ha gustado y ser consciente de que los últimos cinco años han sido poco menos que una broma de mal gusto. Porque ahora que he perdido mi libertad, mi piso y mis juguetes (la banda ancha, las tiendas de cómics, mi pub de siempre), ahora que me encuentro con las manos vacias en la casilla de salida -reiniciando el nivel, como un vulgar personaje de videojuego después de perder una vida- es cuando me pregunto qué coño he hecho desde que abandoné la universidad. Qué rumbo a tomado mi vida, si es que de verdad me he molestado en que tomara alguno. Qué espero hacer de ahora en adelante.
Y, la verdad, no tengo ni puta idea. Lo que poco más o menos viene a decir que, efectivamente, todo ha sido una gran pérdida de tiempo. Tantos planes aplazados. Tantas oportunidades rechazadas. Tanto dinero desperdiciado. Todo por la operación, por la excusa que me ha permitido no tomar decisiones importantes durante este tiempo. Y por eso estoy como estoy. Por capullo.
Así que aquí estoy, tragándome el orgullo de haberme creido muy rebelde y no haber sido más que un crio con un gigantesco berrinche que se ha pasado media vida huyendo de sus padres y de sus obligaciones para, básicamente, pasarse el tiempo tocándose las narices - vida nada desagradable, por cierto- y encontrarse ahora con que apenas si tiene con lo que volver a empezar de nuevo y ni siquiera sabe qué es lo que quiere (o debería) hacer. Porque en estos cinco años apenas si he acumulado una ínfima experiencia laboral y no he tenido los santos cojones de acabar la carrera (que ya me vale), ya no digamos ahorrar tras seis meses trabajando como becario. Y para una cosa, una sola cosa medianamente decente en la que pude invertir mi siempre abundante tiempo libre, voy y decido mandarlo al carajo solo porque ya no sabía sobre qué escribir y no me parecía intelectualmente correcto rellenar el espacio con fotos de tías con las tetas gordas. Joder.
Así que haré acto de contricción, me flagelaré un rato -sin pasarse, eso sí- y mientras pienso qué leches voy a hacer cuando por fin pueda abrir la boca (que no sea sexual, claro) y cómo carajo me voy a ganar la vida por mi cuenta (si es que soy capaz de ello, que ya lo dudo), volveré a soltar mis mierdas, mis pajas mentales, mis paranoias, mis patéticas ínfulas de escritor, mis fotos burdamente retocadas, mis reivindicaciones de boquilla, mis berrinches, mis lloriqueos, mis ideas absurdas y mis fotos de tías con las tetas gordas (que no falten) en este pequeño rinconcito en el que tener los dientes atados no es un impedimento y, afortunadamente, mis padres no pueden decidir por mi.
Y a ser posible, a diario. Como en los viejos tiempos. Y con dos cojones.
Fui lo bastante inteligente para volver a Alicante, al menos. A seguir pudriéndome, sí, pero haciendo lo que me daba la gana. Sin prisas. Sin restricciones. Tomando el control. O eso creía. Porque por mucho que me engañe a mi mismo, desde el momento en que dije "sí" al cirujano todo ha girado en torno a esto. A las visitas al hospital. Al momento de entrar en quirófano. A este mes en el que sería incapaz de hacer nada. Trabajar. Salir. Comer. Follar. Todo ha quedado al otro lado de los barrotes de la jaula en la que yo mismo me he metido, he cerrado la puerta y he tirado la llave. Y lo peor es que ni siquiera me había dado cuenta. Que ya hay que ser gilipollas...
Desde que desperté en la sala de cuidados intensivos hasta ahora las jaulas se han hecho más grandes, pero sigo estando encerrado. Ahora más que nunca. Primero atado a los tubos que metieron en más orificios de mi cuerpo de lo que quiero recordar. Más tarde atrapado en las rutinas de la habitación del hospital, compartiendo espacio con dos desconocidos. Finalmente encerrado en casa de mis padres, sin fuerzas para ir a ninguna parte, sin una voz con la que poder protestar, tratado como si volviera a tener diez años. Aún peor. Porque desde que volví me siento como un animal de feria amaestrado al que todo el mundo quiere ver en su jaula, sin posibilidad de escapar, respondiendo con la cabeza a las mismas estúpidas preguntas y escuchando una y otra vez las mismas anécdotas, los mismos chistes, soportando que pongan en mi boca (esa misma que no puedo abrir) palabras que yo nunca diría. Deseando huir. Para variar...
Pero lo peor no es sufrir la condescendencia de mis padres. No es pasarme un mes con los dientes atados, comiendo purés con babero. No es soportar a diario visitas de familiares que me importan un comino. No. Lo peor es la sensación de que hasta ahora no he hecho más que perder el tiempo. Lo peor es encontrarme aquí, de vuelta en una casa que ya no considero mía, en un pueblo que nunca me ha gustado y ser consciente de que los últimos cinco años han sido poco menos que una broma de mal gusto. Porque ahora que he perdido mi libertad, mi piso y mis juguetes (la banda ancha, las tiendas de cómics, mi pub de siempre), ahora que me encuentro con las manos vacias en la casilla de salida -reiniciando el nivel, como un vulgar personaje de videojuego después de perder una vida- es cuando me pregunto qué coño he hecho desde que abandoné la universidad. Qué rumbo a tomado mi vida, si es que de verdad me he molestado en que tomara alguno. Qué espero hacer de ahora en adelante.
Y, la verdad, no tengo ni puta idea. Lo que poco más o menos viene a decir que, efectivamente, todo ha sido una gran pérdida de tiempo. Tantos planes aplazados. Tantas oportunidades rechazadas. Tanto dinero desperdiciado. Todo por la operación, por la excusa que me ha permitido no tomar decisiones importantes durante este tiempo. Y por eso estoy como estoy. Por capullo.
Así que aquí estoy, tragándome el orgullo de haberme creido muy rebelde y no haber sido más que un crio con un gigantesco berrinche que se ha pasado media vida huyendo de sus padres y de sus obligaciones para, básicamente, pasarse el tiempo tocándose las narices - vida nada desagradable, por cierto- y encontrarse ahora con que apenas si tiene con lo que volver a empezar de nuevo y ni siquiera sabe qué es lo que quiere (o debería) hacer. Porque en estos cinco años apenas si he acumulado una ínfima experiencia laboral y no he tenido los santos cojones de acabar la carrera (que ya me vale), ya no digamos ahorrar tras seis meses trabajando como becario. Y para una cosa, una sola cosa medianamente decente en la que pude invertir mi siempre abundante tiempo libre, voy y decido mandarlo al carajo solo porque ya no sabía sobre qué escribir y no me parecía intelectualmente correcto rellenar el espacio con fotos de tías con las tetas gordas. Joder.
Así que haré acto de contricción, me flagelaré un rato -sin pasarse, eso sí- y mientras pienso qué leches voy a hacer cuando por fin pueda abrir la boca (que no sea sexual, claro) y cómo carajo me voy a ganar la vida por mi cuenta (si es que soy capaz de ello, que ya lo dudo), volveré a soltar mis mierdas, mis pajas mentales, mis paranoias, mis patéticas ínfulas de escritor, mis fotos burdamente retocadas, mis reivindicaciones de boquilla, mis berrinches, mis lloriqueos, mis ideas absurdas y mis fotos de tías con las tetas gordas (que no falten) en este pequeño rinconcito en el que tener los dientes atados no es un impedimento y, afortunadamente, mis padres no pueden decidir por mi.
Y a ser posible, a diario. Como en los viejos tiempos. Y con dos cojones.
19 de septiembre de 2006
Penitenciagite!
Vivimos en el infierno. No se como he estado tan ciego para no verlo. Este país está condenado. El fin del mundo ya está aquí y solo es cuestión de tiempo que llegue nuestra hora.
La muerte acecha en cada esquina. No hay escapatoria posible. Hombres que asesinan a sus mujeres. Bandas organizadas sin escrúpulos que asaltan casas y matan a sus propietarios. Conductores suicidas. Madres que acaban con la vida de sus hijos. Familias que resuelven sus asuntos con escopetas. Accidentes laborales. Operaciones de estética que acaban en tragedia. Enfermedades sin cura. Suicidios. Nuestras frágiles vidas penden de un hilo y pueden terminar en cualquier momento.
La sociedad está corrompida desde dentro. Nadie se escapa a la podredumbre que lo impregna todo. Los niños no quieren estudiar y se dedican a perseguir a otros niños. Los adolescentes no respetan la autoridad de nadie y se abandonan a una vida de sexo, drogas y alcohol. Por todas partes proliferan carreras ilegales, peleas callejeras, atracos y estafas. Los empresarios roban a sus clientes y maltratan a sus trabajadores. El modelo de belleza está representado por modelos anoréxicas. Los inmigrantes se juegan la vida todos los días para llegar ilegalmente a nuestro país. Existen amenazas terroristas que no conocemos hasta que es demasiado tarde. Miremos por donde miremos, todo es oscuridad.
Ni las más altas esferas se salvan de la inmundicia. Nuestros políticos nos mienten, nos roban y hacen cualquier cosa para mantenerse en el poder. Las grandes empresas destruyen nuestro ecosistema para enriquecerse. La nobleza sufre un escándalo tras otro. Las grandes figuras religiosas se enfrentan unas a otras. Incluso las estrellas de cine ven como sus vidas se desmoronan. El mal domina nuestra existencia en todos sus aspectos.
Aunque quizás lo que tendría que hacer es dejar de ver los programas de televisión para marujas que dan por las mañanas...
La muerte acecha en cada esquina. No hay escapatoria posible. Hombres que asesinan a sus mujeres. Bandas organizadas sin escrúpulos que asaltan casas y matan a sus propietarios. Conductores suicidas. Madres que acaban con la vida de sus hijos. Familias que resuelven sus asuntos con escopetas. Accidentes laborales. Operaciones de estética que acaban en tragedia. Enfermedades sin cura. Suicidios. Nuestras frágiles vidas penden de un hilo y pueden terminar en cualquier momento.
La sociedad está corrompida desde dentro. Nadie se escapa a la podredumbre que lo impregna todo. Los niños no quieren estudiar y se dedican a perseguir a otros niños. Los adolescentes no respetan la autoridad de nadie y se abandonan a una vida de sexo, drogas y alcohol. Por todas partes proliferan carreras ilegales, peleas callejeras, atracos y estafas. Los empresarios roban a sus clientes y maltratan a sus trabajadores. El modelo de belleza está representado por modelos anoréxicas. Los inmigrantes se juegan la vida todos los días para llegar ilegalmente a nuestro país. Existen amenazas terroristas que no conocemos hasta que es demasiado tarde. Miremos por donde miremos, todo es oscuridad.
Ni las más altas esferas se salvan de la inmundicia. Nuestros políticos nos mienten, nos roban y hacen cualquier cosa para mantenerse en el poder. Las grandes empresas destruyen nuestro ecosistema para enriquecerse. La nobleza sufre un escándalo tras otro. Las grandes figuras religiosas se enfrentan unas a otras. Incluso las estrellas de cine ven como sus vidas se desmoronan. El mal domina nuestra existencia en todos sus aspectos.
Aunque quizás lo que tendría que hacer es dejar de ver los programas de televisión para marujas que dan por las mañanas...
6 de septiembre de 2006
Apología del E-103
Lo "natural" ya no está de moda, se ha convertido en ley. Las grandes empresas de alimentación han conseguido en estos últimos años que cualquier producto que no aporte vitaminas, minerales, fibra o un aceite anti-colesterol parezca algo dañino para el organismo. Por todas partes se cantan alabanzas sobre la dieta mediterránea (aunque ni el mediterráneo saben realmente lo que es) y se habla con añoranza de los viejos hábitos.
Como si todos nos hubiéramos criado en La Casa de la Pradera, no te jode...
Mi generación (y muchas otras, claro) creció gracias a todos esos productos industriales atiborrados de azúcares, conservantes, colorantes y aromas artificiales que, según nos cuentan ahora, son puro veneno. O eso nos quieren hacer creer. Porque no me consta que seamos más gordos o tengamos peor salud que los crios de ahora. De hecho puede que sea todo lo contrario. Sí, ya se, es más una cuestión de costumbres que de los alimentos en sí; no es lo mismo pasarse el día en la calle jugando a la pelota que en casa con la Playstation. Pero, quizás precisamente por eso, ¿para qué engañarnos echándole toda la culpa a la comida?
El ejemplo que más me irrita es la devaluación del yoghourt de toda la vida. Ahora que los tenemos con trozos de fruta, con bífidus, con cereales, cremosos, griegos, bio, para beber o en mousse (entre otras mil variedades que no recuerdo), parece que no hay sitio para el Danone con sabor a limón de siempre. Pero, ¿acaso no están hechos de leche, al igual que todos los demás? ¿Acaso no estaban buenos, aunque tuvieran ese aspecto industrial y sus aromas fueran artificiales?
Yo entiendo que la sociedad exija a los fabricantes productos de mayor calidad. A pesar de lo mucho que me gusten, no es lo mismo el clásico zumo de supermercado hecho a base de concentrado, agua y azucar, que los nuevos zumos recién exprimidos con su pulpa y todo (aunque siempre he pensado que es mucho más fácil hacértelo tu mismo...). Sin embargo los productos industriales también están buenos, qué coño. Sí, el Tang de naranja original sabía a polvos, pero no me he muerto por beberlo. ¿Y quién no se ha preparado nunca un flan Mandarín o un chocolate instantáneo?
En mi opinión (esa que no vale un pimiento) esta sociedad sufre un inmenso sentimiento de culpa que le incita a engañarse a sí misma para no privarse de sus vicios. Ahora los refrescos no llevan gas, ni azucar, ni colorantes, ni aromas... es decir, nada de lo que siempre ha hecho que un refresco sea un refresco. Pero si siempre los hemos bebido, ¿por qué de repente se han vuelto tan peligrosos? Y aunque lo sean, ¿por qué de repente es tan difícil tomar algo que no sea sano? ¿Dónde está la carne con grasa? ¿Dónde están los dulces con azucar? ¿Dónde el pan blanco? ¿Dónde las salsas con exceso de calorías?
Joder, qué difícil es matarse a comer hoy en día...
Como si todos nos hubiéramos criado en La Casa de la Pradera, no te jode...
Mi generación (y muchas otras, claro) creció gracias a todos esos productos industriales atiborrados de azúcares, conservantes, colorantes y aromas artificiales que, según nos cuentan ahora, son puro veneno. O eso nos quieren hacer creer. Porque no me consta que seamos más gordos o tengamos peor salud que los crios de ahora. De hecho puede que sea todo lo contrario. Sí, ya se, es más una cuestión de costumbres que de los alimentos en sí; no es lo mismo pasarse el día en la calle jugando a la pelota que en casa con la Playstation. Pero, quizás precisamente por eso, ¿para qué engañarnos echándole toda la culpa a la comida?
El ejemplo que más me irrita es la devaluación del yoghourt de toda la vida. Ahora que los tenemos con trozos de fruta, con bífidus, con cereales, cremosos, griegos, bio, para beber o en mousse (entre otras mil variedades que no recuerdo), parece que no hay sitio para el Danone con sabor a limón de siempre. Pero, ¿acaso no están hechos de leche, al igual que todos los demás? ¿Acaso no estaban buenos, aunque tuvieran ese aspecto industrial y sus aromas fueran artificiales?
Yo entiendo que la sociedad exija a los fabricantes productos de mayor calidad. A pesar de lo mucho que me gusten, no es lo mismo el clásico zumo de supermercado hecho a base de concentrado, agua y azucar, que los nuevos zumos recién exprimidos con su pulpa y todo (aunque siempre he pensado que es mucho más fácil hacértelo tu mismo...). Sin embargo los productos industriales también están buenos, qué coño. Sí, el Tang de naranja original sabía a polvos, pero no me he muerto por beberlo. ¿Y quién no se ha preparado nunca un flan Mandarín o un chocolate instantáneo?
En mi opinión (esa que no vale un pimiento) esta sociedad sufre un inmenso sentimiento de culpa que le incita a engañarse a sí misma para no privarse de sus vicios. Ahora los refrescos no llevan gas, ni azucar, ni colorantes, ni aromas... es decir, nada de lo que siempre ha hecho que un refresco sea un refresco. Pero si siempre los hemos bebido, ¿por qué de repente se han vuelto tan peligrosos? Y aunque lo sean, ¿por qué de repente es tan difícil tomar algo que no sea sano? ¿Dónde está la carne con grasa? ¿Dónde están los dulces con azucar? ¿Dónde el pan blanco? ¿Dónde las salsas con exceso de calorías?
Joder, qué difícil es matarse a comer hoy en día...
17 de agosto de 2006
Y ahora, ¿qué?
Un buen día decides abrir un blog. Porque sí, porque acabas de descubrirlos y has pensado "si ellos pueden, yo también". A fin de cuentas siempre te ha gustado escribir y crees que es la manera perfecta de compartir tus paranoias con los demás. Y aunque a nadie le gusten, y como sueles decir, siempre resultará más barato que ir a un psicólogo.
El blog arranca tímidamente, sin saber que rumbo tomar. Poco a poco te vas sintiendo más cómodo. Escribes mensajes ingeniosos, mensajes impactantes, mensajes personales en los que abres tu corazón, mensajes que no valen un duro y otros de los que te sientes orgulloso. Llegan las visitas y los comentarios. Tomas confianza, te inventas secciones, modificas la plantilla, le añades chorradas e intentas destacarte de los demás.
Pasa el tiempo y llegan los cambios. Cambios de imagen, cambios de rumbo. Celebras tu primer año, casi sin darte cuenta. El "éxito" se te sube a la cabeza, te comportas como un gilipollas y decides tomartelo con más tranquilidad (aunque, en el fondo, las cosas siguen prácticamente igual). De alguna manera te haces un nombre en tu pequeño rincón de la inabarcable blogosfera. Siguen aumentando las visitas y, de repente, te das cuenta de que ya no manejas al blog, sino que el blog te maneja a ti.
Sientes un impulso y decides empezar de cero. Intentas descubrir hasta donde eres capaz de llegar con tu ingenio, si es que lo tienes. Intentas dejar de lado tu pose "rebelde" e intentas ser tu mismo, con lo bueno y con lo malo. Pero los mensajes siguen siendo pesimistas, las palabras no salen de tus dedos, dudas de ti y de todo y la vida sigue pareciendo vacía y gris.
Entonces te encontraste con ella.
Y de repente tus sueños se hacen realidad. De repente te saltas todas tus normas, vences tus miedos, y te encuentras viviendo todo aquello que no creias posible. De repente te sientes feliz al lado de alguien. Y te miras a tí mismo, y miras el blog, y miras tus mensajes y tus quejas y tus paranoias y tus estupideces y te das cuentas de que han dejado de tener validez. De repente te das cuenta de que todo aquello que te han dicho alguna vez tiene sentido. De repente descubres que le debes mil disculpas a ellos, al mundo, a tí mismo. De repente compruebas que la vida puede llegar a ser maravillosa a veces.
Y entonces te preguntas... ahora, ¿qué?
Porque el mundo ha conspirado para que encuentres a alguien que ponga patas arriba todo tu egocéntrico universo. Alguien que te arranque esos sentimientos que creias que no volverías a encontrar. Alguien que te devuelva a la realidad haciéndote soñar. Y no sabes que escribirás a partir de ahora, si será mejor o peor, si tendrá algo que ver con todo lo anterior o será de verdad un nuevo comienzo. Pero, la verdad, no te importa.
Porque ahora, por una vez, toca vivir...
El blog arranca tímidamente, sin saber que rumbo tomar. Poco a poco te vas sintiendo más cómodo. Escribes mensajes ingeniosos, mensajes impactantes, mensajes personales en los que abres tu corazón, mensajes que no valen un duro y otros de los que te sientes orgulloso. Llegan las visitas y los comentarios. Tomas confianza, te inventas secciones, modificas la plantilla, le añades chorradas e intentas destacarte de los demás.
Pasa el tiempo y llegan los cambios. Cambios de imagen, cambios de rumbo. Celebras tu primer año, casi sin darte cuenta. El "éxito" se te sube a la cabeza, te comportas como un gilipollas y decides tomartelo con más tranquilidad (aunque, en el fondo, las cosas siguen prácticamente igual). De alguna manera te haces un nombre en tu pequeño rincón de la inabarcable blogosfera. Siguen aumentando las visitas y, de repente, te das cuenta de que ya no manejas al blog, sino que el blog te maneja a ti.
Sientes un impulso y decides empezar de cero. Intentas descubrir hasta donde eres capaz de llegar con tu ingenio, si es que lo tienes. Intentas dejar de lado tu pose "rebelde" e intentas ser tu mismo, con lo bueno y con lo malo. Pero los mensajes siguen siendo pesimistas, las palabras no salen de tus dedos, dudas de ti y de todo y la vida sigue pareciendo vacía y gris.
Entonces te encontraste con ella.
Y de repente tus sueños se hacen realidad. De repente te saltas todas tus normas, vences tus miedos, y te encuentras viviendo todo aquello que no creias posible. De repente te sientes feliz al lado de alguien. Y te miras a tí mismo, y miras el blog, y miras tus mensajes y tus quejas y tus paranoias y tus estupideces y te das cuentas de que han dejado de tener validez. De repente te das cuenta de que todo aquello que te han dicho alguna vez tiene sentido. De repente descubres que le debes mil disculpas a ellos, al mundo, a tí mismo. De repente compruebas que la vida puede llegar a ser maravillosa a veces.
Y entonces te preguntas... ahora, ¿qué?
Porque el mundo ha conspirado para que encuentres a alguien que ponga patas arriba todo tu egocéntrico universo. Alguien que te arranque esos sentimientos que creias que no volverías a encontrar. Alguien que te devuelva a la realidad haciéndote soñar. Y no sabes que escribirás a partir de ahora, si será mejor o peor, si tendrá algo que ver con todo lo anterior o será de verdad un nuevo comienzo. Pero, la verdad, no te importa.
Porque ahora, por una vez, toca vivir...
14 de agosto de 2006
Ruidos
El bip-bip del despertador, sonando a las 8:04 (por un incomprensible odio a las horas en punto). El leve chapoteo de las sábanas empapadas de sudor. Pasos dormidos de un lado a otro del piso. El crujir de las tostadas recién hechas y de la leche cayendo en el vaso. El roce de la ropa contra el cuerpo. Los tres chasquidos de la llave al cerrar la puerta.
Al llegar a la calle, los primeros ruidos del día: el motor de los coches de camino al trabajo; la maquinaria de una grua; una persiana metálica al subir. En la parada los cascos me aislan del mundo con las melodías de un disco cualquiera. Al poco resuenan los frenos del siguiente autobús. El pitido de la canceladora de billetes. Dentro, bostezos y toses.
El ring-ring de un teléfono me recibe a llegar a la oficina. Unos dedos tecleando con rapidez. El fax anunciando un mensaje. El zumbido del aire acondicionado. Dejo el bolso y me uno a los ruidos. Ruido de papeles. Ruido de armarios cerrándose. Ruido de cajas abriéndose. La impresora es una orquesta de ruidos y la fuente de agua burbujea con discrección. La fotocopiadora se pone en marcha, uniéndose al recital. Llega gente a preguntar cosas, pero para mí son solo un ruido más.
En la cocina el rugido del extractor trata de imponerse sobre el chisporroteo de la comida en la sartén. Ruido de platos y cubiertos. La televisión es una cascada de ruidos. Un eructo mal disimulado. El leve crepitar de un cigarrillo encendiéndose. El cepillo frotándose contra mis dientes. El crujido de los muelles al desplomarme sobre la cama.
El hilo musical trata en vano de imponerse a los ruidos del supermercado. La mercancía al caer en las cestas. Los reponedores pidiendo paso. Las pescaderas preguntando la vez. En los altavoces resuena la voz anunciando las ofertas. Al salir, el ruido de los cajones al abrirse y de los bolsos al cerrarse. Puertas automáticas. Una moto que pasa como un estruendo.
Con la noche empiezan a apagarse los ruidos. Tras las paredes se oye a los padres acostar a sus hijos. El sonido del agua al caer en la ducha. Las conversaciones en la cena. Las televisiones sintonizando al unísono el mismo canal. Una discusión de borrachos en la calle. Quizás algo más tarde se oigan otros ruidos. El roce de la carne con otra, los gemidos, los suspiros, los gritos ahogados. El ruido del tráfico es un rumor lejano.
Cuando vuelvo a la cama todo está en silencio. Pero soy incapaz de cerrar los ojos. Los ruidos de mi cabeza no me dejan dormir...
Al llegar a la calle, los primeros ruidos del día: el motor de los coches de camino al trabajo; la maquinaria de una grua; una persiana metálica al subir. En la parada los cascos me aislan del mundo con las melodías de un disco cualquiera. Al poco resuenan los frenos del siguiente autobús. El pitido de la canceladora de billetes. Dentro, bostezos y toses.
El ring-ring de un teléfono me recibe a llegar a la oficina. Unos dedos tecleando con rapidez. El fax anunciando un mensaje. El zumbido del aire acondicionado. Dejo el bolso y me uno a los ruidos. Ruido de papeles. Ruido de armarios cerrándose. Ruido de cajas abriéndose. La impresora es una orquesta de ruidos y la fuente de agua burbujea con discrección. La fotocopiadora se pone en marcha, uniéndose al recital. Llega gente a preguntar cosas, pero para mí son solo un ruido más.
En la cocina el rugido del extractor trata de imponerse sobre el chisporroteo de la comida en la sartén. Ruido de platos y cubiertos. La televisión es una cascada de ruidos. Un eructo mal disimulado. El leve crepitar de un cigarrillo encendiéndose. El cepillo frotándose contra mis dientes. El crujido de los muelles al desplomarme sobre la cama.
El hilo musical trata en vano de imponerse a los ruidos del supermercado. La mercancía al caer en las cestas. Los reponedores pidiendo paso. Las pescaderas preguntando la vez. En los altavoces resuena la voz anunciando las ofertas. Al salir, el ruido de los cajones al abrirse y de los bolsos al cerrarse. Puertas automáticas. Una moto que pasa como un estruendo.
Con la noche empiezan a apagarse los ruidos. Tras las paredes se oye a los padres acostar a sus hijos. El sonido del agua al caer en la ducha. Las conversaciones en la cena. Las televisiones sintonizando al unísono el mismo canal. Una discusión de borrachos en la calle. Quizás algo más tarde se oigan otros ruidos. El roce de la carne con otra, los gemidos, los suspiros, los gritos ahogados. El ruido del tráfico es un rumor lejano.
Cuando vuelvo a la cama todo está en silencio. Pero soy incapaz de cerrar los ojos. Los ruidos de mi cabeza no me dejan dormir...
12 de agosto de 2006
El sueño
Creo que era en Expediente X donde decían que los sueños son respuestas a preguntas que aún no sabemos formular. Está claro que no siempre es así. En ocasiones los sueños no son tan enigmáticos y nos indican con toda claridad lo que está pasando por nuestra cabeza en esos momentos. No hay más que recordar los sueños eróticos que en alguna ocasión todos hemos tenido y que no necesitan interpretación freudiana alguna (bueno, a menos que te lo montes con algún familiar, animal o ser de otro planeta, en cuyo caso yo empezaría a preocuparme).
En mi caso las fantasías sexuales son escasas (y en general bastante frustrantes, que manda cojones), pero existe un sueño que se lleva repitiendo casi desde que las hormonas me cambiaron la voz (por no decir desde que me mato a pajas). Cada vez adopta un contexto distinto, pero la base de la historia se mantiene inalterable: conozco a una chica, me fijo en ella, ella se fija en mi, flirteamos y nos enrollamos. Todo en un corto espacio de tiempo y sin que la cosa llegue realmente a más.
Huelga decir que esto es algo que nunca me ha pasado. Es decir, al menos no de la forma en que ocurre en el sueño, tan inmediata y tan directa (bueno, si descontamos a la sueca borracha de hace unos meses). Mientras que mis dos relaciones necesitaron algo de tiempo y bastantes dudas hasta que llegaron a buen término (no digamos para acabar), aquí todo transcurre de forma fluida, sin vacilaciones de ningún tipo. Yo te gusto, tu me gustas, así que vámonos a ese rincón de ahí donde no nos ve nadie.
No quiero dar la impresión de que estoy hablando de un simple rollo de una noche (o mejor dicho de una tarde, que es cuando, curiosamente, suele ocurrir todo). Ni mucho menos. Lo que hace especiales a estos sueños, y consiguen que me rompa tanto la cabeza al despertar, es la intensidad con la que ocurren. No es exactamente un flechazo (o eso creo, la verdad es que nunca he tenido uno), sino algo más limpio, menos complicado, sin tantas implicaciones emocionales de esas que te impulsan a garabatear poesias mal rimadas en una servilleta. Atracción, esa es la palabra. Nos atraemos de forma instantanea y, lo que es más importante, no dudamos un momento en conocernos, libres como estamos los dos de barreras de ningún tipo (y si a alguien le molesta, que se joda).
Las conclusiones directas del sueño son dos. Ante todo refleja mi deseo nada oculto de que las cosas fueran más fáciles a la hora de entablar una relación, sea del tipo que sea (incluso una mamada rápida en los baños de un pub, coca mediante). Atado como estoy por mis miedos, mi inseguridad, mi falta de experiencia y mi nula autoestima, a veces ligar se me antoja como una empresa casi imposible. Al menos se que no soy el único, aunque ese pensamiento no es que me reconforte demasiado (ya se sabe, mal de muchos...). Por otro lado, ya de una forma un poco más sutil (aunque no mucho, la verdad), mi necesidad de sentirme deseado. No soy un adonis, para qué vamos a engañarnos, y el cuerpo fofo, la ortodoncia y la despreocupación por mi vestuario no es que ayuden mucho. Lo cierto es que apenas si hago nada para que se fijen en mi, aparte de afeitarme (y eso solo de vez en cuando). Pero, qué coño, yo también quiero que me miren. Yo también quiero que me entren e intenten ligar conmigo (a ser posible mujeres, que no es que no me sienta halagado por atraer a algunos hombres, pero es que no me van). Se que eso de la igualdad todavía es un mito, que tenemos que superar muchos problemas de comunicación y todo ese rollo. Sin embargo, ¿es tanto pedir un poco de reconocimiento, saber que tengo tanto derecho a echar un polvo como cualquiera, sentir de vez en cuando que mis miedos no tienen justificación?
En fin, se que en el fondo mis sueños no dejan de ser una pataleta de mi subconsciente. Que probablemente, al igual que tantos otros, tenga que ganarme el rollo, el polvo o la relación a pulso, a golpe de palabras, de gestos, de silencios, de sonrisas, de emplear mucho tiempo y esfuerzo para conseguir derribar la barrera de desconfianza que nos rodea y demostrar que valgo la pena. Pero...
¿ ... y lo bonito que sería decir simplemente "hola" y que no hiciera falta nada más?
En mi caso las fantasías sexuales son escasas (y en general bastante frustrantes, que manda cojones), pero existe un sueño que se lleva repitiendo casi desde que las hormonas me cambiaron la voz (por no decir desde que me mato a pajas). Cada vez adopta un contexto distinto, pero la base de la historia se mantiene inalterable: conozco a una chica, me fijo en ella, ella se fija en mi, flirteamos y nos enrollamos. Todo en un corto espacio de tiempo y sin que la cosa llegue realmente a más.
Huelga decir que esto es algo que nunca me ha pasado. Es decir, al menos no de la forma en que ocurre en el sueño, tan inmediata y tan directa (bueno, si descontamos a la sueca borracha de hace unos meses). Mientras que mis dos relaciones necesitaron algo de tiempo y bastantes dudas hasta que llegaron a buen término (no digamos para acabar), aquí todo transcurre de forma fluida, sin vacilaciones de ningún tipo. Yo te gusto, tu me gustas, así que vámonos a ese rincón de ahí donde no nos ve nadie.
No quiero dar la impresión de que estoy hablando de un simple rollo de una noche (o mejor dicho de una tarde, que es cuando, curiosamente, suele ocurrir todo). Ni mucho menos. Lo que hace especiales a estos sueños, y consiguen que me rompa tanto la cabeza al despertar, es la intensidad con la que ocurren. No es exactamente un flechazo (o eso creo, la verdad es que nunca he tenido uno), sino algo más limpio, menos complicado, sin tantas implicaciones emocionales de esas que te impulsan a garabatear poesias mal rimadas en una servilleta. Atracción, esa es la palabra. Nos atraemos de forma instantanea y, lo que es más importante, no dudamos un momento en conocernos, libres como estamos los dos de barreras de ningún tipo (y si a alguien le molesta, que se joda).
Las conclusiones directas del sueño son dos. Ante todo refleja mi deseo nada oculto de que las cosas fueran más fáciles a la hora de entablar una relación, sea del tipo que sea (incluso una mamada rápida en los baños de un pub, coca mediante). Atado como estoy por mis miedos, mi inseguridad, mi falta de experiencia y mi nula autoestima, a veces ligar se me antoja como una empresa casi imposible. Al menos se que no soy el único, aunque ese pensamiento no es que me reconforte demasiado (ya se sabe, mal de muchos...). Por otro lado, ya de una forma un poco más sutil (aunque no mucho, la verdad), mi necesidad de sentirme deseado. No soy un adonis, para qué vamos a engañarnos, y el cuerpo fofo, la ortodoncia y la despreocupación por mi vestuario no es que ayuden mucho. Lo cierto es que apenas si hago nada para que se fijen en mi, aparte de afeitarme (y eso solo de vez en cuando). Pero, qué coño, yo también quiero que me miren. Yo también quiero que me entren e intenten ligar conmigo (a ser posible mujeres, que no es que no me sienta halagado por atraer a algunos hombres, pero es que no me van). Se que eso de la igualdad todavía es un mito, que tenemos que superar muchos problemas de comunicación y todo ese rollo. Sin embargo, ¿es tanto pedir un poco de reconocimiento, saber que tengo tanto derecho a echar un polvo como cualquiera, sentir de vez en cuando que mis miedos no tienen justificación?
En fin, se que en el fondo mis sueños no dejan de ser una pataleta de mi subconsciente. Que probablemente, al igual que tantos otros, tenga que ganarme el rollo, el polvo o la relación a pulso, a golpe de palabras, de gestos, de silencios, de sonrisas, de emplear mucho tiempo y esfuerzo para conseguir derribar la barrera de desconfianza que nos rodea y demostrar que valgo la pena. Pero...
¿ ... y lo bonito que sería decir simplemente "hola" y que no hiciera falta nada más?
11 de agosto de 2006
Yonki
(El inadaptado lucha por abrir los párpados, mascullando entre dientes. La almohada está empapada de sudor y la sábana oprime su pierna derecha con fuerza)
- Puto verano...
(Finalmente consigue despertarse, sentándose en la cama con lentitud. Observa con ironía durante unos segundos el tomo de "The Sandman" que hay en la mesita de noche y empieza a cavilar. No tiene planes para hoy. Odia dormir durante toda la tarde, pero cuando consigue despertarse a tiempo nunca sabe qué hacer con después. Se aburre, mucho. Echa un vistazo al ordenador y decide que no tiene ganas de pelearse con Ubuntu. Su cabeza pasa lista con rapidez: la casa está limpia, al menos lo suficiente; en la nevera hay comida de sobra; la televisión se ha vuelto insoportable; debería ir a la playa para hacer rehabilitación, pero es demasiado tarde; piensa fugazmente en el sexo y se rie por lo bajo, aunque el chiste no tenga gracia; ni siquiera cree que su cuerpo soportara un cigarrillo en esos momentos.
Entonces surge de la nada la imperiosa necesidad de leer. Anoche terminó "Lunar Park" -motivo de que se acostara tan tarde y de que tras la comida necesitara una siesta- y no le interesan ninguno de los libros que tomó prestados de la biblioteca familiar: dos clásicos de aventuras, uno de Coelho, y otra sobre la vida de Jesús que su padre insistió con vehemencia que se llevara y del que pasa completamente. Que sean cómics, pues. A pesar de que no se lo puede permitir, debate la posibilidad de hacer otra incursión a la librería más cercana. Piensa. Queda media hora hasta el cierre, pero el sol aún brilla con fuerza y le disgusta salir a la calle con tanto calor. Piensa. El sudor le baja por la espalda y las lumbares comienzan a dolerle de nuevo. Piensa. En la cuenta apenas queda dinero, pero al menos ya se han pagado todas las facturas del mes. Piensa. Finalmente se levanta de un salto, se viste con la misma ropa de esta mañana -nadie lo sabrá, de todas formas- y baja corriendo hasta la calle.
Cuando llega a la caja, como siempre, lleva el doble de compras de las que había previsto. Y la encargada, también como siempre, disimula una risita de satisfacción)
- Joder, porqué no tendré vicios normales. No se, la cocaina, las tragaperras, irme de putas, comprar en los todo a 100...
(Al llegar a su piso suelta la bolsa encima de la mesa, se quita la ropa y se da una rápida ducha. Abre completamente el grifo del agua fria, pero aun así sale tibia, lo que no impide que se ponga a toser de forma desagradable. Demasiado tabaco el dia anterior. De vuelta en la habitación se viste con la ventana entreabierta -consciente de la remota posibilidad de que alguien pueda verle desde la calle, a pesar de ser el último piso, en un arranque de morbo infrecuente en él- y se desploma en un sillón del salón con un coleccionable de los X-Men.
Satisfecha el ansia de lectura regresa al dormitorio, enciende el ordenador -y un cigarrillo- y se dispone a escribir en el blog. Tiene en la mente vagas ideas para lanzar una perorata sobre la vida del inadaptado, sin duda influido por el libro de Easton Ellis. Pero algo le inquieta. Entonces echa un vistazo a la habitación y reprime una mueca de disgusto)
- Menudo rebelde de pacotilla...
(La habitación, el piso entero, está ordenado de forma enfermiza. Incluso los objetos sueltos están colocados de forma que no estorben. Hace tres días limpió el baño a fondo. En la mano tiene una lata de un refresco sin gas. En la despensa los productos saludables ganan terreno a la comida para picar. Se siente culpable por no hacer ejercicio -a pesar de que lo odia- y ya ha perdido la cuenta de las veces que ha intentado dejar de fumar.
Y se rie. Después de todas las quejas, de todos los textos satíricos, de todas las soflamas incendiarias, de la pose, de la actitud, de la máscara que lleva todos los dias en la red, resulta ridículo pensar hasta que punto su vida es cómoda y aséptica. ¿Que clase de miseria piensa transmitir, si hace siglos que no coge una borrachera o un buen cuelgue de hachís; si sus padres siguen casados y más o menos felices; si sus relaciones, difíciles a veces, nunca le causaron demasiado daño; si no le falta el dinero, a pesar de que no se puede permitir ningún lujo; si hasta, cosa rara en este país, está contento en su trabajo?)
- En fin, que me quiten lo bailao...
(El inadaptado se da la vuelta, pone un CD en el lector del ordenador, abre la carpeta "Exploited Teens" mientras enciende otro cigarrillo y se baja la bragueta)
(Fundido en negro)
- Puto verano...
(Finalmente consigue despertarse, sentándose en la cama con lentitud. Observa con ironía durante unos segundos el tomo de "The Sandman" que hay en la mesita de noche y empieza a cavilar. No tiene planes para hoy. Odia dormir durante toda la tarde, pero cuando consigue despertarse a tiempo nunca sabe qué hacer con después. Se aburre, mucho. Echa un vistazo al ordenador y decide que no tiene ganas de pelearse con Ubuntu. Su cabeza pasa lista con rapidez: la casa está limpia, al menos lo suficiente; en la nevera hay comida de sobra; la televisión se ha vuelto insoportable; debería ir a la playa para hacer rehabilitación, pero es demasiado tarde; piensa fugazmente en el sexo y se rie por lo bajo, aunque el chiste no tenga gracia; ni siquiera cree que su cuerpo soportara un cigarrillo en esos momentos.
Entonces surge de la nada la imperiosa necesidad de leer. Anoche terminó "Lunar Park" -motivo de que se acostara tan tarde y de que tras la comida necesitara una siesta- y no le interesan ninguno de los libros que tomó prestados de la biblioteca familiar: dos clásicos de aventuras, uno de Coelho, y otra sobre la vida de Jesús que su padre insistió con vehemencia que se llevara y del que pasa completamente. Que sean cómics, pues. A pesar de que no se lo puede permitir, debate la posibilidad de hacer otra incursión a la librería más cercana. Piensa. Queda media hora hasta el cierre, pero el sol aún brilla con fuerza y le disgusta salir a la calle con tanto calor. Piensa. El sudor le baja por la espalda y las lumbares comienzan a dolerle de nuevo. Piensa. En la cuenta apenas queda dinero, pero al menos ya se han pagado todas las facturas del mes. Piensa. Finalmente se levanta de un salto, se viste con la misma ropa de esta mañana -nadie lo sabrá, de todas formas- y baja corriendo hasta la calle.
Cuando llega a la caja, como siempre, lleva el doble de compras de las que había previsto. Y la encargada, también como siempre, disimula una risita de satisfacción)
- Joder, porqué no tendré vicios normales. No se, la cocaina, las tragaperras, irme de putas, comprar en los todo a 100...
(Al llegar a su piso suelta la bolsa encima de la mesa, se quita la ropa y se da una rápida ducha. Abre completamente el grifo del agua fria, pero aun así sale tibia, lo que no impide que se ponga a toser de forma desagradable. Demasiado tabaco el dia anterior. De vuelta en la habitación se viste con la ventana entreabierta -consciente de la remota posibilidad de que alguien pueda verle desde la calle, a pesar de ser el último piso, en un arranque de morbo infrecuente en él- y se desploma en un sillón del salón con un coleccionable de los X-Men.
Satisfecha el ansia de lectura regresa al dormitorio, enciende el ordenador -y un cigarrillo- y se dispone a escribir en el blog. Tiene en la mente vagas ideas para lanzar una perorata sobre la vida del inadaptado, sin duda influido por el libro de Easton Ellis. Pero algo le inquieta. Entonces echa un vistazo a la habitación y reprime una mueca de disgusto)
- Menudo rebelde de pacotilla...
(La habitación, el piso entero, está ordenado de forma enfermiza. Incluso los objetos sueltos están colocados de forma que no estorben. Hace tres días limpió el baño a fondo. En la mano tiene una lata de un refresco sin gas. En la despensa los productos saludables ganan terreno a la comida para picar. Se siente culpable por no hacer ejercicio -a pesar de que lo odia- y ya ha perdido la cuenta de las veces que ha intentado dejar de fumar.
Y se rie. Después de todas las quejas, de todos los textos satíricos, de todas las soflamas incendiarias, de la pose, de la actitud, de la máscara que lleva todos los dias en la red, resulta ridículo pensar hasta que punto su vida es cómoda y aséptica. ¿Que clase de miseria piensa transmitir, si hace siglos que no coge una borrachera o un buen cuelgue de hachís; si sus padres siguen casados y más o menos felices; si sus relaciones, difíciles a veces, nunca le causaron demasiado daño; si no le falta el dinero, a pesar de que no se puede permitir ningún lujo; si hasta, cosa rara en este país, está contento en su trabajo?)
- En fin, que me quiten lo bailao...
(El inadaptado se da la vuelta, pone un CD en el lector del ordenador, abre la carpeta "Exploited Teens" mientras enciende otro cigarrillo y se baja la bragueta)
(Fundido en negro)
9 de agosto de 2006
(In)sociabilidad
El asunto no está exento de cierta ironía. Siendo yo un crio la gente tendía a confundir mi profunda timidez con maleducación e insociabilidad. Nadie parecía comprender que incluso decir "hola" me suponía un gran esfuerzo, y por eso a veces las palabras no salían de mi boca o lo hacían de forma casi inaudible (manía esta que he conservado de adulto, especialmente en días de mal humor). También era la causa de que me costara tanto hacer amigos nuevos y de que no terminara de conectar con los que ya tenía (aunque estos se limitaron a pensar que había nacido así de raro y que si no aguantaba sus bromas pesadas peor para mí). Con el tiempo, las experiencias y un poquito de madurez (eso sí, sin abusar) he conseguido superar algunos de mis miedos y abrirme más al mundo, dentro de mis limitaciones (ya lo dijo Carmen Posadas: la timidez es una enfermedad crónica e incurable). Sin embargo es precisamente ahora, después de haber conocido a tantas personas, de haberme ido a la cama con varias mujeres, de haber convivido con un montón de desconocidos y de haberme pasado casi toda mi vida laboral atendiendo al gran público, cuando me he convertido en un ser maleducado e insociable.
Cuanta más gente conozco menos la soporto.
Una discusión habitual en las visitas no autorizadas de mis padres al Nido es mi absoluto desinterés hacia mis compañeros de piso. Especialmente por parte de mi madre, una manchega de los pies a la cabeza, de esas para las que las opiniones de los vecinos cuentan más que la suya propia y que acude a velatorios de gente a la que conocía solo de pasada por aquello de "quedar bien con la familia". Ella es incapaz de entender que después de haber convivido con casi una treintena de personas desde que me fui de casa resulta completamente imposible trabar amistad con todos. De hecho he llegado a un punto en el que para mi son solo gente a la que tengo que soportar para poder pagar el alquiler y que, como todos, se irán al cabo de unos meses para no volver jamás. De esas treinta solo mantengo el contacto con dos, así que ya ni me molesto en comenzar una relación que acabará en el momento en el que salgan por la puerta con sus maletas y que, por otra parte, en general no me importa en absoluto. Puede sonar mezquino, pero intentar fingir lo contrario sería una pérdida de tiempo.
El problema es que mis pasos me han llevado a recalar en un lugar que vive de los flujos de gente. Y son una auténtica plaga. Hay gente por todas partes: gente abarrotando la playa, gente inundando las calles, gente atestando los bares, hordas de gente tomando al asalto una ciudad que en el fondo no les interesa una mierda y que solo se marcharán para ser sustituidos por otros, igual o más presuntuosos que los anteriores. La bonanza económica se ha convertido en mi infierno particular. En más de una ocasión he tenido que salir corriendo del pub ("mi" pub), harto como estaba de los empujones, de los codazos, del calor, de la falta de oxígeno y espacio, de estar atrapado sin casi poder moverme rodeado de desconocidos ebrios, colocados o salidos (o las tres cosas a la vez). Hay veces que he sentido ganas de gritar, preso de la rabia y la ansiedad.
Se que lo que yo considero una tortura podría ser una gran oportunidad. A fin de cuentas, ¿que miedo debería tener de actuar como un gilipollas frente a una turista a la que con toda probabilidad no volveré a ver en la vida? Sin embargo por mucho que lo intente no los soporto. En verano los guiris, con sus cabellos rubios, sus ojos azules y sus pieles blanquecinas completamente quemadas por el sol, mirándonos siempre por encima del hombro aunque llegada la noche abandonen todo principio moral que les ate en sus propios paises y se entreguen a cualquier exceso con la convicción de que aquí todo vale. Y en invierno los universitarios, tan ingenuos, tan confiados, tan alegres, tan altivos, creyéndose a salvo en su propia burbuja de irrealidad, jugando a ser modernos, alternativos, transgresores o triunfadores dentro de la falsa libertad que esos tres, cuatro o cinco años de estudio les proporciona (y que se vendrá abajo cuando salgan al mundo y descubran que les ha servido de poco o nada).
Ojalá fuera menos remilgado, más abierto y mucho más hijoputa: viviendo donde vivo, no pararía de follar. Sin embargo he nacido solitario y por más que lo intente no consigo encontrarme cómodo rodeado de gente por la que no siento ningún interés, aunque sea para sacarles dinero o llevármelas a la cama. Eso no significa que fuera feliz mudándome a una isla desierta, alejado de todo contacto humano para siempre. La soledad es mala compañera y también disfruto teniendo al lado a los amigos, la familia o incluso a algún desconocido de tanto en tanto. Sin embargo, no hay droga, libro de autoayuda o meditación trascendental que me permita superar el profundo rencor que siento hacia aquellos que invaden mi espacio personal sin mi permiso. A veces incluso con él
¿Insociable? Sí, mucho. Pero para conocer gente sin tenerlos demasiado cerca ya se inventó internet...
Cuanta más gente conozco menos la soporto.
Una discusión habitual en las visitas no autorizadas de mis padres al Nido es mi absoluto desinterés hacia mis compañeros de piso. Especialmente por parte de mi madre, una manchega de los pies a la cabeza, de esas para las que las opiniones de los vecinos cuentan más que la suya propia y que acude a velatorios de gente a la que conocía solo de pasada por aquello de "quedar bien con la familia". Ella es incapaz de entender que después de haber convivido con casi una treintena de personas desde que me fui de casa resulta completamente imposible trabar amistad con todos. De hecho he llegado a un punto en el que para mi son solo gente a la que tengo que soportar para poder pagar el alquiler y que, como todos, se irán al cabo de unos meses para no volver jamás. De esas treinta solo mantengo el contacto con dos, así que ya ni me molesto en comenzar una relación que acabará en el momento en el que salgan por la puerta con sus maletas y que, por otra parte, en general no me importa en absoluto. Puede sonar mezquino, pero intentar fingir lo contrario sería una pérdida de tiempo.
El problema es que mis pasos me han llevado a recalar en un lugar que vive de los flujos de gente. Y son una auténtica plaga. Hay gente por todas partes: gente abarrotando la playa, gente inundando las calles, gente atestando los bares, hordas de gente tomando al asalto una ciudad que en el fondo no les interesa una mierda y que solo se marcharán para ser sustituidos por otros, igual o más presuntuosos que los anteriores. La bonanza económica se ha convertido en mi infierno particular. En más de una ocasión he tenido que salir corriendo del pub ("mi" pub), harto como estaba de los empujones, de los codazos, del calor, de la falta de oxígeno y espacio, de estar atrapado sin casi poder moverme rodeado de desconocidos ebrios, colocados o salidos (o las tres cosas a la vez). Hay veces que he sentido ganas de gritar, preso de la rabia y la ansiedad.
Se que lo que yo considero una tortura podría ser una gran oportunidad. A fin de cuentas, ¿que miedo debería tener de actuar como un gilipollas frente a una turista a la que con toda probabilidad no volveré a ver en la vida? Sin embargo por mucho que lo intente no los soporto. En verano los guiris, con sus cabellos rubios, sus ojos azules y sus pieles blanquecinas completamente quemadas por el sol, mirándonos siempre por encima del hombro aunque llegada la noche abandonen todo principio moral que les ate en sus propios paises y se entreguen a cualquier exceso con la convicción de que aquí todo vale. Y en invierno los universitarios, tan ingenuos, tan confiados, tan alegres, tan altivos, creyéndose a salvo en su propia burbuja de irrealidad, jugando a ser modernos, alternativos, transgresores o triunfadores dentro de la falsa libertad que esos tres, cuatro o cinco años de estudio les proporciona (y que se vendrá abajo cuando salgan al mundo y descubran que les ha servido de poco o nada).
Ojalá fuera menos remilgado, más abierto y mucho más hijoputa: viviendo donde vivo, no pararía de follar. Sin embargo he nacido solitario y por más que lo intente no consigo encontrarme cómodo rodeado de gente por la que no siento ningún interés, aunque sea para sacarles dinero o llevármelas a la cama. Eso no significa que fuera feliz mudándome a una isla desierta, alejado de todo contacto humano para siempre. La soledad es mala compañera y también disfruto teniendo al lado a los amigos, la familia o incluso a algún desconocido de tanto en tanto. Sin embargo, no hay droga, libro de autoayuda o meditación trascendental que me permita superar el profundo rencor que siento hacia aquellos que invaden mi espacio personal sin mi permiso. A veces incluso con él
¿Insociable? Sí, mucho. Pero para conocer gente sin tenerlos demasiado cerca ya se inventó internet...
8 de agosto de 2006
Queer as folk?
Mentiría si dijera que no lo ví venir. A pesar de lo mucho que me quejo de mi falta de éxito en cuestiones sexuales (o quizás precisamente por eso) en seguida me di cuenta de que me estaba mirando. No con descaro, pero si con interés. Incluso creí ver un gesto para que me acercara, pero lo ignoré esperando que captara la indirecta y evitar una situación embarazosa (al menos para él). Finalmente decidió usar a una de sus mariliendres para interrogarme con poca sutileza, en vista de que aún no lo tenía claro.
"Perdona", me dijo la chica, un poco cortada, al abordarme en la escalera (mi lugar favorito del pub, por razones que no vienen a cuento). "¿A tí te gustan los chicos o las chicas?", preguntó. Me reí mientras le aclaraba la duda y le confesé, para tranquilizarla, que no era la primera vez que me lo preguntaban. Ni será la última.
Lo que más me inquieta de toda esta historia no es que un hombre intentase ligar conmigo (aunque pocos, ya han sido más que mujeres). Lo que me preocupa es haber descubierto que en esta vida nadie se libra de los tópicos. Yo, pobre hetero ingenuo que apenas conoce el "ambiente" de refilón, creía que los homosexuales estarían más libres de prejuicios que el resto, habida cuenta de las persecuciones, los estereotipos y los chistes que han soportado y aún soportan. Pero está claro que no es así. Lo que pude deducir de lo que me contó la chica de la escalera, una vez aclarado todo, es que si no se había acercado antes para ejercer de celestina es porque pasaron un rato intentando dilucidar mis gustos. No me sorprendió en absoluto. En un país en el que los "machos" parecen condenados a permanecer siempre de pie con un botellín de cerveza en la mano, lanzando improperios y miradas lascivas a cuanta hembra pase por su lado, cualquiera que se salga de la norma está expuesto a que cuestionen su orientación.
Me chifla bailar, no puedo negarlo. Descubrí este pequeño placer (casi) gratuito ya llegado a la universidad, cuando decidí que había formas mucho mejores de divertirse que consumir estupefacientes hasta intoxicarme o pasarme la noche persiguiendo a cualquier ser vivo con tetas con la pobre esperanza de una noche de sexo, o, cuanto menos, un magreo en un rincón oscuro (así me va, todo sea dicho). Además, por algún motivo que escapa a mi comprensión, mucha gente parece creer que lo hago bien. A pesar de tener serias dudas sobre su salud mental, cuando completos desconocidos te abordan en medio de la pista para felicitarte (sí, en serio) o preguntarte dónde has aprendido a bailar así (de verdad, lo juro) uno empieza a pensar que esa serie de movimientos espasmódicos y carentes de ritmo no están tan mal ejecutados después de todo. Y a mi me gusta seguir esa máxima de las películas de Hollywood (fuente inagotable de tópicos) de que si uno posee algún talento tiene el deber de desarrollarlo (sic).
En cualquier caso, yo hago lo que me sale de los huevos cuando estoy de marcha y lo que opinen los demás me importa bien poco. Por eso no suelo pararme a pensar si en algún momento determinado mis arrebatos me asemejan a un go-go muy pasado de coca en el desfile del Orgullo Gay. El problema surge cuando incluso aquellos que supuestamente más deberían entender de hombres y falsos prejuicios se dejan llevar por los clichés. Si ellos lo hacen, ¿hasta que punto estamos condicionados los demás?
Se suele achacar la proliferación de las relaciones a través de internet a las dificultades de comunicación que padecemos las personas de este siglo. Pero este asunto va más allá de una simple forma de romper el hielo. Supone que vivimos en un mundo tan condicionado por las etiquetas, la apariencia, los roles en los que estamos encasillados que la única forma de conocernos es no mirarnos a la cara. Porque si lo hacemos es casi seguro que juzgaremos a la otra persona sin conocerla. ¿O acaso no se ha cuestionado toda mi sexualidad tan solo por mi forma de bailar (lo cual, por cierto, explicaría mi eterna sequía)? A pesar de todos aquellos que aseguran que no hay mejor forma de hacer amistades o ligues que saliendo por la noche, eso resulta difícil, casi imposible, cuando al intentarlo te enfrentas a un muro de incompresión por su parte, o puede que la tuya propia.
Claro, que también puede resultar que sea gay y no me haya dado cuenta...
"Perdona", me dijo la chica, un poco cortada, al abordarme en la escalera (mi lugar favorito del pub, por razones que no vienen a cuento). "¿A tí te gustan los chicos o las chicas?", preguntó. Me reí mientras le aclaraba la duda y le confesé, para tranquilizarla, que no era la primera vez que me lo preguntaban. Ni será la última.
Lo que más me inquieta de toda esta historia no es que un hombre intentase ligar conmigo (aunque pocos, ya han sido más que mujeres). Lo que me preocupa es haber descubierto que en esta vida nadie se libra de los tópicos. Yo, pobre hetero ingenuo que apenas conoce el "ambiente" de refilón, creía que los homosexuales estarían más libres de prejuicios que el resto, habida cuenta de las persecuciones, los estereotipos y los chistes que han soportado y aún soportan. Pero está claro que no es así. Lo que pude deducir de lo que me contó la chica de la escalera, una vez aclarado todo, es que si no se había acercado antes para ejercer de celestina es porque pasaron un rato intentando dilucidar mis gustos. No me sorprendió en absoluto. En un país en el que los "machos" parecen condenados a permanecer siempre de pie con un botellín de cerveza en la mano, lanzando improperios y miradas lascivas a cuanta hembra pase por su lado, cualquiera que se salga de la norma está expuesto a que cuestionen su orientación.
Me chifla bailar, no puedo negarlo. Descubrí este pequeño placer (casi) gratuito ya llegado a la universidad, cuando decidí que había formas mucho mejores de divertirse que consumir estupefacientes hasta intoxicarme o pasarme la noche persiguiendo a cualquier ser vivo con tetas con la pobre esperanza de una noche de sexo, o, cuanto menos, un magreo en un rincón oscuro (así me va, todo sea dicho). Además, por algún motivo que escapa a mi comprensión, mucha gente parece creer que lo hago bien. A pesar de tener serias dudas sobre su salud mental, cuando completos desconocidos te abordan en medio de la pista para felicitarte (sí, en serio) o preguntarte dónde has aprendido a bailar así (de verdad, lo juro) uno empieza a pensar que esa serie de movimientos espasmódicos y carentes de ritmo no están tan mal ejecutados después de todo. Y a mi me gusta seguir esa máxima de las películas de Hollywood (fuente inagotable de tópicos) de que si uno posee algún talento tiene el deber de desarrollarlo (sic).
En cualquier caso, yo hago lo que me sale de los huevos cuando estoy de marcha y lo que opinen los demás me importa bien poco. Por eso no suelo pararme a pensar si en algún momento determinado mis arrebatos me asemejan a un go-go muy pasado de coca en el desfile del Orgullo Gay. El problema surge cuando incluso aquellos que supuestamente más deberían entender de hombres y falsos prejuicios se dejan llevar por los clichés. Si ellos lo hacen, ¿hasta que punto estamos condicionados los demás?
Se suele achacar la proliferación de las relaciones a través de internet a las dificultades de comunicación que padecemos las personas de este siglo. Pero este asunto va más allá de una simple forma de romper el hielo. Supone que vivimos en un mundo tan condicionado por las etiquetas, la apariencia, los roles en los que estamos encasillados que la única forma de conocernos es no mirarnos a la cara. Porque si lo hacemos es casi seguro que juzgaremos a la otra persona sin conocerla. ¿O acaso no se ha cuestionado toda mi sexualidad tan solo por mi forma de bailar (lo cual, por cierto, explicaría mi eterna sequía)? A pesar de todos aquellos que aseguran que no hay mejor forma de hacer amistades o ligues que saliendo por la noche, eso resulta difícil, casi imposible, cuando al intentarlo te enfrentas a un muro de incompresión por su parte, o puede que la tuya propia.
Claro, que también puede resultar que sea gay y no me haya dado cuenta...
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