23 de enero de 2008

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Cada vez que me niego a meterme en un ascensor la gente suele pensar que padezco claustrofobia.

Es mucho más que eso. Si estar encerrado con más gente durante un breve lapso de tiempo en un espacio tan reducido ya suele resultar incómodo para cualquiera, para alguien como yo, al que le cuesta fingir ser sociable incluso cuando se respeta su espacio vital, tener que utilizar un ascensor es un pequeño infierno.