31 de diciembre de 2007

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Hoy me he levantado de mal humor con el acostumbrado sentimiento de incomprensión y profundo desprecio por todas aquellas festividades en las que parecer ser obligatorio salir por la noche, beber, drogarse y/o follar y fingir que uno se lo pasa mejor que nunca. Pero inmediatamente después me he alegrado al darme cuenta que aun no he llegado a la edad ni las circunstancias en que estas fiestas son precisamente las únicas ocasiones en las que escapar sin sentimiento de culpa de la absurda rutina de la vida.