Hace ya algún tiempo solicité a mi jefe que por favor me trasladara desde la asfixiante y claustrofóbica hilera de cubículos en el que me encontraba a una más amplia (y considerablemente más aislada) que acababan de instalar en la otra punta de la oficina. Naturalmente, que de tonto solo tengo un pelo o dos, pedí que me adjudicaran el puesto que estaba más cerca de la ventana y más lejos del resto de la humanidad. Como era de esperar, acabé asignado a la mesa más cerca del pasillo, la fuente de agua, los ascensores y en general una docena de puntos desde los que cualquiera podría saber lo que estoy haciendo en todo momento. El lugar deseado lo acabó ocupando una compañera más rubia y con más tetas.
La razón que se esgrimió en un primer momento para privarme de mi localización deseada fue un error administrativo (yo había pedido el traslado antes que nadie) que supuestamente se enmendaría en un futuro cercano. El motivo real, no obstante, es que mi jefe estaba convencido de que pasaba más tiempo en internet que trabajando y quería mantenerme a raya colocándome en un lugar en el que me sintiera observado todo el tiempo. Parte de razón tenía, para qué negarlo, pero la intimidación hubiera sido más efectiva si supiera de la existencia de los logs del servidor en vez de contentarse con pillarme con las manos en la masa de vez en cuando.
En vista de que se negaban a confesar los auténticos motivos del desplante (cuántas intrigas para un departamento tan pequeño de una empresa tan chapucera), decidí hacer presión durante un tiempo hasta que una supervisora me dijo, bastante seca, que no pensaban cambiar a nadie más de sitio. Así que decidí callarme para no liarla más (no quería acabar atendiendo llamadas en el sótano) esperando una oportunidad mejor.
Iluso de mí, hoy otra compañera (también rubia y también con más tetas que yo) ha conseguido doblegar las reticencias de la dirección y adjudicarse el puesto por sopresa y alevosía, echando a su primera ocupante y dejándome con un palmo de narices. En vista de lo cual, solo se me presentan dos alternativas. Descartando de antemano la primera, ya que tengo poco pelo que teñir y los sujetadores con relleno me sientan fatal, no me ha quedado más remedio que darle la razón a mi jefe: si me ha puesto aquí porque no se fía de mí lo suficiente como para darme una mejor, tras dos leales años de clientes insufribles y horas extras impagadas, entonces tendré que pensar que es verdad que soy un vago y empezar a tocarme los huevos todo el día...
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5 de noviembre de 2009
5 de mayo de 2009
La jungla de papel (IV)
(Imagen de Feuillu)
Es por la crisis, nos dice. Cómo no, ya tocaba que nos apuntáramos a la gran excusa del siglo. Cuando todo esto pase y podamos echar la vista atrás, será cuando nos demos cuenta de cómo nos la han metido doblada por su culpa. Los cambios en la legislación laboral, el saneamiento de los bancos, la reestructuración de negocios caducos... Que sí, que los obreros las vamos a pasar putas, pero qué bien ha venido todo esto a algunos.
La crisis, habíamos dicho. Que la cosa está jodida, explica el jefe en la reunión de esta mañana. Entran pocos tráficos nuevos y demasiado pequeños, se nos ha largado alguno de los grandes y los jefazos empiezan a preguntarse si realmente necesitan un departamento dedicado solamente a lamer el culo a los clientes importantes. Como si no tuviéramos ya una cohorte de comerciales y ejecutivos, a cada cual más reluciente con sus trajes y sus coches de empresa. Y, mira tu que cosas, estos nunca sobran. Así que tenemos que evitar que se fijen en nosotros, de la única manera que sabemos hacer en este país: pringando. Se acabó el privilegio de tener a gente que nos sustituya en las vacaciones o los permisos. Se acabó poder enseñar a alguien cómo hacer la pelota correctamente para no echar a perder el negocio. Se acabó tener pululando por el departamento a carne fresca a la que poder amaestrar y echar a patadas a los 3 meses, como antaño.
A partir de ahora, si alguien no está que se joda el resto. Que quien puede manejar 10 clientes a la vez bien puede manejar 20. Aunque no tengas tiempo para más. Aunque nadie te haya explicado cómo hacerlo. Aunque no tengamos un sistema unificado que permita hacer un seguimiento sencillo y rápido de todo lo relacionado con la cuenta. No, eso sería mucho pedir. Aquí se hace a la española, improvisando, mal y tarde. Turnándonos diez personas para mirar el mismo ordenador (¿Red local? ¿Qué es eso?) y dando largas cuando nos hacen una consulta porque no tenemos ni puta idea del asunto. Aunque, eso sí, todo tiene que estar perfecto. Los informes hechos, los problemas resueltos y los clientes contentos. Que la dirección nos está mirando, ¿eh? Hay que trabajar el doble en las mismas horas y dejarse la piel por el mismo sueldo para mantener esto a flote. Y sin rechistar. Porque aquí nadie es imprescindible, la cosa está muy malita y con todo el paro que hay ya podemos darnos con un canto en los dientes por cobrar todos los meses. Y si no, ya sabes donde está la puerta.
Bueno, lo cierto es que esto último no lo dijo. Ni falta que hacía. Se veía en los ojos y en la sonrisa mal reprimida del muy cabrón mientras nos contaba cómo nos iban a dar por culo durante los próximos meses...
12 de enero de 2009
La jungla de papel (III)
En mi departamento, que no olvidemos pertenece a una importante empresa multinacional de logística, en estos momentos tenemos
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Pues la respuesta es bien fácil, ¡QUE USEMOS MENOS PAPEL!
- 6 programas de seguimiento de envíos
- 4 programas de gestión de solicitudes de recogidas
- 3 formas de hacer consultas
- 2 bases de datos
- a cada cliente se le manda un informe distinto
- cada empleado gestiona sus cuentas de manera diferente
- los programas de gestión de envíos son diferentes en cada país y solo pueden usarse en ese país
- cada país trata la información de forma distinta
- la intranet común a todos es un horror de diseño con marcos de mediados de los años 90 en la que es imposible encontrar nada
- a pesar de que la mayoría de los programas son en red, solo se puede usar Internet Explorer 6 (y solo esa versión)
- el principal programa de gestión en España está escrito en Unix con una interfaz de comandos que nadie te enseña a utilizar
- no se ha actualizado la versión de ningún programa instalado en los últimos 5 años
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Pues la respuesta es bien fácil, ¡QUE USEMOS MENOS PAPEL!
2 de enero de 2009
La jungla de papel (II)
A veces (solo a veces, cuando estoy realmente aburrido y echo de menos hablar con alguien de tetas, drogas y frikadas), me arrepiento de ser una persona solitaria, sin amigos y casi aislada del mundo. Bueno, vale, tengo una pareja estable, monógama y convencional, lo que significa que en realidad estoy totalmente aislado del mundo, pero eso no viene al caso. Lo cierto es que en esas ocasiones no puedo evitar fantasear con tener un grupo estable de amigos, que se reúnan con frecuencia en el mismo bar para contarse su vida, apoyarse mutuamente, compartir anecdotas y follar unos con otros.
Sí, es muy triste. A veces sueño con ser el protagonista de una sit-com barata.
La culpa, como todo, es de la televisión. No, espera, ahora la culpa de todo es de Internet. ¿O eran los videojuegos? Lo mismo me da, el caso es que tengo tan asimilada la imagen de lo maravillosas que son las relaciones personales, ya sean en vivo, en una pantalla o con un diamante enorme en la cabeza, que a veces caigo en la trampa de pensar que soy la única persona de esta maldita ciudad cuya sola interacción humana son los codazos del Metro en hora punta. Pero entonces es cuando llego al Complejo Alfa y me doy cuenta de que no soy el único, ni de largo. O eso, o trabajo con el grupo de personas más patético de la tierra.
Porque, a fin de cuentas, ¿por qué querría nadie basar su vida en un trabajo que consiste la mitad del tiempo en rellenar informes que hasta un mono podría conseguir si nuestros sistemas funcionaran como es debido (o si, simplemente, funcionaran), y la otra mitad cabrearse con las sucursales de medio planeta y que, por causas que jamás sabremos, hacen su trabajo cuando les sale de las gónadas? Cierto, no voy a negar que gracias al modelo español (1 hora de viaje a la ida, 4 horas de trabajo, 1 hora de comida, 4 horas más de trabajo y otra hora de viaje a la vuelta), pasamos en la oficina mucho más tiempo del que nadie en su sano juicio podría aguantar si no fuera imposible encontrar una alternativa en la que nos pagaran más de mil euros con nuestro pobre curriculum y escasa experiencia. También es cierto que, puestos a tratar diariamente con la gente que puede salvarte el culo en caso de encontrarte con un marrón del tamaño de Rusia, siempre será mejor llevarse bien que mal. Pero lo que no puedo entender de ninguna manera es esa compulsión de muchos de mis compañeros por fomentar la amistad con el resto.
Es decir, ¿es que nadie tiene amigos fuera de este edificio prefabricado?
Porque eso es lo que empiezo a sospechar. Que lejos de ser una excepción, lo normal en este despropósito de urbe es no conocer a más de dos o tres personas a las que, por lo general, no ves nada más que ciertos fines de semana y ocasiones especiales, como mucho. Y de ahí la terrible idea de querer atar lazos con la gente con la que pasas más tiempo que con tu pareja, compañero de piso, familia, camello o vendedor de cómics. Juntos. Que ya es decir.
No me entiendan mal. No niego en ningún momento la posibilidad de congeniar, e incluso desarrollar una auténtica amistad (de esas que solo se ven en las películas de la Disney) con los compañeros de trabajo, cuanto más si se presupone que al compartir oficio se comparten habilidades o aficiones. Pero es que no es el caso. Lo único que une a un rebaño de oficinistas como nosotros cuyo trabajo tiene la misma complejidad y funciones que una calculadora infantil es la circunstancia de haber encontrado una empresa poco exigente en cuanto a sus requisitos y haber tenido la suficiente paciencia y tragaderas para aguantar en el puesto hasta que el contrato fuera indefinido. Instinto de supervivencia, que diríamos. O poco respeto por uno mismo, que también.
La cosa, además, no sería tan grave de no ser por nuestras específicas circunstancias sociales. Que si todos fuéramos o, cuanto menos, nos comportáramos como adultos, otro gallo nos cantaría. Pero si obligas a convivir bajo el mismo techo a un grupo de personas que aún no han llegado en su mayoría a la treintena, sin apenas deberes ni responsabilidades, algunos incluso viviendo aún con los padres, pero con suficiente libertad, dinero, recursos y tiempo libre, de repente te encuentras con que ir al trabajo es como volver al instituto. Con menos pelo, pero igual que si tuviera 16 años, con todo lo que eso conlleva: las pandillas, los chismes, las bromitas, los motes, las etiquetas, la fingida rebeldía ante la autoridad y la sensación de que no han cambiado las cosas desde que ibas al parvulario. Ni siquiera en el sexo. Porque si al menos los solteros del departamento (qué coño, incluso alguno de los casados) protagonizaran algún romance (con su cortejos mal disimulados a la hora de la comida y sus escenas de celos) o se dedicaran a provocar a todo el mundo hasta que consiguieran convencer a alguien para follar a escondidas en el baño, el día a día sería mucho más entretenido y estimulante. Pero es que ni eso. Joder, esto es como vivir en una serie familiar de los 90.
Así las cosas, no creo que a nadie pueda extrañarle que me haya atrincherado en mi cubículo, aprovechando la increible circunstancia de que sea el único que trabaja en ese pasillo, que es al mismo tiempo el más alejado de la pecera del jefe, reduciendo así el mínimo el contacto humano (hay días en los que, literalmente, no digo más de tres palabras en toda la jornada) y casi logrando el objetivo de todo oficinista que se precie: hacer lo que le salga de los cojones sin que nadie le moleste. Que no está siendo fácil, debo admitir. Pero, puesto que estoy reviviendo a la fuerza mi etapa de bachiller, al menos esta vez pienso hacerlo bien. Si voy a ser el tío rarito que se sienta en una esquina y no se relaciona con nadie, lo seré hasta las últimas consecuencias. Aunque me miren mal. Aunque me desprecien en secreto. Al menos, hasta que llegue el día en que me harte de desperdiciar mi vida en este bloque de hormigón alejado de la mano de dios y, como en el cómic de Millar, lance los papeles al aire, mande a todos a tomar por culo y salga con la cabeza muy alta por la puerta.
Eso sí, es posible que nadie se entere...
Sí, es muy triste. A veces sueño con ser el protagonista de una sit-com barata.
La culpa, como todo, es de la televisión. No, espera, ahora la culpa de todo es de Internet. ¿O eran los videojuegos? Lo mismo me da, el caso es que tengo tan asimilada la imagen de lo maravillosas que son las relaciones personales, ya sean en vivo, en una pantalla o con un diamante enorme en la cabeza, que a veces caigo en la trampa de pensar que soy la única persona de esta maldita ciudad cuya sola interacción humana son los codazos del Metro en hora punta. Pero entonces es cuando llego al Complejo Alfa y me doy cuenta de que no soy el único, ni de largo. O eso, o trabajo con el grupo de personas más patético de la tierra.
Porque, a fin de cuentas, ¿por qué querría nadie basar su vida en un trabajo que consiste la mitad del tiempo en rellenar informes que hasta un mono podría conseguir si nuestros sistemas funcionaran como es debido (o si, simplemente, funcionaran), y la otra mitad cabrearse con las sucursales de medio planeta y que, por causas que jamás sabremos, hacen su trabajo cuando les sale de las gónadas? Cierto, no voy a negar que gracias al modelo español (1 hora de viaje a la ida, 4 horas de trabajo, 1 hora de comida, 4 horas más de trabajo y otra hora de viaje a la vuelta), pasamos en la oficina mucho más tiempo del que nadie en su sano juicio podría aguantar si no fuera imposible encontrar una alternativa en la que nos pagaran más de mil euros con nuestro pobre curriculum y escasa experiencia. También es cierto que, puestos a tratar diariamente con la gente que puede salvarte el culo en caso de encontrarte con un marrón del tamaño de Rusia, siempre será mejor llevarse bien que mal. Pero lo que no puedo entender de ninguna manera es esa compulsión de muchos de mis compañeros por fomentar la amistad con el resto.
Es decir, ¿es que nadie tiene amigos fuera de este edificio prefabricado?
Porque eso es lo que empiezo a sospechar. Que lejos de ser una excepción, lo normal en este despropósito de urbe es no conocer a más de dos o tres personas a las que, por lo general, no ves nada más que ciertos fines de semana y ocasiones especiales, como mucho. Y de ahí la terrible idea de querer atar lazos con la gente con la que pasas más tiempo que con tu pareja, compañero de piso, familia, camello o vendedor de cómics. Juntos. Que ya es decir.
No me entiendan mal. No niego en ningún momento la posibilidad de congeniar, e incluso desarrollar una auténtica amistad (de esas que solo se ven en las películas de la Disney) con los compañeros de trabajo, cuanto más si se presupone que al compartir oficio se comparten habilidades o aficiones. Pero es que no es el caso. Lo único que une a un rebaño de oficinistas como nosotros cuyo trabajo tiene la misma complejidad y funciones que una calculadora infantil es la circunstancia de haber encontrado una empresa poco exigente en cuanto a sus requisitos y haber tenido la suficiente paciencia y tragaderas para aguantar en el puesto hasta que el contrato fuera indefinido. Instinto de supervivencia, que diríamos. O poco respeto por uno mismo, que también.
La cosa, además, no sería tan grave de no ser por nuestras específicas circunstancias sociales. Que si todos fuéramos o, cuanto menos, nos comportáramos como adultos, otro gallo nos cantaría. Pero si obligas a convivir bajo el mismo techo a un grupo de personas que aún no han llegado en su mayoría a la treintena, sin apenas deberes ni responsabilidades, algunos incluso viviendo aún con los padres, pero con suficiente libertad, dinero, recursos y tiempo libre, de repente te encuentras con que ir al trabajo es como volver al instituto. Con menos pelo, pero igual que si tuviera 16 años, con todo lo que eso conlleva: las pandillas, los chismes, las bromitas, los motes, las etiquetas, la fingida rebeldía ante la autoridad y la sensación de que no han cambiado las cosas desde que ibas al parvulario. Ni siquiera en el sexo. Porque si al menos los solteros del departamento (qué coño, incluso alguno de los casados) protagonizaran algún romance (con su cortejos mal disimulados a la hora de la comida y sus escenas de celos) o se dedicaran a provocar a todo el mundo hasta que consiguieran convencer a alguien para follar a escondidas en el baño, el día a día sería mucho más entretenido y estimulante. Pero es que ni eso. Joder, esto es como vivir en una serie familiar de los 90.
Así las cosas, no creo que a nadie pueda extrañarle que me haya atrincherado en mi cubículo, aprovechando la increible circunstancia de que sea el único que trabaja en ese pasillo, que es al mismo tiempo el más alejado de la pecera del jefe, reduciendo así el mínimo el contacto humano (hay días en los que, literalmente, no digo más de tres palabras en toda la jornada) y casi logrando el objetivo de todo oficinista que se precie: hacer lo que le salga de los cojones sin que nadie le moleste. Que no está siendo fácil, debo admitir. Pero, puesto que estoy reviviendo a la fuerza mi etapa de bachiller, al menos esta vez pienso hacerlo bien. Si voy a ser el tío rarito que se sienta en una esquina y no se relaciona con nadie, lo seré hasta las últimas consecuencias. Aunque me miren mal. Aunque me desprecien en secreto. Al menos, hasta que llegue el día en que me harte de desperdiciar mi vida en este bloque de hormigón alejado de la mano de dios y, como en el cómic de Millar, lance los papeles al aire, mande a todos a tomar por culo y salga con la cabeza muy alta por la puerta.
Eso sí, es posible que nadie se entere...
23 de julio de 2008
La jungla de papel (I)
No consigo escribir nada. En principio por el calor, pero sobre todo por el cansancio con el que llego de la oficina. Tengo el cerebro tan abotargado estos días que incluso me cuesta leer cómics Marvel. Y, coño, eso sí que es grave. Aunque me lo tengo merecido, desde luego. No en vano tuve las santas pelotas de decir que era mi vocación desde crío y ya se sabe que hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, no sea que se haga realidad.
Tampoco es que me vaya tan mal, dicho sea de paso. No voy a encontrar muchas oficinas donde no importe si no me afeito en toda la semana, pueda vestir como quiera (o casi; no me permiten llevar pantalones cortos, pero bien que se hace la vista gorda con las minifaldas y los escotes...) y encima cobre un sueldo decente. Bueno, al menos decente para alguien como yo cuyos únicos gastos son las novedades editoriales del mes y algún videojuego de vez en cuando. Sin embargo, mi departamento ha entrado en una espiral de infantilización que está transformando el ambiente en el propio de un instituto. Y, joder, no es que guarde demasiado buenos recuerdos de esa época. Chismes, secretitos, gente que se pelea y deja de hablarse, grupitos de amigos, mensajes pasándose de un ordenador a otro sin que se entere la supervisora... A veces me cuesta creer que la edad media de los que curramos allí sean 27 años y no 15. Ayer sin ir más lejos empezó a trabajar una chica nueva (que tiene un polvazo, eso sí) y la cantidad de hormonas que había en el aire se podía cortar con un cuchillo. Yo, por supuesto, ya hace tiempo que soy el raro de la oficina, el retraido, huraño, poco hablador y con gustos frikis. Vamos, que me siento igual que en 2º de BUP. Sin hacerme tantas pajas, eso es cierto.
El trabajo en sí tampoco ayuda, sobre todo por lo increiblemente mal gestionado que está. Es una de las desventajas que tiene trabajar en una empresa multinacional de transportes que se dedicó a comprar empresas más pequeñas de todo el mundo para meterse por todo el morro en el mercado del país respectivo, y que fue comprada a su vez por una compañía más grande (o, al menos, con más dinero) que no tiene ni puta idea de cómo dirigir el negocio. Me pregunto quién fue el iluminado que decidió que, en vez de crear líneas de comunicación interna específicas, serían los mismos departamentos de atención al cliente de cada zona los que atendieran al resto de departamentos de atención al cliente que solicitaran información. Supongo que fue el mismo que decidió que no era importante unificar procedimientos y criterios, y que cada país podría seguir operando como le saliera de los cojones (es decir, igual que antes de que les absorbieran) con tal de que mantuvieran la imagen de la compañía.
De esta forma, me he encontrado a mi mismo jugando cada día una gigantesca partida de Paranoia en vivo. No solo por el hecho de debernos a una Central que nos obliga a ser felices si no queremos vernos de patitas en la calle, tener un sistema burocratizado hasta la náusea, sabernos completamente prescindibles y sufrir un sistema de castas que practicamente impide el ascenso a puestos más altos; sino sobre todo porque somos conscientes de que nos estamos traicionando unos a otros constantemente. A fin de cuentas, yo, que trabajo en un departamento de atención al cliente, miento todo el tiempo a los ídem para salvar mi culo. Y se que los demás departamentos también lo hacen con los suyos. Por lo cual, cuando vaya a pedirles información y sepan que han hecho algo mal ,también van a mentirme a mí. Además es muy posible que previamente las distintas estaciones de reparto les hayan mentido a ellos primero, puesto que en realidad son los primeros que la cagan y a los que más les interesa tratar de ocultar los marrones. Sin embargo, al final yo tengo que fingir que no se que unos y otros me han engañado, intentar deducir todo lo que se han callado como putas, y después seguir haciendo teatro frente a mis propios clientes. Joder, y pensar que no he jugado a rol de verdad en mi vida...
Pero donde la Central consiguió superarse a sí misma fue con Sistemas. Hay que tenerlos muy bien puestos para crear un servicio de atención al cliente para dar soporte técnico a un servicio de atención al cliente. Yo entiendo que cuando una empresa tiene el tamaño de la nuestra no puedes tener a dos simples "informáticos" encargándose de la red y los equipos, pero que nos intenten dar largas con los mismos trucos con los que intentamos dar largas a los demás es, como poco, surrealista.
Entiendo que no se lo ponemos fácil, ya que yo mismo me comporto muchas veces como un luser. Manda huevos que después de pasarme media vida delante de la pantalla del ordenador, desde aquel 286 con MS-DOS que se acabó quemando (literalmente), siga sin tener ni zorra de progamar, de usar linux como dios manda o tan siquiera de configurar una red. Si a eso le añadimos mi innata capacidad de explicarme como el culo nos da como resultado que más de un técnico informático se debe de haber acordado de mi familia hasta la quinta generación, abuelo más abuelo menos. Por eso no debería sorprenderme que, como los 300, este pequeño grupo de aguerridos hombres y mujeres resistan con sus armas desde su emplazamiento sin retroceder jamás. Es decir, que gracias al teléfono, el VNC, su intuición y quien sabe si una bola de cristal, de su departamento no los saca ni dios. Valga como muestra que en más de un año que llevo currando aquí los he visto en persona dos veces. Dos. Coño, hasta el cometa Halley pasa con más frecuencia.
No obstante eso no quita que el comportamiento del Helpdesk de mi empresa roce en algunos momentos el absurdo total. Ya no tanto por su propio trabajo (que también) sino sobre todo por la ridícula burocracia por las que se rige la empresa, que no permite cambiar ni un ratón si no es con su permiso. Pero ya es hora de ir a dormir y eso es otra historia...
Tampoco es que me vaya tan mal, dicho sea de paso. No voy a encontrar muchas oficinas donde no importe si no me afeito en toda la semana, pueda vestir como quiera (o casi; no me permiten llevar pantalones cortos, pero bien que se hace la vista gorda con las minifaldas y los escotes...) y encima cobre un sueldo decente. Bueno, al menos decente para alguien como yo cuyos únicos gastos son las novedades editoriales del mes y algún videojuego de vez en cuando. Sin embargo, mi departamento ha entrado en una espiral de infantilización que está transformando el ambiente en el propio de un instituto. Y, joder, no es que guarde demasiado buenos recuerdos de esa época. Chismes, secretitos, gente que se pelea y deja de hablarse, grupitos de amigos, mensajes pasándose de un ordenador a otro sin que se entere la supervisora... A veces me cuesta creer que la edad media de los que curramos allí sean 27 años y no 15. Ayer sin ir más lejos empezó a trabajar una chica nueva (que tiene un polvazo, eso sí) y la cantidad de hormonas que había en el aire se podía cortar con un cuchillo. Yo, por supuesto, ya hace tiempo que soy el raro de la oficina, el retraido, huraño, poco hablador y con gustos frikis. Vamos, que me siento igual que en 2º de BUP. Sin hacerme tantas pajas, eso es cierto.
El trabajo en sí tampoco ayuda, sobre todo por lo increiblemente mal gestionado que está. Es una de las desventajas que tiene trabajar en una empresa multinacional de transportes que se dedicó a comprar empresas más pequeñas de todo el mundo para meterse por todo el morro en el mercado del país respectivo, y que fue comprada a su vez por una compañía más grande (o, al menos, con más dinero) que no tiene ni puta idea de cómo dirigir el negocio. Me pregunto quién fue el iluminado que decidió que, en vez de crear líneas de comunicación interna específicas, serían los mismos departamentos de atención al cliente de cada zona los que atendieran al resto de departamentos de atención al cliente que solicitaran información. Supongo que fue el mismo que decidió que no era importante unificar procedimientos y criterios, y que cada país podría seguir operando como le saliera de los cojones (es decir, igual que antes de que les absorbieran) con tal de que mantuvieran la imagen de la compañía.
De esta forma, me he encontrado a mi mismo jugando cada día una gigantesca partida de Paranoia en vivo. No solo por el hecho de debernos a una Central que nos obliga a ser felices si no queremos vernos de patitas en la calle, tener un sistema burocratizado hasta la náusea, sabernos completamente prescindibles y sufrir un sistema de castas que practicamente impide el ascenso a puestos más altos; sino sobre todo porque somos conscientes de que nos estamos traicionando unos a otros constantemente. A fin de cuentas, yo, que trabajo en un departamento de atención al cliente, miento todo el tiempo a los ídem para salvar mi culo. Y se que los demás departamentos también lo hacen con los suyos. Por lo cual, cuando vaya a pedirles información y sepan que han hecho algo mal ,también van a mentirme a mí. Además es muy posible que previamente las distintas estaciones de reparto les hayan mentido a ellos primero, puesto que en realidad son los primeros que la cagan y a los que más les interesa tratar de ocultar los marrones. Sin embargo, al final yo tengo que fingir que no se que unos y otros me han engañado, intentar deducir todo lo que se han callado como putas, y después seguir haciendo teatro frente a mis propios clientes. Joder, y pensar que no he jugado a rol de verdad en mi vida...
Pero donde la Central consiguió superarse a sí misma fue con Sistemas. Hay que tenerlos muy bien puestos para crear un servicio de atención al cliente para dar soporte técnico a un servicio de atención al cliente. Yo entiendo que cuando una empresa tiene el tamaño de la nuestra no puedes tener a dos simples "informáticos" encargándose de la red y los equipos, pero que nos intenten dar largas con los mismos trucos con los que intentamos dar largas a los demás es, como poco, surrealista.
Entiendo que no se lo ponemos fácil, ya que yo mismo me comporto muchas veces como un luser. Manda huevos que después de pasarme media vida delante de la pantalla del ordenador, desde aquel 286 con MS-DOS que se acabó quemando (literalmente), siga sin tener ni zorra de progamar, de usar linux como dios manda o tan siquiera de configurar una red. Si a eso le añadimos mi innata capacidad de explicarme como el culo nos da como resultado que más de un técnico informático se debe de haber acordado de mi familia hasta la quinta generación, abuelo más abuelo menos. Por eso no debería sorprenderme que, como los 300, este pequeño grupo de aguerridos hombres y mujeres resistan con sus armas desde su emplazamiento sin retroceder jamás. Es decir, que gracias al teléfono, el VNC, su intuición y quien sabe si una bola de cristal, de su departamento no los saca ni dios. Valga como muestra que en más de un año que llevo currando aquí los he visto en persona dos veces. Dos. Coño, hasta el cometa Halley pasa con más frecuencia.
No obstante eso no quita que el comportamiento del Helpdesk de mi empresa roce en algunos momentos el absurdo total. Ya no tanto por su propio trabajo (que también) sino sobre todo por la ridícula burocracia por las que se rige la empresa, que no permite cambiar ni un ratón si no es con su permiso. Pero ya es hora de ir a dormir y eso es otra historia...
18 de julio de 2008
La jungla de papel (prólogo)
Estoy hasta los huevos de tener siempre mil ventanas abiertas. La verdad es que sería bastante cómodo poder tener un navegador con pestañas, así ahorraría espacio. Me pregunto sí... seguramente no, pero... bueno, qué coño, vamos a llamar:
Sistemas: Dime (así me gusta, formalidad).
Inadaptado: Me preguntaba... por un casual... si no estáis ocupados... siempre y cuando no sea mucha molestia... vamos, más un favor que otra cosa... ¿me podríais actualizar el Internet Explorer a la versión 7?.
Sistemas: Pues no, no es corporativo.
Claaaro, claro, tener una versión más cómoda, más segura y más actualizada del único navegador que permite usar todos nuestros servicios web (que aún usan marcos, no podía esperar que fueran W3C compliant), los cuales a su vez representan el 80% de los programas que utilizamos en el departamento, no es corporativo. Eso sí, el RealPlayer y el Quicktime están incluidos en la instalación básica de la cuenta.
Si es que a veces pregunto cada gilipollez...
Sistemas: Dime (así me gusta, formalidad).
Inadaptado: Me preguntaba... por un casual... si no estáis ocupados... siempre y cuando no sea mucha molestia... vamos, más un favor que otra cosa... ¿me podríais actualizar el Internet Explorer a la versión 7?.
Sistemas: Pues no, no es corporativo.
Claaaro, claro, tener una versión más cómoda, más segura y más actualizada del único navegador que permite usar todos nuestros servicios web (que aún usan marcos, no podía esperar que fueran W3C compliant), los cuales a su vez representan el 80% de los programas que utilizamos en el departamento, no es corporativo. Eso sí, el RealPlayer y el Quicktime están incluidos en la instalación básica de la cuenta.
Si es que a veces pregunto cada gilipollez...
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